El Sextante de Hevelius
Historias subsidiarias, libros que pocos recuerdan, pequeños hallazgos y, de vez en cuando, algunas ficciones.
Acerca de mí

- Nombre: Héctor Ángel Benedetti
- Ubicación: Buenos Aires
Nació en General San Martín, provincia de Buenos Aires (República Argentina), el 10 de noviembre de 1969. Hacia esta fecha los acontecimientos más importantes ya habían sucedido y la mayoría de las cosas estaban hechas.
viernes, 25 de mayo de 2012
Nota: Se sigue la traducción de Elisa Ruiz García, publicada en 1989 (La interpretación de los sueños, Madrid, Editorial Gredos).
I, 32: Soñar que en la lengua brotan unos pelos blancos o negros no es un buen síntoma. Sin embargo, afirman que es positivo para el que se gana la vida con sus palabras. Pero yo he observado que semejante experiencia es nociva para todos.
I, 33: [Soñar con] Vomitar sangre en gran cantidad, de color intenso y no corrompida es una buena señal para el pobre, porque la sangre tiene el mismo valor que el dinero, como ya habían reconocido los expertos en tiempos pasados.
I, 36: Soñar que se tiene la propia cabeza vuelta hacia atrás, de forma que mira a la espalda, desaconseja alejarse de la patria, por predecir un motivo de arrepentimiento en lo que respecta al viaje.
I, 52: [Soñar con] Desempeñar el oficio de herrero y permanecer ante el yunque anuncia perturbaciones y tristezas; sin embargo, para el que ha decidido casarse significa una esposa afectuosa.
I, 72: [Los sueños con] Las tortas elaboradas sin queso son un buen augurio, en cambio las que tienen este ingrediente suponen engaño e insidias, porque tal es el significado del queso.
I, 78: Si uno sueña tocarse el pene con las manos, tendrá relaciones sexuales con un esclavo o esclava.
I, 81: Soñar que se está dormido es en sí mismo un hecho irrelevante.
II, 30: Soñar que se es un rey predice la muerte a quien está enfermo. […] A un hombre sano esta visión le anuncia la pérdida de todos sus parientes y el alejamiento de sus compañeros, dado que el reino no se puede compartir.
II, 41: Los terremotos [en los sueños] significan que los asuntos y la vida del que los ve sufrirán profundos cambios.
II, 42: Una sartén [en sueños] expresa un daño y una mujer glotona.
II, 49: Soñar que uno perece, es llevado al lugar de la sepultura y enterrado supone la libertad a un siervo que no goza de la confianza de su amo.
II, 53: Ser crucificado [en sueños] es una buena señal para todos los navegantes, pues este instrumento de tortura está hecho con madera y con clavos al igual que una embarcación, y el mástil de esta es semejante a una cruz.
III, 11: El gato [en un sueño] equivale a un adúltero, porque es un ladrón de pájaros y las aves simbolizan a las mujeres.
III, 46: Si alguien sueña que le ha brotado una planta de su cuerpo, morirá.
IV, 37: Un individuo soñó que desempeñaba en una comedia el papel de un afeminado y [luego, al despertar] tuvo una dolencia en el miembro viril.
V, 6: Un hombre soñó que era el río Janto, que discurre por la Tróade. Durante diez años sufrió hemorragias, mas no llegó a morirse; lo cual era lógico, ya que el río es inmortal.
V, 80: Una mujer soñó que su amante le regalaba una cabeza de cerdo. Empezó a sentir odio por él y acabó por abandonarlo. En realidad, este animal no es grato a Afrodita.
© 2012, Héctor Ángel Benedetti
sábado, 12 de mayo de 2012
Apuntes poligráficos de pequeños viajes
Está fosilizado. Millones de años atrás fue un bivalvo; hoy es una pequeña roca.
En 1997 fue encontrado cerca del arroyo Pichaihue, aunque nunca habitó en él: su verdadera casa fue el océano. Un mar que el molusco abandonó al emergir la cordillera. Y allí quedó, entre las montañas, confundido como una piedra más. Se asemeja a una ostra, con los carapachos cerrados para toda la Eternidad. Sus estrías parecen un collar de perlas con muchas vueltas.
