sábado, 26 de noviembre de 2011

Nipper

No hay en la historia del mundo ningún otro perro cuya imagen haya sido tantas veces reproducida. La feliz y universal multiplicación de su retrato trascendió lo meramente decorativo: ese animal quedó convertido en un ser cotidiano, casi en una mascota más dentro de cada hogar. Y sin embargo, de él la mayoría de la gente no conoce ni siquiera su nombre.

Nipper fue el perro que todavía hoy sigue apareciendo en las etiquetas de los discos Victor.

Un perro mestizo, fruto de generaciones de canes sin alcurnia, que un día de 1884 nació en Bristol, Inglaterra, en casa de un señor llamado Mark Barraud. La traducción española de Nipper es “pinzas”, “tenacillas”; la mascota recibió este curioso nombre por su costumbre de morder los tobillos de cuanta visita fuese al hogar de los Barraud, quedando prendido cual pinzas.

Cuando Mark falleció, su hermano, el pintor Francis, recogió al perrito y se lo llevó a vivir consigo. En la nueva casa había un fonógrafo que reproducía cilindros; Francis tuvo la brillante idea de retratar a Nipper frente al aparato, en actitud de escucharlo atentamente, como reconociendo la voz que salía del aparato. Conviene aclarar que es absolutamente falsa la anécdota macabra que cuenta que antes de los retoques el cuadro representaba a Nipper posado sobre un ataúd, escuchando desde el fonógrafo la voz de su fallecido primer amo.

La pintura fue ofrecida a la Edison Bell & Co., pero no fue aceptada. Terminó siendo adquirida por Mr. Owen, de la compañía Gramophone, con el objeto de que sirviese de propaganda para la empresa. Costó cien libras, incluyendo los derechos para su eterna reproducción. Pero había que introducir una variante: la Gramophone editaba discos, no cilindros… ¡Ningún problema! Francis hizo los retoques necesarios, y así quedó la imagen que tan bien se conoce. Y para reforzarla, se añadió la frase His Master’s Voice (“la voz de su amo”), que era el título original del cuadro y que pasó a ser el lema de la marca.

De esta manera, Nipper apareció no solo en las etiquetas de los sellos Gramophone y Victor, sino también en sus subsidiarios: Bluebird, Concert Record Gramophone, De Luxe Record, His Master’s Voice, La Voce del Padrone, La Voix de son Maitre, Monarch Record, Schallplatte Grammophon, Victrola, etcétera.

Las primeras grabaciones Victor con intérpretes argentinos fueron hechas entre 1904 y 1906 en Londres, París y Camdem. En los últimos días de 1907 llegó por primera vez a Buenos Aires una “máquina itinerante”, en su recorrido por América obteniendo grabaciones que luego eran prensadas en los Estados Unidos. El aparato volvería por estas tierras en 1910, 1912 y 1917 (una vez cada dos años hasta 1912; los cinco años “en blanco” que hubo luego los provocó la Gran Guerra). Recién se instaló definitivamente en el país a finales de 1921, y desde entonces mantuvo junto a su gran rival —Disco Nacional, más tarde llamado Odeon— un liderazgo indiscutido: de hecho, Victor y Odeon serán las dos únicas marcas que continuarán grabando ininterrumpidamente, e incluso entre 1934 y 1949 serán las únicas. Toda una legión de artistas criollos pudo decir, con legítimo orgullo, que había pasado por los estudios del “sello del perrito”.

Hacia 1903 se intentó reemplazarlo por un mono: la idea no prosperó. Tampoco llegó a opacarlo Chipper, su equivalente en cachorro. Solo Nipper produjo la magia de no ser jamás olvidado por todo aquel que lo viera alguna vez.

Transformado en uno de los íconos del siglo XX, durante las primeras décadas circularon unas tarjetas postales humorísticas que mostraban a Nipper delante de una botella de whisky con un embudo, remedando la bocina de un gramófono; debajo, el epígrafe His Master’s Breath (“el aliento de su amo”).

También en la Argentina fue utilizado para el humor. Por ejemplo, la revista Caras y Caretas del 28 de mayo de 1904 trajo una magnífica caricatura política, titulada “La Voz del Amo”, en la que se mostraba un gramófono y varios perros escuchando con atención. Aquel amo invisible aludía al presidente Julio A. Roca; los perros eran los gobernadores de las provincias, pendientes de oír el nombre del candidato del gobierno para la vicepresidencia en las próximas elecciones. De la bocina salía “…lcorta”: referencia a que Roca había dado su “media palabra” a la hora de designar a su favorito (José Figueroa Alcorta). A juzgar por el dibujo, quien más se asemejaba a Nipper era el gobernador de Santiago del Estero.

Pero todo esto, más otras curiosidades que reunidas sumarían centenares, forman parte de la historia del cuadro antes que de la historia del perro. La biografía de Nipper fue, por cierto, bien humilde; sus pequeñas andanzas fueron las propias de cualquier cuzco bien alimentado, aunque se ha recordado que era especialmente diestro en la cacería de ratas y en acosar de vez en cuando a los faisanes del Richmond Park.

Nipper murió en Kingston-upon-Thames, Surrey, en septiembre de 1895. Fue enterrado bajo un árbol de moras. Hoy allí se encuentra la playa de estacionamiento de un banco, pero una placa recuerda al transeúnte que en ese lugar descansan los restos de uno de los perros más famosos de la centuria.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 18 de noviembre de 2011

Una forma del olvido

Es inesperado, y sin embargo no deja de ser agradable, el hecho de encontrar algo guardado entre las páginas de un libro antiguo que se compró de segunda mano. Una carta ya amarillenta, prolijamente plegada, resulta un hallazgo interesante; lo es también la flor disecada, o el viejo billete de banco fuera de circulación. A veces hay una servilleta de papel: en su momento sirvió para señalar, y hoy atestigua el café donde se leyó el libro. Una mariposa, que descubrí preservada en una biografía de Miguel Ángel, luego de muchos años dejó su silueta anaranjada estampada en un par de hojas. Y entre las cosas más insólitas que me han tocado, puedo citar el programa del estreno en la Argentina (1939) de Alexander Nevsky; vino en el interior de Cuatro años en las Orcadas del Sur, de Moneta, casa Peuser. También recuerdo una postal de la isla de Malta, que coherentemente llegó con un poemario de Dun Karm, y el retrato de una mujer desconocida dentro de un ejemplar de la Primavera Olímpica de Spitteler, adquirido en la Avenida de Mayo; yo la llamo “La Señorita del Monóculo”.

¿Usted sería tan amable de decirnos si alguna vez halló algo dentro de un libro usado?

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

domingo, 6 de noviembre de 2011

Discépolo visita el norte de África

Marruecos es un cielo muy alto y unas estrellas muy bajas.
— Enrique S. Discépolo, 1936.


Es fácil conjeturar cuál era la representación del Magreb entre los porteños de 1930. Ni el Tratado de Fez ni las borrosas noticias la Guerra del Rif habían sido suficientes para cambiar en Buenos Aires la imagen establecida por las pinturas de Mariano Fortuny, que ya tenían seis décadas; para el ciudadano corriente, el noroeste africano aún era una odalisca desnuda entre almohadones, un musulmán de turbante recostado contra una pared descascarada, un paisaje con tiendas árabes y caballos. Amplias regiones tal vez continuaban siendo así; en todo caso, no justificaban ni la generalización, ni la ignorancia. Si le mencionaban Melilla, el hombre de Corrientes y Esmeralda fantaseaba con algún pueblito de la península ibérica; hablarle de Marruecos era confundirlo con Argelia o con Túnez. Es cierto que en los últimos tiempos la cinematografía también había instalado allí al cabaret con decorados andaluces y a los legionarios franceses como Gary Cooper; pero continuaba rechazándose que el sultán Mohámmed ben Yúsef era un señor de saco y corbata.

Quienes iban y regresaban relataban la tarjeta postal. Es imposible que no estuvieran enterados del desembarco de Alhucemas, o de las denuncias de armas químicas contra la población por parte de la coalición franco-española; pero al fin y al cabo no dejaban de ser turistas: lo que mostraban, pues, era la fotografía pintoresca de un quincallero en el zoco. Una moderada excepción será Roberto Arlt. De su viaje a mediados de los años 30, registrará algunas observaciones sobre la sociología marroquí; también traerá material para los cuentos que descargará más tarde en su volumen El criador de gorilas (1941). Aunque ya por entonces la política argentina estaba tan enrarecida, que sus lectores no se mostrarán especialmente interesados por problemas laborales árabes: se quedarán con las descripciones de mercados, de cordeleros, de Rahutia la bailarina y de fabricantes de babuchas. Estos últimos, como se verá luego, también protagonizaron el anecdotario de Enrique Santos Discépolo; y en realidad, poco más es lo que se conoce del viaje del autor de Yira… yira… por Marruecos.


Los biógrafos destacaron aquellos días de 1935 y 1936 que pasara Discépolo en Europa, al frente de un espectáculo musical; pero casi no existen datos concretos de la escapada que hiciera hasta el norte de África. No está explicitado, por ejemplo, el motivo que lo llevó a estas tierras. Es de creer que para Discépolo y su esposa, la cantante Tania, el cruce de España a Marruecos fue una excursión más, un paseo que les permitió el tiempo libre entre teatro y teatro. No obstante, queda la sensación de que hubo motivos más recónditos.

Tania (que era toledana) ya contaba con una lejana experiencia marroquí. De esta forma la recordaba en diciembre de 1972, en declaraciones para el diario La Opinión:

Vinimos a la Argentina en 1924 con la Troupe Ibérica. Yo tenía diecisiete años y, entre otros, venía Pablo Palitos. Antes habíamos ido a Francia, al Marruecos español y al Marruecos francés. En el grupo había bailarines, acróbatas, cantantes; en fin, todas las atracciones. En esas giras yo viajaba con mi mamá, pero a la Argentina ya me vine casada con uno de los bailarines de la troupe.

