
Con tales elementos es fácil pensar en Z Club como un distinguido círculo de caballeros reunidos en asamblea para debatir actividades mutualistas, que con regularidad ofrecía correctas reuniones danzantes, quizá en beneficio de obras de enjundia.
Nada más alejado de la realidad. Z Club no era un establecimiento, un lugar físico: era una comunidad reservada a un número preciso de asociados, exactamente cuarenta, entregados a prácticas libertinas. No era la única en Buenos Aires; pero la falta de discreción de sus miembros y un par de tangos dedicados a la cofradía (Atalaya, de Casalins, y sobre todo Z Club, de Mendizábal) hicieron de ella la más famosa de tales alianzas.
Una vez por mes, Z Club alquilaba lugares por una noche (por ejemplo el Salón San Martín, de Rodríguez Peña 344; o alguno de los domicilios de María La Vasca) y armaba una milonga, para la que contrataba prostitutas de la más baja categoría. Entre los cuarenta adeptos había hombres de variada extracción social, incluyendo jóvenes de acomodadas familias del patriciado porteño. Un individuo especialmente importante en Z Club era cierto inspector municipal, en cuyo legajo pesaban reiteradas denuncias por chantaje a dueñas de prostíbulos.
El baile, por supuesto, era la primera parte de una fiesta escandalosa, donde había de todo.
De todo, menos cautela. La información de lo que se hacía puertas adentro empezó a filtrarse. Hacia 1905 algunos periódicos puritanos ya acusaban a Z Club de lo que en verdad era —una hermandad depravada— y esto significó el comienzo del fin. Cabe preguntarse cómo hicieron los periodistas defensores de la moral y las buenas costumbres para obtener ciertos datos con lujo de detalles; pero este es otro asunto.
© 2011, Héctor Ángel Benedetti
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