También hay caracoles petrificados por el Cajón de Almaza.
El de Pichaihue volverá al fondo del mar el Día del Juicio, por la tarde.
Lectura frente al río Areco
En un comercio de la calle Alsina, en San Antonio de Areco, compré una edición de Don Segundo Sombra, de Güiraldes.
Fui a leerla a la ribera, bajo la sombra de los árboles; allí, acompañado por el murmullo de la corriente, sentí una emoción indescriptible con el primer párrafo: “En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo”. Emoción —insisto— porque frente a mí tenía exactamente aquel paisaje. Unos metros a la izquierda estaba el puente colorado y el camino hacia La Porteña, la estancia del escritor.
Güiraldes fechó su obra en marzo de 1926; yo encontraba que ochenta años después casi nada había cambiado en aquel sitio, y que solo faltaba que ladrasen los perros de entonces (Centinela, Capitán, Alvertido) o que alguien cruzara rumbo al almacén de La Blanqueada.
Repetición de una roca
Desde una de las Siete Cascadas, en Caviahue, puede verse sobre una formación basáltica una roca de igual perfil a otra que está en el cabo de Creus, en Gerona. Allí, entre la bahía de Rosas y el puerto de la Selva, el cabo determina el punto más oriental de la costa de España; en Neuquén no es hito alguno, sino solo un panorama que puede resultar indiferente para quien no conozca de antes el del Mediterráneo.
Piruco
Es sobre el camino de tierra que lleva de Rojas a La Beba.
No tiene ni una casa cerca, pero el Ferrocarril Central de Buenos Aires tuvo allí una parada (que en sus últimos días se llamó “Kilómetro 234”) que atendía al entorno rural. De esta, apenas quedan unos pocos restos de pared desperdigados en medio de un tupido malezal.
El ferrocarril desapareció. Los arbustos taparon la zona casi por completo, y ya no hay ni rastros del galpón que, según un manual de 1915, debió existir allí.
Mañana gris
Llegué a San Miguel del Monte en la noche del viernes 16 de marzo de 2006, y tras cruzar por todo el centro busqué mi hospedaje sobre la calle Santos Molina. En cierta parte de un relato que escribiera años atrás, yo mencionaba esta calle de Monte; la verdad es que solo la conocía por planos: nunca antes había estado allí. Y resultó ser tal como la imaginaba. Pero más todavía, porque la antigua casona se parecía mucho a la residencia donde transcurría una parte fundamental de la ficción: incluso tenía un patio central con un aljibe, como en mi novela.
El sábado desperté temprano, con muchas ganas de visitar los puntos notables de la localidad. El primero: la laguna. Había lloviznado toda la noche y el cielo aún estaba plomizo; el viento traía un poco del rocío de las olas, que mecían a los juncos de la ribera. Unas aves en grupo se empeñaban en gritar ante mi presencia (yo era el único paseante a esa hora); las glorietas rojas y los asientos blancos estaban completamente vacíos con ese día tan gris.
Las dos de la tarde
Episodio de infancia en Punta Colorada, departamento de Maldonado, en el Uruguay; donde un bisabuelo mío tenía una casa frente al mar. Las rocas de la costa, por ser ferrosas, están teñidas de rojo: de ahí viene el topónimo.
Recuerdo que una tarde bajé a la playa a recoger mejillones. Buen rato estuve haciéndolo. Al salir, alguien señaló mis pies: sangraban, dejando sobre la arena rastros carmines que repetían el color de las rocas. Recuerdo también que quedé parado bajo el sol, en la playa casi desierta, contemplando mi sangre, sin dolor y en silencio.
© 2012, Héctor Ángel Benedetti
sábado, 28 de abril de 2012
Los Formativos
Con alguna frecuencia se lee o se escucha la expresión “baile de formativo”, aplicada a un viejo bailongo. La palabra formativo, por sí sola, nada explica; pero hasta bien entrado el siglo XX correspondió a un concepto muy claro y que todos entendían.