Un divorcio nos despeja de este primer marido; vayamos al segundo, a Discépolo. Jamás había salido de Sudamérica. De una acotada Sudamérica, porque en realidad fuera de la Argentina solo conocía hasta entonces algo del Uruguay y un poco de Chile. Desde luego, todo en este recorrido por Europa lo deslumbra; todo, excepto París. Después definirá cada sitio con frases extrañamente bellas: Lisboa “parece una postal sobre un hecho de sangre”; una sala de Coimbra le da la impresión de contar con “grandes mariposas negras batiendo las alas” (se refiere a los espectadores agitando sus capas en señal de aprobación); Toledo es “un sueño retrospectivo”; las casas de Madrid “sirven de pretexto para echarse a la calle”; en Barcelona “hablando castellano, a veces, se hace uno entender”; Sevilla es “la fiesta del perfume”; la cartuja de Valldemosa (en donde examina la celda de Chopin), “despiadadamente triste”.

Y un día, hallamos a la pareja en Tetuán. Para Discépolo, que en cada punto de su periplo buscaba (y hallaba) analogías con Buenos Aires, sobrepasar el sur de Tánger equivalía a enfrentarse a un mundo distinto y misterioso. Se trataba de un anhelo romántico: Marruecos era lo más aproximado a Las mil y una noches que él podía aspirar. No buscaba lanzarse al desierto, ni explorar los picos del Anti-Atlas; él no era un aventurero. Quería recorrer calles estrechas y tortuosas y cruzadas de pared a pared por arcos; quería ver casas blanqueadas, ir a tiendas, tomar un café y que lo atendiera un camarero con atuendo típico. Quería comprobar por sí mismo el exotismo urbano que divulgaban novelas, revistas ilustradas y traveltalks, y tal vez la propia Tania.

Para ella, en cambio, significaba el reencuentro con un pasado que, evidentemente, la perseguía.


El testimonio que nos dejara Discépolo sobre Marruecos formó parte de una serie de charlas radiofónicas que el autor brindó en 1936, luego reunidas un tanto nebulosamente bajo el título Apuntes a mi vuelta de Europa. Dice uno de sus párrafos:

Las casas parecen telones remendados. A la gente no la pude ver porque iba envuelta en ropa. Marruecos parece una enorme tienda de ropa vieja en la que de pronto los trajes se han echado a andar por su cuenta.

La imagen es simpática, aunque enoja un poco pensar que, pudiendo hablar de tantas cosas, Discépolo se preocupe por comparaciones textiles. Pero ocurre que las impresiones de su viaje son todas así: breves, con vocación por la metáfora, y por ello escasamente periodísticas.

No sabemos con qué información arribó el poeta a Tetuán, por entonces capital del Protectorado; lo cierto es que encontró una ciudad enorme y laberíntica, y seguramente desconcertante. Compleja en su cultura y dotada de un “color local” extraordinario, Tetuán tenía la particularidad de hacerle retroceder centenares de años a la vuelta de cada esquina: un siglo entero en la judería, dos en cierto minarete octogonal de la mezquita de El Bacha, tres en las casas de la familia Naqsis, cuatro en los muros de la medina antigua.

Él, que lo ve todo, solo prefiere reseñar una tarde en el mercado.

En Tetuán salí a comprarme unas babuchas. Me fui al barrio morisco de los mercaderes. Al entrar en un tugurio subterráneo, un viejo babuchero me ofreció su mercadería. Mientras yo elegía entre las babuchas bordadas, un gramófono destartalado de aquellos con bocina que se usaban hace veinte años, empezó a moler las notas de Yira… yira… Y mientras el gramófono tocaba, el babuchero, que era un viejo judío sefardita, se puso a tararear en su media lengua hebrea-hispano-morisca: “Cuando la suerte que es grela / fayando y fayando / te largue parao…

De ser estrictamente reales las palabras de Discépolo (y no digo que no lo sean: la anécdota es probable, es admisible, y hasta creo en ella; lo que digo es que peca de excesiva felicidad), nosotros, como espectadores, asistimos a una de las circunstancias más dramáticas de su vida.

Hecha la revelación, Discépolo, agradecido y turbado, prosigue el relato. Su estilo nos recuerda que originalmente estaba dirigiéndose a radioescuchas:

Al oír estas palabras que yo había escrito hacía mucho tiempo y a varios miles de kilómetros de distancia… al oírlas allí en Tetuán y en boca de aquel anciano babuchero, sentí que una emoción extraña me hacía un nudo en la garganta. Y al salir de allí dí por bien empleados los desvelos que me habían costado mis tangos. Todos eran poco para pagar aquel momento que me había conmovido hasta las lágrimas…

Podemos reconstruir todo: el zoco tetuaní, el tabuco perdido entre los demás locales, la caótica exposición de chinelas, el anciano babuchero del Sefarad (estriado y barbado), su conversación en dialecto haquetía, la victrola desvencijada, el disco de pasta.

Solo nos falta un detalle: casi todo el resto de Marruecos, invisible para Discépolo a partir de este momento.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

lunes, 24 de octubre de 2011

Una selección personal de los "Catasterismos" de Eratóstenes (siglo III a. C.)

(Catasterismo: “Colocación de algo o de alguien en medio de las estrellas”.)

I, 2: La Osa Menor. Arato dice que era de Creta y que fue la nodriza de Zeus, y que por ello fue honrada con una gracia en el cielo. Tiene una estrella brillante sobre cada ángulo del cuadrilátero y tres brillantes sobre la cola; en total siete. Hay otra estrella inferior, debajo de la del extremo de las explicadas (la llamada Polar), en torno a la cual parece que todo el orbe gira.

I, 7: Escorpión. Ártemis hizo que éste surgiera de una colina de la isla de Quíos para que picara a Orión, y por tanto, muriera, porque una vez la intentó violar en una cacería. Zeus lo colocó entre las constelaciones brillantes para que vieran los venideros su fuerza y poder.

I, 16: Casiopea. Sófocles, el poeta trágico, cuenta en su “Andrómeda” que Casiopea, tras rivalizar con las Nereidas en belleza, cayó en desgracia y que Posidón mandó un monstruo marino para que devastase su país. Por su causa su hija yace expuesta ante el monstruo, y así, al lado, está representada, familiarmente, sentada sobre un cojín.

I, 23: Pléyades. Gozan de la mayor gloria ente los hombres porque dan señales en una época del año. Tienen una muy buena posición porque están dispuestas, según Hiparco, en forma triangular.

I, 24: Lira. Como no tenían a quién dar la lira [de Orfeo muerto] pidieron a Zeus que la catasterizase, de manera que estuviera colocada entre las constelaciones en recuerdo de Orfeo. Así lo concedió, y fue colocada. Tiene una señal distintiva en relación con la desgracia de Orfeo: se oculta en cada estación.

I, 28: Sagitario. La mayoría dice que se trata de un centauro, aunque otros lo niegan porque no se le ven cuatro patas, sino que se mantiene de pie disparando un arco; y ningún centauro ha hecho uso de arco. El arquero es, antes bien, un varón con patas de caballo y cola como los sátiros.

I, 35: Argo. Atenea puso esta constelación Argo en las estrellas por ser ésta la primera nave que se construyó. Estaba dotada de voz.

II, 44: Vía Láctea. Hermes tomó a Heracles cuando nació y lo puso al pecho de Hera. Heracles mamaba de su pecho. Y Hera, una vez que se dio cuenta, lo arrojó de sí de una sacudida, y de esta manera, por la leche derramada en abundancia, se creó la Vía Láctea.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

martes, 11 de octubre de 2011

Ronda rugiente

Después de tanto tiempo, movido por un impulso tan íntimo que ni yo mismo podría explicarlo, he vuelto a visitar mi antiguo pueblo. Todo en él ya era extraño para mí, porque yo mismo lo era en sus calles; los frentes añosos, las veredas de ladrillo, los árboles, la plaza silenciosa con su busto de piedra y aquel almacén en la esquina más soleada no habían cambiado desde mi infancia y sin embargo no conseguía reconocerlos, como tampoco recordaba mi mano, al acariciarla, la verja del jardín de lo que supo ser mi casa. Pero no me asombró. Cuarenta años pasaron desde que nos fuimos, y yo aún no había cumplido ocho; la diferencia con la gran ciudad y la poca capacidad de añoranza que tenía entonces hicieron que despreciara y hasta borrara, incluso, el registro de mis primeros pasos. Es algo que suele ocurrir. Aunque en realidad, no obstante lo lívido de su imagen en mi memoria, una cosa retornó mientras caminaba por la villa: la iglesia vieja al otro lado de la estación, en los campos que eran de Auboyer.

Ya estaba en desuso cuando yo era pequeño. Era casi en el borde de la estancia “La Cautiva”, cuyo alambrado marcaba de un lado el comienzo del pueblo y del otro el fondo de las muchas hectáreas de aquella rica propiedad. Además de la capilla había en ese sector un vivero forestal, el más grande del partido. Esto era todo cuanto yo (y cualquier otro) podía ver de la hacienda. El casco nunca lo conocí, porque estaba muy adentro; pero sé que lo imaginaba fastuoso, rodeado por un parque legendario a donde acudían, por las tardes, felices niñas hermosas a tomar el té. ¡Qué vuelco dio mi corazón al acercarme ahora hasta aquel sitio! El descuido había transformado al vivero en un bosque tan cerrado que ocultaba a la iglesia; nada de ella se notaba desde el camino.

Volví entristecido a las calles del pueblo, y recién entonces caí en la cuenta de algo que había notado sin que me alertase demasiado, pero que ahora me llenaba de inquietud: el campo no era lo único que estaba abandonado. Una de las grandes casonas también estaba vacía; otra tenía su techo derrumbado; más allá había una tienda cerrada, y en la misma cuadra un hotelito ya había sido tapiado.

