viernes, 3 de agosto de 2012

El alambrado de fierro



En la provincia de Buenos Aires existen, desparramados por su amplia geografía, parajes de nombres curiosos que convidan a preguntar el por qué de su bautismo. Algunos derivan de viejos campos, lo cual acorta cualquier explicación; pero no todos pueden atribuirse a la fantasía de un estanciero. El Billar, Dos Naciones, Las Bahamas, Saturno, Puente El 80, Almacén La Palanca, La Viruta, La Cotorra, El Parche, La Buena Moza, Parada La Lata, El Mosquito, etcétera, decoran con inesperada simpatía las cartas topográficas; un camino flaco y encharcado que sale de la ruta y se pierde en el horizonte perfectamente puede conducir, sin que haya un cartel que lo advierta, a lugares llamados Puesto El Infierno (partido de Lincoln) o Brisas Alegres (que está en Arrecifes). Hay uno en el cuartel IV de Marcos Paz al que la gente le dice Alambrado de Fierro; el ferrocarril, menos lírico y con una exactitud ya irritante, por años lo llamó “Kilómetro 54,741”.

Alambrado de Fierro: cuesta ver este concepto transferido al nombre propio de un lugar, pero a la vez nos parece muy natural que existan alambrados en el campo. No hay parcela que no los tenga; toda nuestra llanura está cruzada por ellos. Sin embargo, hasta 1845 no existían: los límites estaban en los mapas, no sobre el terreno. Un monte de talas, un bañado irregular o cierto vado sobre un arroyo raquítico eran las referencias importantes y a menudo oficiaban de mojones. La hacienda y sus cuatreros los ignoraban.

En aquel año, Richard B. Newton hizo traer desde Inglaterra el primer alambre para cercos, con destino a demarcar su estancia Santa María que daba contra las orillas del Samborombón, varias leguas al este de Chascomús. El barco naufragó y la remesa se fue para siempre al océano. Enseguida fue despachada otra, que sí llegó a destino, para comenzar entonces la historia del alambrado en las tierras del país. Su evolución fue rápida. Incluso nació una especialización entre los trabajadores rurales: el peón alambrador.

El 15 de octubre de 1867 un chico del campo de Newton encontró algo anormal en un sector del alambrado, no lejos del río. Un pez estaba atravesado por uno de los hilos. No era un ejemplar de la humilde fauna del Samborombón, sino que era un pez del Atlántico y aún estaba fresco. ¿Cómo pudo llegar hasta allí? Y sobre todo, ¿cómo fue que amaneció espetado en una sección del alambre, entre dos postes? Colocado durante la noche, hubiera sido necesario cortar o desarmar muchos metros del alambrado, ensartar el pez, y volver a instalar. Pero el hilo estaba intacto, tal como había sido puesto el primer día. Solo que aquella mañana tenía un pez atravesado.

Un mes más tarde, el 15 de noviembre, encontraron otro pez de mar en idéntica situación: brillando al sol del mediodía, engarzado en uno de los alambres. Al tercer mes, y también el día 15, lo mismo. En esta ocasión el ejemplar aún estaba dando sus últimos estertores; al rato se detuvo por completo.

Ya no podía ser el mero entretenimiento de un paisano estúpido. Era evidente (por lo laborioso, por la regularidad) que el autor buscaba un fin concreto; aunque conviene aclarar que si su propósito era asustar a la gente, otra cosa hubo por aquellos días que impresionó más y mejor no solo a los peones de la Santa María, sino a todos los habitantes de la campiña bonaerense: las noticias terribles de una epidemia que progresaba sin detención. Desde la primavera el cólera descendía por San Nicolás, Areco, Zárate, Exaltación de la Cruz, Pilar; avanzaba hacia el oeste contaminando la Villa de Luján, Mercedes, Chivilcoy; cruzaba el río y llegaba al Bragado y a 25 de Mayo; del lado del Plata atacaba San José de Flores y toda la costa desde Las Conchas hasta Quilmes; al sur caían Lomas, San Vicente, Ranchos; y para la primera quincena de diciembre la enfermedad golpeaba Chascomús e incluso Dolores.

Flee fast and far away, and come back late es lo que recomendaba ante la peste un antiguo adagio europeo. Newton, a pesar de ser inglés, lo desconocía; prefirió atrincherarse en su estancia, donde dos peones ya estaban infectados. Fatalmente llegó el día en que él también sintió los síntomas. Débil, frío y sediento, comenzó a perder la memoria hasta que solo le quedaron algunos momentos de extraña lucidez, en los que recordaba su primer alambre en el fondo del mar.

El 15 de enero de 1868 murió. Aquel mismo día volvieron a encontrar un pececillo en la cerca, pero fue el último: a partir de entonces y para siempre cesaron las apariciones.


© 2012, Héctor Ángel Benedetti