Formativos eran los bailes que se organizaban, un poco despreocupadamente, en patios traseros de casas particulares o de negocios. Era raro hallarlos por el Centro; por lo general estaban en los barrios. El dueño de casa disponía que un día determinado hubiera baile en los fondos de su domicilio; apalabraba a unos músicos conocidos y el chismorreo de los vecinos hacía el resto. En ocasiones perduraban, se volvían periódicos y adquirían un modesto renombre entre los bailarines de arrabal, que ya sabían que tal día de la semana, a tal hora y en tal dirección, al final del pasillo de la vivienda encontrarían un buen esparcimiento. Los interesados contribuían con unos centavos para los artistas y para la casa.
Un ejemplo: el Almacén de la Viuda, en Humahuaca y Gallo, allí donde Almagro se confundía con Balvanera y a nadie le importaba porque para todos eso era el Abasto. La parte trasera del local daba a un patio en el que habitualmente se bailaba. A mediados de los años diez lo animaban los hermanos Pizarro; en especial Manuel (1895 – 1982), lejos todavía de sus triunfos en Europa.
Porque para los formativos se reclutaba a los músicos más jóvenes y que todavía estaban en preparación: aquí ya empieza a entenderse el por qué de la palabra (la formación en el sentido educativo para el músico, y la formación en el sentido organizativo para el baile). Un intérprete experimentado cobraba más caro; el neófito, que necesitaba “foguearse” para su futura vida profesional, se arreglaba con la humilde recaudación del baile de patio. E iba aprendiendo los pormenores de una orquesta típica, sacando tangos bajo las mínimas directivas de otros compañeros que apenas si sabían un poco más. Hermanos, tíos o amigos con algún conocimiento de piano o guitarra completaban aquellos simpáticos conjuntos.
El bandoneonista, compositor y director Gabriel Clausi (1911 – 2010) ha contado un episodio que le ocurriera en un baile de formativo a comienzos de los años veinte, cuando aún era adolescente. Fue cerca de Asamblea y Riglos; su hermano Luciano lo había convencido para reforzar una orquestita. En lo mejor de la milonga estalló una pelea, y de las peligrosas. Por precaución ordenaron a Clausi que se fuera a su casa; este dejó su bandoneón (que en realidad no era suyo, sino prestado) pensando que luego se lo alcanzaría alguno de los mayores. Lo esperó toda la vida.
© 2012, Héctor Ángel Benedetti
domingo, 15 de abril de 2012
Esmerdis el Mago, en la Historia de Heródoto
Jorge Luis Borges, en un conocido párrafo de su cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (revista Sur, año 10, nº 68, mayo de 1940), dice:Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres —Jorasán, Armenia, Erzerum—, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora.
Su mención de Esmerdis remite a Heródoto y su Historia, quien menciona dos personajes con este nombre. Uno es el príncipe persa hermano del rey Cambises, hecho asesinar por este; el otro es un mago homónimo que suplanta al príncipe asesinado, con el propósito de usurpar el trono en ausencia del rey. Leemos en Heródoto (III, 63):
Entretanto, mientras Cambises, hijo de Ciro, prolongaba su estancia en Egipto y se dedicaba a cometer locuras, se sublevaron contra él dos magos que eran hermanos, a uno de los cuales Cambises, al ausentarse, había dejado al cuidado de su palacio. Pues bien, este sujeto se sublevó contra él al percatarse de que, una vez perpetrada, la muerte de Esmerdis se mantenía en secreto; que eran pocos los persas que estaban al corriente de ella, y que los más creían que todavía se hallaba con vida. Por todo ello, urdió el siguiente plan para atentar contra el poder real: tenía un hermano —que, como he dicho, cooperó con él en la sublevación— que, por su fisonomía, era el vivo retrato de Esmerdis, hijo de Ciro (a quien Cambises, pese a que era su propio hermano, había hecho asesinar); y por cierto que, además de poseer la misma fisonomía que Esmerdis, se daba también la coincidencia de que tenía su mismo nombre: Esmerdis. El mago Paticites convenció a este individuo de que él personalmente se encargaría de resolverlo todo en su nombre, lo condujo hasta el trono real y le hizo tomar asiento. Hecho esto, despachó heraldos a muy distintos lugares —incluido, como es natural, Egipto—, para notificar a las tropas que en lo sucesivo debían obedecer a Esmerdis, hijo de Ciro, y no a Cambises.