Fui hasta el almacén. Pedí una bebida y me presenté. Le dije al patrón quién era yo y de quiénes era el hijo; aclaré —por si acaso— que antes vivíamos en la casa amarilla frente a la escuela. No hacía falta: el nombre de mis padres todavía le sonaba familiar. El hombre recibió todas mis noticias con interés y quiso corresponderme con las módicas novedades de cuatro décadas del pueblo, pero los nombres que barajaba eran irreparablemente ajenos a mi conocimiento. Fingí algún recuerdo solo para mantener viva la conversación; y cuando sentí que esta se agotaba, pregunté por el destino del campo de los Auboyer.

Me habló de un accidente ocurrido mucho antes de que yo naciera. Mis padres, que yo recuerde, nunca lo comentaron. Auboyer, en sociedad con otro inversor, había comprado “La Cautiva” a un español que había sido su fundador, al cual pertenecían también los terrenos donde se hizo el pueblo. Bajo la nueva administración los campos fueron muy prósperos; la fortuna permitió que no solo hicieran una capilla neogótica para uso personal, sino además una escuela para los hijos de los peones, igualmente dentro de la propiedad; y más cerca de la casona principal también instalaron un pequeño zoológico privado. Un día, un leoncito de aquel zoológico mató a la nieta del cuidador. La decapitó. Entonces decidieron, los Auboyer o el juez, que había que sacrificar al animal. La noticia trascendió y parece que hasta llegó gente de Buenos Aires para presenciar la matanza, que sería a cargo de un tirador profesional. Es cierto que cualquier empleado hubiera podido hacerlo, pero tal vez fueron a lo seguro. Y con esta desdicha gravitando sobre el lugar, todos —sus dueños, los peones, la gente del pueblo— comenzaron a tomar aprensión hacia la estancia. Unos años después fue vendida al señor Ferrater, un empresario que dirigía un importante laboratorio en la Capital. Cuando este falleció (la fecha más o menos podría ubicarse hacia la de mi nacimiento), una desavenencia entre sus herederos hizo que todo decayera definitivamente. Muchos en la villa dependían de “La Cautiva”, y terminaron marchándose.

Pagué y me fui.

Confieso que una obsesión se apoderó de mí desde aquel momento: la de buscar un asiento de estos hechos. Comencé la tarea apenas estuve otra vez en Buenos Aires. No dejé colección de periódicos ni de revistas sin visitar. En algún lado tendría que figurar, ¿el hombre del estaño no había dicho, acaso, que esto se había divulgado y que acudieron personas desde lejos para ver cómo mataban al león? Y efectivamente, al mes de búsqueda apareció el recuadro amarillento que tanto ansiaba leer: lo hallé en un diario de los llamados “serios”, lo que le otorgaba un carácter indubitable.

Salvo en dos o tres detalles menores cuya discrepancia resolví a favor del diario, el relato coincidía con el de mi informante. Los Auboyer y los familiares de la pequeña se habían negado a hacer declaraciones; lo que el periodista recogía era el testimonio de un sacerdote, que no podía ser otro que el mismo que solía oficiar en la capilla y educar en la escuela. O bien por discreción, o bien porque no hubo testigos del momento del accidente, las noticias del cura eran moderadas; ante la pregunta inevitable de cómo pudo acontecer, se limitó a decir (dos veces) que “estaba escrito que así sería”.

La crónica finalizaba con un comentario irónico sobre el sacerdote, a quien evidentemente acusaban de apelar a un fatalismo inoportuno. Pero yo, al leer esto, entendí claramente a qué se refería…

Y determiné volver al pueblo en la primera oportunidad que tuviera. Así lo hice. Pensaba: no había estado en cuarenta años, pero regresaba dos veces en pocas semanas, ¡qué extrañas son las propuestas que a veces nos surgen! Llegué en una mañana tan calma que parecía irreal; anhelante crucé el terreno de la estación y me dirigí hasta el borde del campo de “La Cautiva”, donde comenzaba el bosque, para buscar la iglesia.

La encontré luego de saltar el alambre y deambular unos cuantos metros entre la espesura, apartando maleza y pisando la hojarasca de muchos inviernos. Lo que vi fue desolador. La capilla particular de los Auboyer había sido un templo de hermosa arquitectura, pero solo quedaban ruinas. Por fuera, diseminados entre los pastos, yacían escombros y dos o tres de los pináculos que otrora decoraran los contrafuertes. Fui hasta el frente. La escalinata, que terminaba bajo el arco de entrada, antes daba contra una puerta ojival de madera; la puerta había desaparecido. Tampoco estaban los cristales del rosetón, ni los de ningún otro ventanal. Avancé. El techo de la nave central ya no existía; los pilares no soportaban nervio alguno. Plantas grotescas subían por la desnuda pared semicircular del ábside, gracias al cual deduje la posición del comulgatorio y del altar ausente. Nada del mobiliario; ni una figura, ni uno de los cuadritos (que seguramente debieron estar) representando el viacrucis. Noté que en algunos entrepaños se conservaban, raídas por el tiempo, unas frases en bajorrelieve: las reconocí como versículos de los Salmos.

Comprendí de pronto que allí tenía la clave que justificaba todo. El sacerdote no era fatalista: hablaba en sentido recto al decir que la desgracia estaba escrita. Porque cerca de una lucerna, a una altura que me sobrepasaba varias veces, arañadas por las lluvias aunque todavía legibles, estaban grabadas las palabras del salmista: EL DIABLO RONDA COMO LEÓN RUGIENTE BUSCANDO A QUIÉN DEVORAR.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 29 de septiembre de 2011

Productos comerciales mencionados al pasar en tangos del repertorio de Gardel

Marcas y artículos que otrora supieron ser muy populares, un día dejaron de fabricarse y con el correr del tiempo se los fue olvidando. Mencionados al pasar en los tangos, ciertos productos requieren hoy una explicación detallada. Incluso más de un cantor jamás vio las mercancías citadas en determinadas letras de tango; son referencias desconocidas para el público actual, pero que tuvieron su momento de gloria comercial y que no pasaron desapercibidas para los poetas de la época. Los tres productos que comentaremos hoy son solo unos pocos ejemplos. Escogimos tres del repertorio de Carlos Gardel.

1.- Llevando el bacalao de la Emulsión de Scott. Pocos saben que el muñequito hecho con neumáticos Michelin tiene nombre propio: se llama Bibendum (por la locución latina Nunc est bibendum, del poeta Horacio). El castizo Anís del Mono y la inquietante cabeza de Geniol también formaban parte de ese mundo publicitario de antaño, habitado por personajes característicos, inmortales. Enrique Santos Discépolo, en su tango Victoria (del año 1929) mencionó otro personaje análogo: “el bacalao de la Emulsión de Scott”, que remitía a la viñeta llamada “El Hombre del Abadejo” que servía de propaganda para el producto farmacéutico. Cual Sísifo condenado, el hombre llevando aquel gran pez a sus espaldas era para Discépolo la metáfora de una carga difícil de soportar. Una especie de Atlante moderno. Los manuales de comercio de los años ‘20 y ‘30 daban al “Hombre del Abadejo” como un ejemplo práctico de cómo cierta imagen podía convertirse en la identificación perfecta para determinados productos.

2.- No te acordás que traía aquella Crema Lechuga. “Que hasta la última verruga de la cara te piantó…” Estos versos, que podrían servir para una antología del reclamo de amor vulgar, figuran en el tango Ivette, grabado por Carlos Gardel en 1920. Lechuga era el nombre de una crema de belleza que distribuía la firma Beauchamps, de París; aunque en París, “lechuga” (la verdura, la lechuga de la ensalada) se dice laitue. Era un cosmético muy requerido como suavizante del cutis. Las imitaciones posteriores, hijas bastardas de la original, también se llamaban Lechuga y circularon hasta hace poco. Venían en unos envases redondos de lata, y por lo general eran una porquería: todo el mundo sabe que para sacarse las verrugas, lo mejor siempre es acudir a una curandera.

3.- El lustre distinguido necesario pa’ triunfar. Disimulado en los ambages de la retórica, haciendo uso y abuso de complicados tropos al servicio de la malicia, ciertos tangos escondían marcas registradas. Uno de ellos, Dos en uno, de Rodolfo Sciammarella y Enrique Cadícamo, aparenta hablar de un señor mujeriego, juerguista y, a fin de cuentas, digno de admiración. Pero en ciertos versos se deslizan frases sospechosas: “con todo ese brillo, quién no se va a encandilar”; “el lustre distinguido necesario pa’ triunfar”; “al fajar una lustrada, cómo cambian su pobreza y se ponen a brillar…” En realidad, “2 en 1” era el nombre de un producto cuyas propiedades son las que Cadícamo asignaba al personaje del tango. La dedicatoria de la partitura despejaba cualquier resto de duda: “A los oyentes de Radio Buenos Aires, en la audición de la Pomada del Hogar 2 en 1”. Este tango lo grabó Gardel el 12 de agosto de 1929. Como curiosidad adicional, puede consignarse que en una de sus tomas se escucha la rotura de una cuerda de guitarra.



© 2011, Héctor Ángel Benedetti

martes, 13 de septiembre de 2011

Viejas postales de cosas que ya no existen





I.- Los Portones de Palermo
Estuvieron desde 1875 frente a la plaza Italia. Por ellos se accedía al parque Tres de Febrero, por la avenida Sarmiento. Fueron demolidos en 1917.







II.- La Villa Lago Epecuén
Importante balneario termal a unos kilómetros de Carhué. Las primeras instalaciones fueron durante la década de 1920. Arrasado por una inundación en noviembre de 1985, no se lo reconstruyó.






III.- El Canal del Norte
Faraónico canal artificial navegable, que uniría a Junín con la costa del río Paraná a la altura de Baradero, pasando por Chacabuco, Salto y Arrecifes. Fue en gran parte construido a partir de octubre de 1904; pero las obras se suspendieron en 1909 y se cancelaron definitivamente en 1911.








