sábado, 14 de julio de 2012

Un mito apócrifo


Cuentan que por los campos de Casalins, al oeste del terraplén y de la estancia de Luna, antes de llegar al canal, en las noches más frías del año pasa lamentándose una criatura leve y andrajosa montada sobre altísimos zancos; diríase, más bien, un aparecido que cruza la llanura rala, y que de tan miserable lleva su ropa hecha jirones, y que por lo etéreo no pareciera dar trancos, sino flotar; lo han visto: encaramado en sus palos, tiene una mueca llorosa que recuerda una máscara griega; cuando encuentra un alambrado lo vadea sin esfuerzo, deteniéndose a veces junto a uno de los postes de electricidad, con los que rivaliza en altura, para sentarse en el travesaño y desde allí otear el horizonte oscuro; y luego proseguir con rumbo oscilante, deslizándose a grandes zancadas por el pastizal y los cardos, hasta que finalmente se pierde un poco más allá de donde están los zanjones desbordados.

En las pobres alegorías pampeanas, este espectro depresivo es figuración de una vida nómada; le temen no solo por su irrealidad, sino porque representa el castigo por una antigua ofensa que muchos, en mayor o en menor medida, han cometido. La memoria vacila y sobre todo con estas cosas; pero es fama que el zancudo tuvo existencia cierta hace muchas décadas: era entonces un hombre con puesto fijo en la región…

Vivía en hermosa misantropía cerca de un galpón de los campitos del Carmen o de San Leonardo, a buena distancia de las casas principales, para el lado de donde solían formarse unas lagunas chicas en lo más anegadizo del terreno. Si por camino interpretamos una huella borrosa que se desdibujaba hacia el monte bajo, podemos decir que estaba comunicado con otras personas; pero en verdad aquello era la soledad misma, a la cual había sido empujado en parte por su empleo y en parte por propia decisión. Creía bastarse a sí mismo para atender la sección que le había tocado. De espíritu huraño, nunca congenió del todo con los peones que llegaban en los días de mayor actividad y que en verdad hacían el trabajo duro; sentía un alivio sincero cuando se marchaban para dejarlo otra vez solo por varias jornadas, sin desconocer que luego desparramarían toda clase de leyendas sobre el origen de su carácter. Estaba enterado de algunas: puros inventos de gente simple que necesitaba tema de conversación. Él carecía de una historia lúgubre; era insociable porque así era su gusto, y nada más.

Una mañana de viernes, cuando tendido en su catre se entretenía imaginando caras en el techo, presintió que alguien llegaba. Al principio fue solo una sensación, tal vez potenciada por los gestos de aquellas ilusiones; pero a los pocos minutos escuchó un batir de palmas. Se asomó: era un peón “golondrina”, exhausto, que venía caminando desde La Reforma. Pedía agua del pozo; nuestro hombre se la negó. El peón quedó atónito. Alcanzó a decir unas palabras antes de marcharse. El viento las desintegró.

Quién sabe cuánto hay de verdad y cuánto de invención en este episodio del puestero, porque nadie hubo para certificarlo. Todo quedó entre aquellas dos personas; y sin embargo, de un modo indescifrable se supo.

Agregan que poco después, al mediodía, el cielo se oscureció. El puestero salió a buscar unas trancas que habían quedado a la intemperie. Jamás regresó.

Por los campos de Casalins, en las noches de invierno, todavía cruza el zancudo encumbrado en sus altos maderos; no lo detienen los alambrados ni vacila por un zanjón. A veces se para ante un poste de electricidad, que en lo oscuro se asemeja a una cruz elevada; allí, sentado en el travesaño, mira en derredor —quizá orientándose, aunque a esas horas el paisaje es confuso— y luego sigue. Es un misterio su itinerario, pero todos saben que de alguna forma reaparecerá una y otra vez.


© 2012, Héctor Ángel Benedetti