Tras someter a interrogatorio al heraldo de Egipto, Cambises comprende la situación y se arrepiente de haber ordenado la muerte de su hermano Esmerdis. Decide entonces volver con sus tropas a Susa, donde estaba el palacio, para castigar al impostor. Pero en el camino sufre un accidente y muere (Heródoto, III, 67):
Así, pues, a la muerte de Cambises, el mago, usurpando la personalidad de su homónimo Esmerdis, el hijo de Ciro, reinó sin problemas durante siete meses (los meses que le faltaban a Cambises para completar sus ocho años de reinado), en el transcurso de los cuales concedió grandes mercedes a todos sus súbditos, de manera que, a su muerte, todos los pueblos de Asia, a excepción de los persas propiamente dichos, lo echaron de menos. En efecto, el mago despachó emisarios a todos los pueblos de su imperio e hizo proclamar que iba a haber exención de reclutamiento y de tributación por espacio de tres años.
Finalmente, Esmerdis el mago es desenmascarado por Fedimia, una mujer del harén real que había sido esposa de Cambises y ahora lo era de Esmerdis. Era hija de Ótanes, un persa destacado que albergaba sospechas sobre la identidad del rey. Ótanes le pide a su hija que compruebe si este Esmerdis tiene o no orejas.
El traductor Carlos Schrader esclarece el por qué de las orejas: “El término mago, que indicaba al individuo perteneciente a una tribu meda que, con el tiempo, se convirtió en casta sacerdotal [...] se ha interpretado en el sentido de «hombre que carece de orejas», a partir del adverbio negativo persa mã (= «no») y del sustantivo gauša (= «oreja», atestiguado en la forma avéstica gaošõ, del mismo significado), con lo que el relato de Heródoto tendría un sentido etiológico”.
Al notar que no las tiene, queda descubierta la impostura y se organiza una conjuración para dar muerte a los magos.
Al notar que no las tiene, queda descubierta la impostura y se organiza una conjuración para dar muerte a los magos.
Pero la verdad histórica pareciera ser distinta de la que narra Heródoto. La Inscripción de Behistun, esculpida en una roca por orden del rey persa Darío para perpetuar sus hazañas, informa el episodio dándole el nombre de Bardiya al hermano de Cambises (el “auténtico” Esmerdis) y Gaumata al mago (el “falso” Esmerdis, el impostor):El trono que Gaumata el Mago desposeyó a Cambises, había pertenecido a nuestra raza desde tiempos antiguos. Después de que Gaumata el Mago hubiera desposeído a Cambises de Persia, de Media y de las demás provincias, actuó según su voluntad: era rey.
No había nadie, fuera persa, medo, o de nuestra propia raza, que privara del trono a Gaumata, el mago. El pueblo le temía sobremanera, porque mató a muchos que habían conocido al verdadero Bardiya. Por eso los mató, “para que no pudieran saber que yo no soy Baridya, el hijo de Ciro”. No había nadie que se atreviera a decir nada contra Gaumata, el mago, hasta que llegué yo. Entonces imploré a Ahuramazdah. Ahuramazdah me prestó su ayuda. El décimo día del mes Bâgayâdish, yo, con unos pocos hombres, maté al tal Gaumata, el mago, y a sus secuaces más importantes.
(Inscripción de Behistún, 12-13).
Hoy, sin embargo, se tiende a creer que la rebelión fue encabezada por el mismo Bardiya y que Gaumata fue una invención de Darío para justificar su ascención. Según las fuentes, la sublevación habría tenido lugar el 11 de marzo del 522 a. C. El 14 de abril Bardiya (Esmerdis) fue proclamado rey; el 1 de julio todo el imperio lo reconoció como tal; el 29 de septiembre fue muerto por Darío.