IV.- La Piedra Movediza de Tandil
La roca, que pesaba cerca de 300 toneladas, cayó del cerro La Movediza, donde había estado balanceándose por siglos, el 29 de febrero de 1912.










V.- La Gruta de Plaza Constitución
La extraña obra conocida como “La Gran Rocalla” (cuya historia ya hemos desarrollado en este mismo blog en marzo de 2011) se inauguró en 1887 y fue eliminada del paisaje porteño en 1914.










VI.- La Zanja de Alsina
Casi 400 km de largo tuvo este sistema de fosas y fortines, que iba desde Italó (sur de Córdoba) hasta Nueva Roma (al norte de Bahía Blanca) para defensa contra ataques indígenas. Comenzó a tenderse en 1876. Con el correr de los años, la erosión y algunos rellenos prácticamente la borraron del mapa.










VII.- El dirigible LZ-127 Graf Zeppelin
Había visitado a la Argentina el 30 de junio de 1934. Este dirigible alemán voló exitosamente entre 1928 y 1937; en 1940 fue desguazado para aprovechar el aluminio como material de guerra.










VIII.- El ferry-boat Lucía Carbó
Buque diseñado para cruzar los trenes entre Zárate (provincia de Buenos Aires) e Ibicuy (Entre Ríos), el “Lucía Carbó” fue botado en 1907 y prestó servicios hasta la inauguración del puente Zárate-Brazo Largo en 1979. En 1990 fue radiado.










IX.- La Aduana de Taylor
Estuvo detrás de la Casa de Gobierno. Inaugurada en 1857 y derribada en 1894. En su lugar hoy está el Parque Colón.











X.- El Mercado Central de Frutos
Fue la barraca más grande del mundo. Estaba en Avellaneda. Su construcción comenzó en junio de 1887 y funcionó hasta 1963; tras su cierre, todo el conjunto fue demolido. Hoy casi no queda rastro alguno de que alguna vez estuviera allí.









© 2011, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 1 de septiembre de 2011

El mendigo Raúl Grigeras


Ángel Bassi —compositor de la Guardia Vieja, autor de El Canillita, Pipiolo, Fray Mocho y otros tangos poco visitados— publicó en una oportunidad El Negro Raúl, “séptimo tango criollo para piano” según la calificación de su partitura. Esta obra se halla comprometida con el olvido, opacada por la presencia mucho más poderosa del otro agente: el homenajeado, el propio Negro Raúl. Un personaje típico, víctima de una Buenos Aires que cada tanto se vuelve cruel.



I.- Reducido en su condición de persona hasta quedar apenas como un charro objeto decorativo, Raúl Grigeras habitaba la esquina de Corrientes y Esmeralda con la misma fortuna que podrían tener allí un maniquí o un afiche.


Había nacido hacia 1886. No se saben ni la fecha exacta ni el lugar, aunque él aseguraba provenir de una buena familia de los barrios del Sur. Mencionaba un padre organista, activo en la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat. Esta ascendencia nebulosa alcanzó a su propio apellido, tambaleante entre Grigera, Grijera, Grigeras o Grijeras; puede optarse por la forma Grigeras por el solo hecho de ser la más repetida, aunque en realidad se lo conoció siempre como el Negro Raúl.


Se instaló en aquella esquina en algún momento de los años diez, en calidad de pordiosero, durmiendo en cualquier hueco y con las comidas sin cumplir. Fue casi invisible hasta que una noche lo descubrieron los “niños bien”, los patoteros de alcurnia, ociosos y llenos de fastidio, que lo adoptaron como paje.



II.- Al principio, este padrinazgo consistió nada más que en vestirlo con los trajes que sobraban de los guardarropas jailaifes. El Negro Raúl paseaba su mendicante africanidad bajo un vestuario de lujo; su atuendo incluía polainas, guantes, chistera y bastón. Había algo en su figura, algo en todo aquel despliegue grosero, que lo volvía más chabacano y, por consiguiente, más gracioso ante sus protectores.


Comenzaron por el atavío, pero al tiempo ya estaban trasladándole sus actitudes de dandy. No era raro verlo pasear por la calle Florida del brazo de algún joven patricio; esta yuxtaposición, más algunas bufonadas circunstanciales, se compraban con una levita usada o con un almuerzo decente. El pobre Negro Raúl se había convertido en un profesional de lo grotesco.


Estaban de moda los viajes a París por snobismo; el Negro Raúl fue arrastrado por un grupito que lo llevó a disfrutar de la limosna en la Ciudad-Luz. Hasta qué punto debió rebajarse para complacer a sus mecenas, es cosa que nadie divulgó; él hacía cualquier cosa a cambio de una pechera nueva, de una corbata con monograma ajeno.


Una vez lo pasearon por la Avenida de Mayo con un cartel que decía “Se Alquila”. Al igual que Quasimodo coronado, el Negro Raúl sonreía con su desdentada boca y los bendecía, o quizá los perdonaba.


El colmo fue cuando lo encerraron en un ataúd, lo cargaron en un tren y lo remitieron como “regalo” a unos botarates de Mar del Plata. Cuando emergió medio asfixiado del cajón, estallaron las carcajadas de los patoteros y llovieron las monedas sobre su asustado rostro bantú.



III.- Llegó a ser un personaje de historieta: la revista El Hogar editó una con su nombre a partir de 1916, dibujada por Arturo Lanteri, en donde se le adjudicaban situaciones tan pintorescas como ficticias.


Pero cuando bajaron las cotizaciones de vacas y cereales, con ellas descendió la generosidad de los hijos de estancieros. Descendió, es verdad; y tanto, que se esfumó por completo.


El ocaso del Negro Raúl fue rápido. Primero debió vender alguna chaqueta; luego, su sombrero; más tarde, sus botines. Poco después ya estaba vistiendo de nuevo su conocida indumentaria de menesteroso, aunque guardaba algunos elementos de aquel prestado abolengo de antaño: los giros presumidos de su conversación, un anillo barato y aparatoso.


Contaba su historia a cambio de un vaso de vino, en estaños progresivamente sucios y ante públicos cada vez más toscos. Había sido el entretenimiento de la alta sociedad; ahora era la burla de cualquier patán con diez centavos para pagarle un moscato. Empezó a deambular de callejón en callejón, hablando solo y sufriendo prematuras alucinaciones. Cuando dejaba el Centro para aventurarse por algún barrio, los chicos lo corrían a pedradas. Entonces, preso de una súbita vergüenza, desaparecía por algún tiempo y se lo daba por muerto: los periódicos más de una vez publicaron su necrológica, seguida a los pocos días de una rectificación.


Tras una hipérbole de treinta años, durante los cuales no fue noticia, el Negro Raúl falleció de verdad y para siempre el 9 de agosto de 1955 en la colonia psiquiátrica “Dr. Domingo Cabred”, de Open Door. Nadie reclamó sus restos, que fueron arrojados a una fosa común.



© 2011, Héctor Ángel Benedetti


lunes, 15 de agosto de 2011

Breve antología de textos de magia en papiros griegos (siglos I a. C. al IV d. C.)

Para que una mujer, mientras duerme, confiese el nombre del que ama: “Pon bajo sus labios o sobre su corazón una lengua de pájaro y pregúntale, y dirá su nombre tres veces” (Papiro LXIII).

Práctica jocosa: “Para que los hombres que beben en un banquete les parezcan a los que están fuera hocicos de asno, toma de noche la mecha de la lámpara y mánchala con sangre de asno; pon la mecha nueva en una lámpara nueva y enciéndela para los que beben” (Papiro XI, B).

Vaso sumamente maravilloso: “La fórmula pronunciada sobre el vaso dila siete veces: Tú eres vino; no eres vino, sino la cabeza de Atenea. Tú eres vino; no eres vino, sino las entrañas de Osiris, las entrañas de Iao, Pacerbet; Semesilam ōōō ē patachna iaaa. En el momento en que entres en las entrañas de fulana, haz que me ame a mí, fulano, todo el tiempo de su vida” (Papiro VII, 34).

Conjuro de la maga Sira: “Conjuro de Sira de Gádara contra todo tipo de quemaduras. El iniciado en los misterios se quemó, se quemó en el monte más alto. Siete fuentes de lobos, siete osos, siete leones. Siete muchachas de ojos oscuros sacan agua con cántaros oscuros y apagan un fuego inextinguible” (Papiro XX).

Medio de saber mediante un dado si alguien vive o si murió: “Así: Haz que el interesado realice el cálculo en el plato. Que lo llene de agua; añade tú a la cifra que haya salido el número 612, que es el nombre de dios, esto es Zeus, y que reste de esta suma el número 353, que es el nombre de Hermes. Pues bien, si se encuentra una cifra par en el dado, vive; en caso contrario, ha muerto” (Papiro LXII, 2).

Petición de sueños: “Escribe con tinta de mirra en un papiro puro: Te invoco a ti, el que ilumina todo el mundo habitado y no habitado, cuyo nombre tiene treinta letras, en el que se encuentran las siete vocales con las cuales a todo dais nombres. Dioses poderosos, vaticinadme, señores, sobre tal asunto con firmeza y por medio del recuerdo. Señores de la fama, vaticinadme sobre tal asunto esta noche” (Papiro VII, 39).

Práctica para dominar la sombra: “Después de hacer una ofrenda consistente en harina de trigos, moras maduras, sésamo y hierbas que no han tocado el fuego, añádele acelgas y serás el dueño de tu propia sombra, de tal manera que se pondrá a tu servicio” (Papiro III, 8).

Encantamiento amoroso: “Nombre de Afrodita que nadie conoce inmediatamente. Neferieris [de hermosos ojos]: éste es el nombre. Si quieres conseguir una mujer hermosa, purifícate durante tres días, ofrece incienso invocando sobre él este nombre, y acercándote a la mujer dirás en tu interior siete veces el nombre mientras la miras, y así vendrá a ti. Haz esto durante siete días” (Papiro IV, 10).

Para no concebir: “Coge una haba con un insecto y cuélgatela. O toma una haba perforada, átala con piel de mulo y cuélgatela” (Papiro LXIII).




© 2011, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 4 de agosto de 2011

Z Club

Entre las tantas historias mal conocidas que tiene el tango, está la de Z Club. Siguiendo las referencias que aportaron los primeros cronistas, habría sido fundado por un escribano: el doctor Esteban Benza, a quien Augusto P. Berto ofreciera su tango Don Esteban. La carátula de la partitura original lo muestra como un respetable letrado ante su severo escritorio; imposible dudar de su circunspección. Entre los primeros afiliados se encontraría un señor Guidobono, quien tres décadas más tarde informaría en una carta a los hermanos Bates que mensualmente aquella institución organizaba bailes exclusivos para sus socios.

Con tales elementos es fácil pensar en Z Club como un distinguido círculo de caballeros reunidos en asamblea para debatir actividades mutualistas, que con regularidad ofrecía correctas reuniones danzantes, quizá en beneficio de obras de enjundia.

Nada más alejado de la realidad. Z Club no era un establecimiento, un lugar físico: era una comunidad reservada a un número preciso de asociados, exactamente cuarenta, entregados a prácticas libertinas. No era la única en Buenos Aires; pero la falta de discreción de sus miembros y un par de tangos dedicados a la cofradía (Atalaya, de Casalins, y sobre todo Z Club, de Mendizábal) hicieron de ella la más famosa de tales alianzas.

Una vez por mes, Z Club alquilaba lugares por una noche (por ejemplo el Salón San Martín, de Rodríguez Peña 344; o alguno de los domicilios de María La Vasca) y armaba una milonga, para la que contrataba prostitutas de la más baja categoría. Entre los cuarenta adeptos había hombres de variada extracción social, incluyendo jóvenes de acomodadas familias del patriciado porteño. Un individuo especialmente importante en Z Club era cierto inspector municipal, en cuyo legajo pesaban reiteradas denuncias por chantaje a dueñas de prostíbulos.

El baile, por supuesto, era la primera parte de una fiesta escandalosa, donde había de todo.

De todo, menos cautela. La información de lo que se hacía puertas adentro empezó a filtrarse. Hacia 1905 algunos periódicos puritanos ya acusaban a Z Club de lo que en verdad era —una hermandad depravada— y esto significó el comienzo del fin. Cabe preguntarse cómo hicieron los periodistas defensores de la moral y las buenas costumbres para obtener ciertos datos con lujo de detalles; pero este es otro asunto.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 21 de julio de 2011

Corrección de un paisaje

La señorita Mora, casi invisible en la Capital, destacaba un poco más en San Andrés de Giles. Había viajado solo para tener un fin de semana diferente; eligió el destino tras leer algo en el diario y luego le buscó justificación: ella misma terminó creyendo que deseaba conocer la Cruz del Obispo Escalada y un busto de Mitre que, según pudo enterarse, fue el primero que hubo en el país. Llegó al pueblo el viernes por la noche y se alojó en un hotel improvisado en la parte trasera de una imprenta.

Las pocas y deprimentes habitaciones rodeaban un patio; al asomarse con las primeras luces del sábado, Mora comprobó que este patio era como el de una casa cualquiera. El cuarto de enfrente tenía su puerta abierta: no era otro dormitorio, sino un desván. Mora decidió inspeccionarlo. Desde afuera no se veía nada interesante (un colchón arrollado, una jaula herrumbrada, latas de pintura y pinceles secos e irrecuperables, el cuadro que alguna vez se compró en una mueblería, etcétera); pero un atado de revistas amarillentas atrajo un poco más su curiosidad y entró. Eran viejos ejemplares de Leoplán. ¿Y si se los pidiera al hotelero? Seguramente habría de regalárselos, aunque debía ser cauta y disimular que anduvo metiendo las narices donde no le correspondía.

Mora se dio vuelta y salió del cuarto de los cachivaches. Pero al segundo paso cayó en la cuenta de que no estaba otra vez en el patio del hotel de la imprenta. Frente suyo tenía las rocas y la gris arena de una costa escarpada; más allá de la costa estaba el mar.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 7 de julio de 2011

Pequeña antología de frases de oráculos caldeos (siglo II)

- Es ley indisoluble de parte de los bienaventurados que [el alma] atraviese de nuevo una vida entre los hombres y no en los animales.

- Cuando veas el fuego sacratísimo brillar sin forma, a saltos, en los abismos de todo el mundo, escucha la voz del fuego.

- Hombre, ¡eres un artificio de naturaleza audaz!

- No aumentes el destino.

- El Padre de los dioses y de los hombres ha colocado el intelecto en el alma, pero a nosotros en un cuerpo perezoso.

- El Padre no inspira temor, sino que infunde persuasión.

- A algunos ha concedido comprender, por el estudio, el símbolo de la luz; a otros, incluso mientras duermen, los ha hecho fructificar con su poder.

- Nunca cambies los nombres extranjeros.

- Los bienaventurados están prestos [para atender] al mortal que se demora.

- Las cosas divinas no son accesibles a los mortales que piensan según el cuerpo, sino a cuantos desnudos se apresuran hacia las alturas.

- Las fieras terrestres fijarán morada en tu vaso.

- No pongas en tu mente las inmensas medidas de la tierra, porque no [existe] planta verdadera en la tierra. Tampoco midas la dimensión del sol juntando reglas: él se mueve por voluntad eterna, no por tu causa. Desatiende el silbido de la luna: ella corre siempre por obra de necesidad. La procesión astral no ha sido engendrada en tu favor.

- Para quien comprende es alimento lo inteligible.

- No evoques la imagen directamente visible de la naturaleza.

- Del seno de la tierra se lanzan perros terrestres que jamás muestran un signo verdadero a un mortal.

- La naturaleza invita a creer que los demonios son puros, y que los vástagos de la materia mala son útiles y nobles.

- Que te alimente una esperanza cargada de fuego.




© 2011, Héctor Ángel Benedetti

miércoles, 22 de junio de 2011

El Nobel de Literatura en las calles porteñas

La nomenclatura porteña tuvo cierta generosidad con los literatos. Nuestras calles los recuerdan: decenas de nombres de novelistas, cuentistas, poetas, dramaturgos, críticos y ensayistas se desparraman sobre el mapa de la ciudad; la mayoría de las veces, con plena justificación. Pero curiosamente los ediles se han mostrado apáticos con aquellos escritores que alguna vez recibieran el premio Nobel. Ni siquiera hay una calle para quien instituyera el premio. El mismísimo Alfred Nobel recibió su tardío homenaje local en 1972, pero en forma de plaza; una plaza prácticamente secreta de Parque Chas. ¿Qué fue de las calles en memoria de los Nobel de Literatura? Históricamente apenas hubo tres, y hoy solo queda una…

La primera: José Carducci, como homenaje al laureado de 1906. Se trata de la acual y casi escondida Victoriano E. Montes, en el barrio de Saavedra. Giosuè Carducci (1835-1907), autor de las Odas bárbaras, fue elegido por unanimidad; un caso atípico en la historia de los premios Nobel, aunque luego habría de cuestionarse que, por elegirlo, aquel año se pasó por alto a Mark Twain, a Rainer Maria Rilke y a Henry James (quienes nunca habrían de recibir Nobel alguno). Fuera de Italia, Carducci solo fue popular en la Argentina; evaporada esta fama, en 1944 un decreto lo borró.

También desapareció Benavente, el Nobel de 1922. Ya que no en la literatura, al menos en la topografía porteña Benavente era vecino de Carducci: era su calle paralela. Jacinto Benavente y Martínez (1866-1954) obtuvo el galardón luego de que la Academia ignorara a James Joyce (“¿Joyce? ¿Quién es Joyce?”, respondió un secretario en 1946, cuando alguien consultó acerca de esta omisión). Y como pasó con Carducci, también en 1944 a Benavente también se le cambió el nombre, aunque por un decreto distinto. Hoy Benavente se llama Juan Sebastián Bach.

Mejor suerte tuvo Gabriela Mistral, premiada en 1945. Su calle, que atraviesa Villa Devoto y Villa Pueyrredón, era antes Tequendama, que evocaba la gran cascada de Colombia. Por una ordenanza de 1961 se sustituyó este nombre por el de Mistral, pseudónimo de la poeta chilena Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga (1889-1957). Su premio esconde detrás una historia “política”. Los candidatos firmes para aquel año eran Jules Romains, Benedetto Croce y Hermann Hesse; pero un miembro del jurado, entusiasmado por los versos de Mistral, los trasladó al sueco para presionar a favor suyo. Resultó elegida: no podían desairar al académico traductor…

Y con ella, tan temprano, se cierra la lista de los Nobel de Literatura en las calles de nuestra ciudad. Nunca hubo una avenida Kipling, ni un pasaje Tagore, ni un boulevard France. Tampoco existió una calle Pirandello, una cortada Hemingway o una diagonal Neruda. Jamás alguien pudo leer en Buenos Aires chapas enlozadas de color azul con los apellidos Bergson, Mann, Gide, Beckett o Shaw.

Al momento de escribir estas líneas, más de cien autores fueron premiados con el Nobel desde aquel lejano primer otorgamiento de 1901 (a Sully-Prudhomme). Algunos, francamente discutibles; otros, en cambio, bien merecidos. Estos últimos, ¿dónde están? Argentinos, ya sabemos que no hubo; pero no importa: tampoco se demostró una gran solidaridad con la América hispana, ni con el idioma en general.

Es cierto que también faltan varios otros nombres destacados de nuestra historia, nuestras artes y nuestras ciencias. La ausencia de los Nobel ha sido, en todo caso, un descuido literario.