© 2012, Héctor Ángel Benedetti
sábado, 31 de marzo de 2012
Selección de “Medicamina Faciei Femineae”, de Ovidio (siglo I a. C.)
* Vuestras madres han traído al mundo hijas delicadas.* Un rostro resulta atractivo si va acompañado de inteligencia.
* Preocupaos por gustar, ya que vivís en una época en que también los hombres se adornan: vuestros maridos se engalanan siguiendo la norma de las mujeres.
* El gustarse a sí mismas constituye un inmenso placer: a las doncellas, su propia hermosura les produce una íntima complacencia. El ave de Juno [ = el pavo real ], cuando alguien alaba su plumaje, lo abre en abanico.
* El amor os apremiará más intensamente si usáis las hierbas poderosas cortadas según ritual terrorífico por manos de hechicera.
* La corriente de un río no vuelve hacia arriba en busca de sus fuentes. Nunca la Luna caerá derribada de sus caballos.
* Los productos medicinales de un nido quejumbroso de aves, si se aplican al rostro, hacen desaparecer sus manchas.
* Aunque el incienso gusta a los dioses y a su airada divinidad, no todo debes dedicarlo a que se queme en los altares.
* Tiempo vendrá en que al miraos al espejo sentiréis pesar, y la misma pesadumbre será otra causa más de arrugas.
© 2012, Héctor Ángel Benedetti
sábado, 17 de marzo de 2012
La Cancha de Rosendo
Uno de los principales mitos ciudadanos cuenta que la alta sociedad porteña desdeñó el tango hasta bien entrado el siglo XX. Hoy puede dudarse y hasta desmentirse que esto haya sido efectivamente así: numerosos testimonios de época autorizan a creer que tanto la aristocracia como el vulgo compartían su gusto por esta música y su baile. Pero había ciertos reductos a donde damas y caballeros de abolengo no se animaban a entrar. Ni siquiera se acercaban: allí, la sola presencia de un “niño bien” de cuello duro y zapatos con polainas era una provocación. A un paso del viejo hipódromo de Belgrano ofrecían su diversión varios de estos bailongos donde el derecho de admisión lo detentaban únicamente los sujetos más bravos y cerrados del Buenos Aires de ayer.
Aquel hipódromo, llamado Nacional, estaba desde 1887 entre las estaciones Belgrano y Núñez del Ferrocarril del Norte, del lado del río, donde se cruzaban dos calles que entonces eran Saavedra y “Tercera” y que hoy son Monroe y avenida del Libertador. La entrada principal daba a la actual avenida Congreso.
Sus alrededores han sido idealizados por los poetas del tango. Forzaron lo romántico con tal de omitir las calles minadas por charcos pútridos y generaciones de bosta, los studs de hedor infeccioso con su buena dotación de mugre y moscas gordas, los cafés tenebrosos de pisos salivados, la invasora y malsana neblina del Plata cuya orilla aún no tenía ni un metro ganado por el urbanismo, los hombres y las mujeres de códigos caprichosos y embrutecidos.
Los lugares de baile de esta zona tenían nombres pintorescos. Uno se llamaba La Pajarera; en correcto lunfardo “pajarera” significa cabeza, pero su sentido aquí pareciera ser otro y con el tiempo se lo ha olvidado. También estaba La Fazenda, palabra importada del Brasil para designar un establecimiento agrícola de cierta magnitud, de los que ya no quedaba ninguno en ese Belgrano loteado y barroso. Cerca de ellos metía bulla la Milonga de Pantalión, donde el clarinetista Juan Carlos Bazán recibió un disparo que lo dejó rengo: anécdota más que suficiente para imaginar cómo era aquel antro.
El más frecuentado era la Cancha de Rosendo, catalogado como “recreo” para remontar un poco su bajo prestigio. Tenía una interesante reputación entre la gente del turf; sobre todo peones y vareadores, que acudían para escuchar y bailar los tangos que tocaban Ernesto Ponzio, Genaro Vázquez, Eusebio Aspiazú, Vicente Pecci y el mencionado Bazán, entre otros músicos que evidentemente no estaban en condiciones de rechazar trabajos. Pero conocían el ambiente y sabían cómo sobrevivir en él.
Estas milongas se extinguieron en torno al 1900. El Hipódromo Nacional fue desmantelado en 1911 y los studs quedaron por un tiempo más, hasta que todo eso terminó sepultado por lo que hoy se conoce popularmente como “Barrio River”.
© 2012, Héctor Ángel Benedetti
sábado, 3 de marzo de 2012
Sarrasani, Sarrasine; o el camino de Buenos Aires
I.- P. T. Barnum, fabricante de circos. Además de las décadas de diversión que aportó, del impacto que tuvo su obra en la idiosincrasia del pueblo norteamericano, y además aún de su propia figura, entre el legado de Phineas Taylor Barnum se atribuyen por lo menos tres frases célebres. La primera, “Cada minuto nace un candidato”, pasa por apócrifa; quizá porque candidato (que en su equivalente del slang designa a quien se deja engañar con facilidad) comenzó a usarse cuando Barnum hacía ya un lustro que descansaba en paz. La segunda frase, “A los americanos les gusta ser engañados”, en cierto modo revela su secreto profesional, su enorme éxito, perpetuado (y agrandado) por el recuerdo y el cinematógrafo. La tercera y última frase es un resumen de su modo de ver las cosas. En ocho palabras, Barnum dejó a la historia del espectáculo una regla de oro, un principio de ingenua perversión: “Toda multitud tiene un revestimiento interior de dinero”.Imposible negar su atractivo; es una frase difícil de olvidar. Más aún: al escucharla, todos sueñan con sacarle algún provecho. El medio de Barnum fue al principio un circo; más tarde, fue una conjunción de circos: el Barnum & Bailey, el American Museum. Todo logrado con aparatosidad y picardía. Como recomendaban sus frases anteriores, en los carteles se reducía la medida del enano y se aumentaba la del gigante. (La Sirena de Fidji había sido fabricada con el torso de un mono y la cola de un pez; Joice Heth, anunciado como el hombre más viejo del mundo, no pasaba los ochenta años).
El más estadounidense de los empresarios de circo murió en el mismo año en que a gran distancia, por los caminos de la vieja Europa, ascendía de pueblo en pueblo el prestigio de un saltimbanqui alemán llamado Hans Stosch; en el mismo año en que este Herr Stosch tuvo una visión: entre sueños apareció una llamarada y en ella un nombre, que sería a partir de ahí su apodo y su marca. Era en 1891. Moría Barnum, nacía Sarrasani.
II.- El legado inaplicable. Los objetivos de Hans Stosch-Sarrasani eran tan distantes de los de Barnum, que de ser contemporáneos difícilmente hubieran competido.Eran ideas cobijadas bajo un mismo género, pero Sarrasani (con sus conceptos del espectáculo heredados del romanticismo alemán) era lo opuesto de Barnum. Es cierto que Sarrasani también tenía otro público, ya que no necesitaba transformar una sociedad de mojigatos en una sociedad risueña. En el Connecticut de Barnum, donde el juego de naipes se penaba con el calabozo, había una necesidad urgente de liberación moral; en el Dresden de Stosch, lo que se precisaba era dejar volar la imaginación por sobre las marciales conductas del II Reich.
Barnum exhibía (y naturalmente cobraba por ello) a Chang y Eng, los mellizos siameses; Sarrasani, en cambio, prefería presentar un número artístico con aguas danzantes y música clásica. Las claves de este visionario eran la fantasía, los viajes imaginarios abriéndose paso por tierras exóticas y, por sobre todas las cosas, la alta calidad del espectáculo. En el Circus Sarrasani estaban prohibidos los engaños y los freaks. Si había una pantomima sobre el Wild West, obligadamente debía estar interpretada por auténticos indios americanos; los acróbatas chinos eran sumisos devotos del Buddha; la troupe senegalesa de Epi Vidane había sido reclutada en Dakar; los diez elefantes de la India prometidos en los carteles aparecían en escena y podían contarse uno por uno, todos ellos conducidos por el propio Stosch.