(Publicado originalmente en Fervor x Buenos Aires: http://fervorxbuenosaires.com)

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 9 de junio de 2011

El cinematografista Mario Gallo

Quien tenga en sus manos un ejemplar de la primera edición de la partitura de Sacáme una película, gordito!..., tango criollo de Ángel G. Villoldo, pasará buen rato observando la escena dibujada en su carátula: un compadrito estereotipado, en actitud desafiante, frente a una cámara filmadora montada sobre un trípode; operándola, está un hombre bajo y obeso, de simpático moño y bombín. No interesa el primer sujeto, que fue puesto solo para emitir el título del tango; importa el otro, el oblongo régisseur tras la cámara, pues a él remite la dedicatoria de Villoldo: el italiano Mario Gallo.

1. En el principio. Gallo nació el 31 de julio de 1878 en Barletta, un pueblo de Puglia; y arribó a la Argentina en 1905, cuando Buenos Aires comenzaba a vivir su belle époque cuya mejor postal era la Avenida de Mayo. Diez años de vida tenía el cine en su Europa natal; él nunca se había motivado por el nuevo arte, y quizá lo desdeñaba: su mundo era el teatro, y de hecho llegaba al Plata como director del coro de una compañía de operetas. Algo lo llevó a quedarse, tomando un empleo como pianista de café. Una noche conoció a un paisano suyo, Atilio Lipizzi, que había sido electricista en los montajes espectaculares que hacía un mágico artista cuyo nombre alcanzaría luego resonancias de leyenda: Leopoldo Frégoli. Una de las tareas de Lipizzi había sido operar un aparato llamado “fregolígrafo”, que pieza por pieza era exactamente un proyector cinematográfico como el de los Lumière (Frégoli lo usaba como complemento de sus presentaciones, por lo que entendió que tenía derecho a darle su nombre). La experiencia de Lipizzi era más que suficiente en América del Sur para pasar por “conocedor” del tema, y convenció a Gallo de que era posible trasladar el teatro al cine.

Los inicios de Gallo resultan hoy tan difusos que prácticamente todos los historiadores optan por saltear los intentos que sin duda debieron existir, diciendo en conclusión que su primera película fue la más conocida: El fusilamiento de Dorrego, filmada en 1909 y estrenada al año siguiente. Actuaban en ella Salvador Rosich, Eliseo Gutiérrez y Roberto Casaux, hombres de gran prestigio en la escena que apoyaban la pretensión de Gallo por hacer un film d’art a la criolla. Siguiendo el modelo francés, probablemente inspirado por películas como L’assassinat du Duc de Guise o La tour de Londres et les dernières moments d’Anne Boleyn, Gallo tomó un episodio histórico que pudiera ser teatralizado, desembolsó quinientos pesos y con ellos hizo El fusilamiento de Dorrego.

Años después diría Leopoldo Torres Ríos: “El público se enteraba que había tal fusilamiento porque así lo decía el título…”

2. Una producción tenaz. El fusilamiento de Dorrego fue el comienzo de una serie de cuadros históricos, continuada por las no menos escolares Güemes y sus gauchos, La Revolución de Mayo, La Batalla de Maipú, El Combate de San Lorenzo, La creación del Himno, etcétera. No había lugar para el revisionismo o la crítica; se iba a lo seguro, a lo oficial, y lo más comprometido apenas fue una olvidada adaptación de la tragedia de Camila O’Gorman.

Gallo dirigió a Enrique Muiño en el primer Juan Moreira de la pantalla, y para el papel principal de Tierra baja convocó nada menos que a Pablo Podestá. Muerte civil, basada en el drama de Giacometti, parece haber sido la cinta de mayor interés de cuantas rodó Gallo; en su estreno estaba el actor Giovanni Grasso, de paso por Buenos Aires, quien se sintió insólitamente impactado y volvió a Italia decidido a hacer cine, luego de renegar de él durante años: terminó protagonizando una de las mejores películas mudas de su país.

Después Gallo decidió filmar un tríptico operístico consistente en arias de Cavalleria Rusticana, I Pagliacci y Tosca; a la hora de exhibirlo, cantores y músicos ocultos tras la pantalla le darían el marco sonoro conveniente.

Las inversiones eran cada vez mayores, obteniendo resultados que en lo artístico eran limitados y que en lo financiero tendían a la bancarrota. Y sin embargo continuaba apostando fuerte: con estudio y laboratorio propios (identificados por un logotipo que, como el de la compañía Pathé, consistía en un gallo), en 1917 lanzó Palermo, en 1918 En un día de gloria, y en 1919 En buena ley.

El público iba a ver sus películas y él mismo se había convertido en un tipo popular (el tango de Villoldo así lo testimonia), pero las recaudaciones no alcanzaban.

3. Su capacidad de expresión. La aureola de “pionero del cine nacional” ha servido para que las crónicas eviten un juicio imparcial sobre su obra, cuando lo cierto es que las películas de Gallo fueron imperdonables. Para finales de los años diez el cine ya estaba bastante avanzado; sería falaz disimular lo primitivo de la obra de Gallo solo porque en la Argentina no había otra cosa que pudiera superarla. En el mundo ya estaban The Birth of a Nation de Griffith, Das Kabinett des Doktor Caligari de Wiene, un par de obras maestras de Sjöström, miles de producciones con el ritmo ágil del montaje norteamericano, los primeros planos de Stiller, los juegos de luces y sombras expresionistas… Gallo desatendía todo esto, y en su equívoco concepto de lo “culto” prefería una cámara fija que filmase ópera, con un telón pintado de fondo.

A partir de 1920 emitió las “Actualidades Gallo Film”, noticiario que luego de su éxito inicial de a poco fue perdiendo regularidad, hasta su cancelación definitiva sin que nadie lo extrañara demasiado.

Murió en 1945.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 27 de mayo de 2011

El norte, el sur

Fue en una milonga suburbana que me advirtieron sobre cierta rivalidad entre los estilos “del norte” y “del sur”. Quien más, quien menos, todos los bailarines han oído hablar de ella y son muchos los que reconocen que ambas corrientes están enfrentadas; alguien los ha aleccionado durante sus primeros pasos hasta conseguir que terminen inscriptos en uno u otro bando. He llegado a oír desprecios recíprocos, bastante crueles por cierto.

Desconozco las más elementales reglas de la coreografía, por lo que soy del todo indigno para opinar sobre esta cuestión de estilos; sin duda es por esta ignorancia que veo más o menos lo mismo en cualquier punto cardinal. Aún así me permito sospechar que no existe una clara definición de qué es el “norte” y qué es el “sur”; y nadie (que yo sepa) se ha preocupado por analizar el origen de semejante rencor.

Tengo delante de mí el mapa de la ciudad de Buenos Aires levantado en 1892 por Pablo Ludwig. Conviene esta antigualla porque es de la época en que florecían muchos lugares de baile. Pues bien; la orientación del plano sugiere que el cartógrafo ya tomaba como eje “natural” de la traza urbana a la Avenida de Mayo y su prolongación en Rivadavia. Así, en dirección al Plata todo es norte, mientras que hacia el Riachuelo todo es sur. El Retiro, Palermo, Villa Alvear, el partido de Belgrano: todo eso es norte. Sur sería San Telmo, la Boca, ambas Barracas, buena parte de San José de Flores, y una lejana Villa del Riachuelo que por su posición pareciera ser una “terra incognita”.

Reitero que esto corresponde a la última década del siglo XIX, cuando los bailongos estaban en plena consolidación. Y quizá fue entonces cuando se originó la diferencia entre norte y sur; sin que surgieran este, oeste, sudeste, nordeste, etcétera, por la sencilla razón de que en el complejo entramado porteño los otros ejes no aparecían tan claros.

Sin embargo, cabe preguntarse si en aquellos años para el baile existiría otra oposición además de la topográfica. Lamento no estar en condiciones de ofrecer una respuesta. En la actualidad puede apoyarse o denostarse a un bailarín diciendo de él que “baila como en el norte”, pero por norte hoy se entiende Villa Urquiza: en 1890 el norte ya eran las Catalinas, cuyos bailes no debían tener virtudes muy diferentes de los que estaban sobre la calle Alsina (estricto sur, si atendemos a esa línea divisoria que significaba la Avenida de Mayo).

Probablemente al principio era nada más que un tema de límites arbitrarios el hecho de que un baile fuera del norte o del sur. Tal vez la discordia llegó luego, en tiempos de una ciudad más expandida, cuando las idiosincrasias de cada barrio quedaron separadas por distancias más generosas.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 13 de mayo de 2011

Mi experiencia castrense

En 1987 llegó el momento de que yo hiciera el servicio militar. Recordemos que en aquel tiempo era obligatorio para nosotros, los varones de dieciocho años de edad; éramos reclutados por sorteo y luego, tras la revisación médica que certificaba nuestra aptitud, mediante un sistema de cupo variable éramos distribuidos entre las tres fuerzas armadas.

Si algo yo tenía en claro entonces, era que no quería ir a vestir un uniforme de fajina y andar haciendo saltos de rana, paso ligero y todo eso a lo que, por puro eufemismo, llamaban “instrucción”. Francamente no me veía montando guardias, ni limpiando el cuartel, ni saludando con la venia a un mero subteniente.

A medida que se aproximaba la fecha del sorteo para la conscripción, empecé a prestar atención a los comentarios de la gente mayor. Escuchaba tonterías tales como que allí aprendería “a ser hombre” (¿cómo, y qué había sido yo hasta entonces?), y que por fin iría a servir a la Patria (¿barriendo la comandancia?). La mayoría de los comentarios favorables hacia el servicio provenían, claro está, de personas que jamás lo habían hecho; o de viejos que ya tenían una visión deformada hacia el romanticismo. En todo caso, el sueño de cualquier pibe en su sano juicio era sacar un número de sorteo bajo. No sabíamos con precisión cuál era el límite, pero calculábamos que más o menos habrían de salvarse los que sacaran hasta el 400; de ahí en más, los primeros números se destinarían a infantería, los siguientes a aeronáutica y el resto a la marina.

La mañana que distribuyeron a la “clase 69” (es decir, a los nacidos en 1969) éramos muchos en el aula del colegio, reunidos con permiso del profesor en torno a una radio portátil. El locutor de la lotería primero decía la últimas tres cifras del número de documento de identidad (“número de orden”) y a continuación informaba lo que había extraído del bolillero (“sorteo”). A veces podía darse una situación confusa, con lo que se detenía el sorteo (el locutor decía “¡rectifico…!”), y se volvían a cantar algunos números.

Empezó el acto. Poco a poco se acercaba el turno de mi documento. Mi mala suerte habitual me hacía suponer que como mínimo habría de tocarme ser paracaidista en la Antártida. Ciertos compañeros iban cayendo víctimas del azar y otros festejaban tras verse favorecidos; la tensión era, en todo caso, insufrible. Algunos rezaban.

De pronto, quedé frente a frente con la verdad.

“Número de orden xxx
“Sorteo, 264”

¡Número bajo! ¡Me había salvado! Salí corriendo del aula anunciando la buena nueva a cada alumno, preceptor, profesor o directivo que encontraba. Una chica del bachillerato me abrazó y me dio un beso.

Sin embargo, faltaba una cosa más para dejar totalmente atrás esa pesadilla: la revisión médica y la firma del documento por la autoridad militar del distrito. Porque si bien no iría al servicio, de todos modos debía pasar por la revisación. Sin embargo, cuando fui a cumplir con el trámite (en la localidad de Ramos Mejía) me enteré que eran tantos los eximidos que ni siquiera hacía falta que me revisen.

Por eso, hoy no tengo interminables anécdotas del servicio militar para aburrir al mundo: toda mi experiencia castrense se limitó al día en que fui a que me estamparan el sello de “No Convocado”.

Aún así me quedó algo que contar: en la fila había un travesti, que iba para que lo exceptuaran. En 1987 esto era tan raro como hallar un gaucho en el Polo Norte.

Y ahora sí, definitivamente, luego de este episodio nada más tengo para decir de mi paso por el ejército.



© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 29 de abril de 2011

Breve colección de epitafios antiguos

Viminacio, Moesia superior, siglos II-III d. C.: “Cuando aún vivía Apolonio se hizo este sepulcro, conociendo el carácter olvidadizo de los herederos.”

En un mármol de procedencia desconocida, hoy en Atenas, siglo VI a. C.: “Contempla el sepulcro que guarda muerto a Cleeto, el hijo de Menesecmo, y compadécete: con todo lo bueno que era, murió.”

Ceos, siglos IV-V d. C.: “No es lícito que me saques fuera de mi morada.”

Escitópolis, Palestina, siglos II-III d. C.: “Adiós, vosotros que vais por el camino. Aquí yazco yo, Sosibio. «Adiós, Sosibio», repetid.”

Dáulide, Fócide, siglo III a. C.: “Solo esto es igual para todos los mortales: es voluntad de Zeus que todos mueran y abandonen la luz del sol. Si con plata u oro fuera posible comprar esto, ningún rico descendería al Hades.”

Roma, siglo II d. C.: “Yo, la tumba, me jacto de tener en mi regazo a la prudente Severa.”

Cícico, Misia, fecha desconocida: “Si alguien que no sea yo, Unión, deposita aquí a otro, pagará al fisco dos mil quinientos [denarios].”

Capadocia, siglos II-III d. C.: “Caronte, siempre insaciable, ¿por qué te has llevado de este modo al joven Andrón? ¿No habría sido igualmente tuyo aunque hubiera muerto en la vejez?”

Eritrea, siglos VI-V a. C.: “Aquí, oculto bajo la tierra, reposa Filón, un marinero cuya vida conoció pocas cosas buenas.”

Pireo, ca. 360 a. C.: “Lo que no es frecuente en una mujer, ser excelente a la vez que sensata, eso lo alcanzó Glícera.”

Roma, siglos II-III d. C.: “No era, llegué a ser. Era, ya no soy. Así de simple. Y si alguien dice otra cosa, miente: ya no volveré a ser.”

Cirene, siglos II-III d. C.: “No era y llegué a ser. No soy y no me importa.”

Janto, Licia, siglos I-II d. C.: “Amazona mandó erigir este altar con su propio dinero en memoria de su marido Víctor. Si alguien lo daña o desentierra deberá pagar al fisco quinientos denarios. Salud, caminantes.”

Pireo, siglos II-III d. C.: “Extremadamente veloz es la venganza de los muertos.”

Mitilene, siglos I-II d. C. (?): “Bajo el campo de Lesbos enterró Balbo a su perra, su servidora y compañera de viajes por el inmenso mar, y rogó que la tierra fuera liviana para la perrita que bajo ella yace. La misma gracia que otorgas a los hombres, concédesela también a los animales.”

Astipalea, siglo I a. C.: “No me traigáis de beber a este lugar: ya bebí cuando vivía. Ni de comer. Me basta con lo que tengo ahora. Todo eso es inútil. En memoria mía, y por la vida que pasé a vuestro lado, traedme azafrán.”

Roma, época de Augusto: “Esto es un campo, una casa, un jardín, una tumba.”



© 2011, Héctor Ángel Benedetti.

jueves, 14 de abril de 2011

Velódromos

Hubo una época en que ciclistas y bailarines compartieron el lugar para mostrar sus habilidades. Esto, a priori, puede sonar extraño; no lo es tanto si se tiene en cuenta que ambas aficiones coincidían en que eran prácticas de moda con una amplia convocatoria social. Alguien tuvo la feliz ocurrencia de que bicicletas y tangos coexistieran: los sitios eran adecuados, los concurrentes bien podían ser los mismos. Y de esta forma, hacia principios del siglo XX varios velódromos comenzaron a albergar, cuando finalizaba la hora de deporte, la hora de la danza.

El emblemático, el que todos los autores citan, fue el del Parque 3 de Febrero. Había sido concesionado a la Unión Velocípeda Argentina en diciembre de 1899. Su ubicación era a un paso de la estación Palermo (no la actual, sino otra, que ya no existe: la del Ferrocarril Norte de Buenos Aires, que para la época del velódromo ya estaba transferido al Central Argentino), muy cerca del célebre Hansen; y tenía una impresionante capacidad para dos mil personas disputando carreras y otras dos mil alentándolas. Después de la medianoche entraban los músicos: Bazán y Firpo entre ellos, que con un toque de clarín (eso dicen) daban comienzo a la velada.

Pero su fama como lugar de baile duró bien poco: tenía un permiso municipal para ello, pero era un permiso otorgado en forma precaria y a nombre de una entidad cuya personería jurídica pronto expiró. Quien se hizo cargo de las instalaciones no pudo demostrar que los papeles estaban totalmente en regla, y el local terminó clausurado en 1908 luego de muchas recomendaciones de que esto fuese efectivamente cumplido, pues parece que allí se armaban unos batifondos terribles. Al velódromo no iba la runfla de los bailes más modestos; pero es evidente que los desórdenes tenían el mismo calibre en todas partes. Véase al respecto el notable estudio de Hugo Lamas y Norberto Binda: El tango en la sociedad porteña, 1880-1920 (Buenos Aires, 1998).

Otro velódromo porteño donde también se armaron milongas fue el que estuvo en Las Heras y Lafinur, cerca del actual Jardín Botánico. En ocasiones se lo ha confundido con el anterior; este era otro: cercano, pero otro. Entre 1926 y 1938 se lo adaptó para matchs de boxeo y fue llamado Parque Romano (luego Norte); el edificio acabó demolido en 1973.

Hubo aún otro velódromo más con pista de baile junto a la de ciclismo: como tal lo cita el trabajo del Instituto Nacional de Musicología Carlos Vega (Antología del Tango Rioplatense: Desde sus comienzos hasta 1920, Buenos Aires, 1980). Fue el Belvedere, sobre avenida Alvear 581-599.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 1 de abril de 2011

Informe: Imaginería en el cementerio de Tandil

La referencia más temprana de dos amuletos extraviados dentro del cementerio municipal de Tandil figura, inesperadamente, en un cuadernillo cuyo tema es la toponimia regional. Se ignora el autor; son treinta y dos páginas impresas en octavo mayor por la casa La Provincia, de Blas Grothe, en 1918. Fuera de la inclinación del cronista anónimo por la etimología thavn-lil (“piedra que late”) y de una buena descripción del manantial de Gardey, lo más llamativo del folleto es el testimonio de estas imágenes; el paciente y metódico interrogatorio a ciertos volúmenes prácticamente olvidados en la Biblioteca Rivadavia pueden complementar la información. Otra fuente, tan importante como dudosa, es el testimonio de los vecinos. Al respecto, poca gente menor de cincuenta años oyó hablar de la cuestión; los mayores apenas guardan un recuerdo nebuloso y distanciado. Más que una historia apócrifa, parece ser una historia velada.


Todos coinciden en los detalles básicos. Cada amuleto representa un esqueleto, quizá no en las proporciones adecuadas. Miden alrededor de cinco centímetros. Están tallados en mármol, con la reverencial paciencia que refleja su fino acabado y su lustre piadoso. Surge de inmediato la comparación con el famoso San La Muerte venerado en la zona de Corrientes; pero salvo unas escasas analogías de forma y tamaño, poco guardan en coincidencia. Por ejemplo, nunca se alude a un preso que esculpe, resignado, en la soledad nocturna de su celda. Tampoco se menciona una bendición clandestina en Viernes Santo, ni la plegaria de un desesperado peón de campo que invoca su fuerza de payé. Estas figuras carecen del fervor provinciano por el santoral no reconocido; están en el cementerio porque sí, porque tienen que estar, obedeciendo a una ley inescrutable. El imaginero anónimo concibió a uno de los esqueletos en mármol blanco y al otro en mármol negro. La adjudicación de poderes a partir del color pareciera tener escasa importancia, porque mientras algunos dicen que el blanco es benéfico y el negro es maligno, hay quien afirma que ambos son idénticamente nefastos. No llevan la guadaña característica de las alegorías de la Parca; tienen, en cambio, una minúscula argolla metálica, herrumbrada ya, adosada a cada calavera. En estos aros aún se perciben grabados unos caracteres hebreos: la letra shin corresponde al esqueleto blanco, la kof está en el negro. Esto indujo a creer que deberían existir, en realidad, tres esqueletos; tarde o temprano aparecería el faltante, llevando en su anillo la letra resh. (En el Zohar, o Libro del esplendor, se lee que shin, kof y resh están asociados para formar la palabra shéquer [mentira]. Aunque shéquer es anagrama de késher [nudo], lo que iniciaría una larga discusión cabalística.)