El hombre sabía, asimismo, que lo que se ve con frecuencia no provoca admiración por más que se ignoren sus artificios. Por ello dosificaba convenientemente las giras y renovaba los cuadros con asiduidad razonable. En todo esto no había ni un paralelismo ni una continuidad con Barnum; al menos, no de manera exacta. La mejor remisión de Sarrasani es el personaje parónimo de Balzac: aquel joven Sarrasine, artista que inicia la ilusión de su vida tras el encuentro con una misteriosa fortuna.
III.- La caravana pasa. Sarrasani no solo fue testigo de la historia de Alemania, sino que fue víctima de la historia del mundo. Basta una módica cronología para afirmar esta observación.Hans Stosch-Sarrasani nació en 1873 y murió en 1934; desde su función inaugural en 1902 le tocó vivir los coqueteos con la familia real, el auge de su circo (que llegó a ser el más avanzado de todos los tiempos), luego la Gran Guerra, la requisa de tractores y vagones, así como de elefantes y camellos; la racionalización de alimentos, los refugiados rusos entre su personal, el grandioso resurgimiento, la primera gira por Sudamérica, el compromiso que le impuso el presidente del Reich de “representar culturalmente a Alemania”, el crak de 1929, el ascenso del nazismo y la emigración a Rotterdam.
Le sucedió Hans Stosch-Sarrasani (hijo), mejor conocido como Junior. Su muerte acaeció en 1941, después de haber concretado la segunda gira americana, los contactos con Goebbels, las Olimpíadas de Berlín, la sugerencia del Führer de incluir temas “para mantener en alto la moral alemana”, los certificados de pureza racial y la censura más rígida que recuerde circo alguno.
Asumió después Trude, su joven esposa, quien conoció los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, las prisiones de Schiessgasse, la emigración, la reapertura en Buenos Aires ante Perón y Evita, la declaración del Sarrasani como “Circo Nacional Argentino”, un incendio intencional, el retiro a una granja de Quilino (Córdoba), la proliferación de Sarrasanis falsificados y disminuidos, los homenajes tardíos en Alemania y la inauguración de una calle Sarrasani en Dresden.
IV. Alter Orbis. En los programas de mano, en los afiches y en las calcomanías prevalecía siempre una constante: Südamerika. Varios letreros de la época gloriosa promocionaban un paisaje a lo Humboldt, con la consabida vegetación exuberante, los animales salvajes y los rostros del Amazonas. Sarrasani presentaba todo aquello que esperaban ver los jóvenes alemanes, consumidores de novelas de aventuras de Karl May como Am Rio de la Plata, en la que se fabulaban peligros selváticos inverosímiles para estas latitudes.Hubo incluso legítimos gauchos argentinos como atracción principal, con su inevitable demostración de amansamiento, lazo y boleadoras. Y es en la Argentina donde Sarrasani conseguirá uno de sus más grandes éxitos, al punto de repetir su gira en plenos años ’30, y más tarde instalarse definitivamente.
El 28 de abril de 1948 los porteños acudieron al reestreno más esperado de toda la historia circense. Las bombas inglesas habían incendiado Dresden sin dejar construcción en pie, y ahora Sarrasani, a muchos kilómetros y cumpliendo el viejo anhelo de ser “un espectáculo entre dos mundos”, empezaba una nueva vida en Buenos Aires.
“Aquí se aprende a reír”, decía el cartel sobre la entrada de la carpa instalada en el terreno que hoy ocupa el diario La Nación. Con variantes, podía ser la promoción para cualquier circo; la diferencia era que bajo el nombre Sarrasani constituía una afirmación irrefutable. Y como veritatis simplex oratio est, el pueblo no necesitaba más para acudir. Le bastaba la memoria de las presentaciones de 1923 y de 1935.
Sarrasani fue tan buen embajador como el Graf Zeppelin o los acorazados de bolsillo. Atravesó la primera mitad del siglo XX con ritmo ágil; incluso de charanga, como el de aquella Marcha Sarrasani que compusiera, por supuesto… un argentino.
© 2012, Héctor Ángel Benedetti