El poder de estos amuletos surge tan solo con encontrarlos, no requiriendo de otros conjuros. El único ritual imprescindible, al decir de la mayoría (discrepa en este sentido Agustina Barrenechea, que no registra tal cosa en su Compilación de supersticiones bonaerenses, Rauch, 1929), consiste en arrojar el esqueleto lo más lejos posible sin mirar dónde cae. Esta actitud no está debidamente explicada, pero la verdad es que nadie se atrevería a llevar un esqueleto consigo. Ni siquiera el blanco, suponiendo que tuviera efectos positivos. Dar con uno de estos esqueletos es, por lo que antecede, azaroso: al ser tirado a ciegas, puede caer quién sabe donde. Tal vez en una alcantarilla, por la que se perderá definitivamente; o quizá en lo alto de un mausoleo, de donde tardaría decenios en bajar. Una canaleta o un cúmulo de flores podridas pueden significar el fin de la historia. También puede caer fuera del recinto o, peor aún, dar con alguien que desconoce por completo su exigencia y que lo recoge y lo lleva a su casa como una curiosidad.


El de Tandil, como muchos cementerios que están en las afueras de las cabeceras de partidos, posee sectores claramente delimitados y que a su modo explican el crecimiento que tuvo la localidad tanto en lo demográfico como en lo económico y hasta en lo estético. Hay amplios cuadros de sepulturas en tierra, con cruces de piedra o metal que a veces exhiben recargadas y caprichosas ornamentaciones: son las más viejas, categóricamente separadas de las nuevas, que tienen mayor discreción de líneas; hay corredores largos con cientos de nichos, que del lado exterior del camposanto asemejan murallas perimetrales (lo son); también hay bloques de bóvedas reunidas según la fecha de habilitación y, por lo tanto, conformando diferentes grupos estilísticos. Desde el gran pórtico de entrada, una veredita conduce rectamente a los panteones de más antigüedad, en donde no es raro ver frisos, resaltos y adornos de complicada y fúnebre elaboración; las declaraciones recogidas sobre los amuletos se ambientan exclusivamente en esta parte, y es natural que así sea. La dilatada frecuencia entre un hallazgo y otro revelan que las visitas a estos mausoleos son cada vez más aisladas.


Encuentros reales, fueron documentados solamente tres. Todos los escritores recogieron la primera aparición de uno de los amuletos, aunque ninguno arrimó más claridad. Habría sido en la última década del siglo XIX. José A. Cabral, en un artículo publicado en el periódico masón Luz y Verdad, habló en 1901 de “…unas risibles leyendas en el cementerio durante la intendencia de Juan Bautista de la Canal, sin duda fomentadas por el propio radicalismo”; quizá estuviera refiriéndose al mismo tema, pero tan imprecisas son sus palabras que es preferible no considerarlas: mejor continuar remitiéndose a aquel trabajo toponímico de 1918, citado al principio de esta monografía. Por este y los demás textos se deduce que entre 1895 y 1900 un enterrador vio el esqueleto blanco y notó un relieve, “como una doble ve”, en una pequeña agarradera oxidada. Estaba depositado sobre una lápida con forma de libro abierto.


El negro surgió algo más tarde, en unas circunstancias tan chocantes que difícilmente pudieran creerse de no provenir del relato de don Esteban Irasusta, médico emparentado con los Santamarina. El anciano aseguró que fue en el otoño de 1915, cuando debió asistir a un sepelio en el mausoleo de esta familia tradicional de Tandil. Todo aquel que entre a la parte antigua del cementerio notará cómo destaca esta construcción monumental y sombría, con dos accesos, hoy en ruinas. Por el frente se ingresa a un oratorio; desde atrás se baja a la cripta donde están los ataúdes, dispuestos en nichos con tapas de mármol. Ahora la puerta trasera está siempre abierta y cualquiera puede descender al viejo y abandonado depósito; entonces tampoco eran muchos quienes entraban al sepulcro y todo indica que ya solo iban a la capillita de adelante. Aquel día de 1915, cuando bajaron para la inhumación, vieron que el subsuelo estaba anegado; una filtración, sin duda, era la causante. El cuidador trepó por las molduras del exterior para llegar a la cúpula; allí comprobó que el desagüe estaba obstruido. Al remover el fango apareció la estatuilla negra.


El Tandil misterioso pareciera circunscribirse al derrumbe de la famosa Piedra Movediza, a la presencia inquietante de algunos “corrales” líticos en campos aledaños, a unos túneles que se detectaron en ciertos lugares fundacionales y que todavía no fueron suficientemente esclarecidos (como los del Fuerte Independencia), y a las andanzas del matrero Tata Dios en 1872; es desconcertante que el asunto de los amuletos fuera disimulado, aún cuando hay bibliografía que prueba su existencia. Esto lleva a pensar que hablar de las imágenes es cosa tabú, y avala semejante sospecha el episodio que narra Lucas Figueroa en su libro Del viejo Tandil, sin pie de imprenta (c. 1966). Este autor, inusualmente memorioso, cuenta uno de los hallazgos con fecha precisa: pasó en la tarde del 3 de mayo de 1935. “Fui testigo cuando una mujer joven y enlutada vio el esqueleto blanco en el fondo de un cántaro, al renovar las flores de una tumba. La reacción de la muchacha, temerosa de ser víctima de algún extraño maleficio, fue quedarse como el querubín que se observa en el medallón de una bóveda de 1874; su estupor era inocultable. Algo malo ocurrió, dijo con una voz que no reflejaba su pavura. El crujido de la hojarasca se repetía ahora en los pasos de algún caminante, y si esto se oía era porque ninguno de los dos pudimos seguir hablando. Así paralizados como estábamos, era más impresionante nuestro temor…” (tomo II, página 139).


Los demás cronistas se basan en las fuentes antedichas y reiteran estas historias, con ligeras y simpáticas variantes.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 18 de marzo de 2011

La Gran Rocalla

Lo admitimos: cuesta imaginárselo; pero en la Plaza Constitución hubo, entre 1887 y 1914, una extraña construcción parecida a un antiguo castillo en ruinas. Más insólita podrá resultar esta noticia si se añade un detalle fundamental: a diferencia de muchos otros edificios porteños, este no acabó sus días como una ruina, sino que nació como tal…

Desde 1853 y por decisión del gobernador Pastor Obligado, Plaza Constitución fue, como Plaza Miserere, una gran playa para la concentración de carretas que traían mercancías de las provincias. Menos de cinco años después este parador ya era elevado a la categoría de mercado y su entorno comenzaba a florecer en prostíbulos y pulperías; pero este esplendor no habría de durar mucho: en 1865 el Ferrocarril Sud inauguró sus servicios con la estación de cabecera justo enfrente, y la actividad de los carros entró en rápida declinación. Casi estaba extinta para 1883, año en que asumió como primer intendente de Buenos Aires el montevideano Torcuato de Alvear. Ávido de dotar a la ciudad con edificios, paseos y monumentos que recordasen a París, Alvear pronto tuvo una inquietud: ¿qué hacer con aquel terreno enorme y barroso de Constitución, cuyo aspecto ofendía la estética que deseaba imponer? Naturalmente, debía parquizarlo.

El proyecto original para la plaza a cargo de Eugène Curtois (director general de Paseos Públicos) contemplaba hacia 1885 la división en cuatro sectores, pues así estaba desde los tiempos del mercado, cuando lo cruzaban por el medio las calles Lima y Pavón. En esta intersección se puso una glorieta con iluminación y bebederos (los había para transeúntes, para caballos y para perros). Las pocas carretas que todavía llegaban desde el sur fueron relegadas a uno de estos sectores, y no mucho después fueron desterradas por completo. Se trazaron lagos artificiales y jardines, y en medio de uno de ellos se instaló en 1887 lo que oficialmente fue denominada “Gran Rocalla”, pero que para todos fue “La Gruta”. Con este nombre pasó a la historia.

Consistía en una muy rara imitación de un castillo en ruinas, lo suficientemente alto (diez metros) como para no pasar desapercibido. Tenía torres almenadas, un atalaya, troneras; escaleras que llevaban hacia una especie de camino de ronda; poternas, matacanes, saeteras y todos los aditamentos de un alcázar legítimo. Pero no lo era: el objetivo de erigirlo en ruinas había sido darle al paseo una atmósfera “romántica”, y una vez acabado apenas si conseguía volverlo atroz.

Al año las ruinas ya eran peligrosas: se clausuró su acceso público y una parte debió demolerse por precaución. Pero siguió ahí. Docenas de tarjetas postales de la época se empeñaban en mostrarlo como una curiosidad simpática, aunque llovían las críticas: aquel monumental adefesio había costado cien mil pesos y era absurdamente caro de mantener; no gustaba a nadie (“espléndido mamarracho” fue uno de los calificativos más cordiales que recibió por parte de la prensa), y acabó llenándose de gatos.

Los vecinos, entre los que se contaba el directorio del Ferrocarril Sud, pidieron que se lo retirase. Lo mismo hizo la Compañía de Tranvías Anglo-Argentina, que supuestamente construiría un tren subterráneo a pasar por allí (y que finalmente no concretó, porque la línea entre Constitución y Retiro fue tendida mucho después y por otra empresa).

En 1914 un decreto del intendente Anchorena borró para siempre del mapa porteño a la Gruta. A excepción de los gatos, nadie la extrañó.


(Publicado originalmente en Fervor x Buenos Aires:


© 2011, Héctor Ángel Benedetti