viernes, 12 de octubre de 2012

Un año ya


En un día como hoy, pero hace exactamente un año, a pesar de las quejas del gremio gráfico se terminaba de imprimir este libro. "¡Cinco siglos y medio desde Gutenberg, para llegar a esto...!, decían.


© 2012, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 8 de septiembre de 2012

Los problemas menos comunes de los lectores


Antaño era bastante común que diarios y revistas trajeran una sección dedicada a resolver los problemas de sus lectores. También había programas radiofónicos sobre ello. La gente enviaba cartas, por lo general bajo pseudónimo, solicitando un consejo; la mayoría tenía que ver con problemas sexuales entre marido y mujer, infidelidad entre los esposos, problemas con los suegros, adolescentes quejándose de sus padres, amor entre adolescentes, soledad, problemas de aspecto físico, muchachas embarazadas, problemas laborales, adicciones. Así, las preguntas más frecuentes eran, por ejemplo, “mi marido no me comprende”, “mis padres no confían en mí”, “mi novia quiere casarse pero yo no estoy preparado”, “mi novio insiste en que le demuestre mi amor”, etcétera.

En los Estados Unidos hubo dos célebres consejeras: Ann Landers (a quien la United Press consideró en una ocasión como una de las diez mujeres más influyentes del país), y Abigail van Buren (cuya columna de consejos llegó a publicarse simultáneamente en ochocientos periódicos de todo el mundo). Ambas eran hermanas mellizas.

Si bien la mayoría de las consultas eran sobre asuntos previsibles como los descriptos en el primer párrafo, hubo ocasiones en que tanto Ann como Abby tuvieron que aconsejar sobre temas insólitos. Cierta vez fueron requeridas por los autores David Wallechinsky, Irving Wallace y Amy Wallace para que dijesen, precisamente, cuáles eran los problemas menos frecuentes de sus lectores. Las respuestas, publicadas en 1977, fueron las siguientes…


Los problemas menos comunes de los lectores,
según Ann Landers:

1.- El hombre que escondió la dentadura de su esposa para que no pudiese salir de casa y votar a los demócratas.

2.- La novia que telefoneó a su madre durante su luna de miel para decirle que volvía a casa. Su marido era un empresario de pompas fúnebres y le confesó que solo podía disfrutar del sexo con mujeres que estuviesen muertas o que lo aparentasen. Le ordenó que tomase un baño frío durante veinte minutos y que al volver a la cama fingiese que estaba muerta.

3.- El hombre que quería ser enterrado en su Dodge del año 1939.

4.- El hombre que era incapaz de orinar en un lavabo público.

5.- La muchacha que había quedado paralítica de una pierna debido a un ataque de poliomielitis y quería que le amputasen la pierna para reemplazarla por una artificial, para así no cojear el día de su boda.

6.- La mujer que escribió para saber a quién pertenecían las nueces que crecían en un árbol de su propiedad, pero situado muy cerca de la casa de sus vecinos. La mayoría de las nueces caían en el jardín de sus vecinos y ella creía que debido a que el árbol era suyo ella tenía derecho a las nueces. (Respuesta: Los vecinos podían aprovecharse de las nueces que caían en su propiedad, pero no podían venderlas).

7.- La mujer cuyo marido iba a sufrir una operación transexual. Quería saber cómo sus hijos debían llamar a su padre después de la operación. “Papá” no le parecía apropiado para una mujer. (Respuesta: Podrían llamarlo “Bob” o “Bill”, o el nombre que adoptase después de la operación, probablemente “Mary” o “Sue”).

8.- La mujer completamente calva que acostumbraba a sacarse la peluca durante las partidas de póquer, dejándola sobre las fichas para que le diese buena suerte.

9.- El hombre que tenía un cerdo en su apartamento e insistía en que era un “maravilloso perro guardián”. Los vecinos se quejaron.

10.- La mujer que hacía las faenas del hogar completamente desnuda hasta que un día bajó al sótano para lavar la ropa y se encontró con el inspector de los medidores.


Los problemas menos comunes de los lectores,
según Abigail van Buren:

1.- “Soy conductor de autobuses y deseo alguna información sobre cómo convertirme en pastor.”

2.- “Quiero tener un hijo, pero ni siquiera tengo novio. ¿Puede recomendarme a alguien?”

3.- “He oído decir que hay vida después de la muerte. En caso de que así sea, ¿podría ponerme en contacto con mi tío LeRoy Albert, de Victoria, Texas?”

4.- “¿Podría enviarme toda la información que le sea posible sobre el sistema rítmico? Estoy aprendiendo a bailar.”

5.- “Soy una viuda de cincuenta años y mi médico dice que necesito un marido o equivalente. ¿Sería correcto que tomase prestado el marido de mi hermana? Ellos están de acuerdo.”

6.- “Mi marido se quema los pelos de la nariz con una cerilla. Y dice que yo estoy loca porque voté a Goldwater.”

7.- “No puedo confiar en mi marido. Me engaña tanto que ni siquiera puedo estar segura de que mi último hijo sea suyo.”

© 2012, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 3 de agosto de 2012

El alambrado de fierro



En la provincia de Buenos Aires existen, desparramados por su amplia geografía, parajes de nombres curiosos que convidan a preguntar el por qué de su bautismo. Algunos derivan de viejos campos, lo cual acorta cualquier explicación; pero no todos pueden atribuirse a la fantasía de un estanciero. El Billar, Dos Naciones, Las Bahamas, Saturno, Puente El 80, Almacén La Palanca, La Viruta, La Cotorra, El Parche, La Buena Moza, Parada La Lata, El Mosquito, etcétera, decoran con inesperada simpatía las cartas topográficas; un camino flaco y encharcado que sale de la ruta y se pierde en el horizonte perfectamente puede conducir, sin que haya un cartel que lo advierta, a lugares llamados Puesto El Infierno (partido de Lincoln) o Brisas Alegres (que está en Arrecifes). Hay uno en el cuartel IV de Marcos Paz al que la gente le dice Alambrado de Fierro; el ferrocarril, menos lírico y con una exactitud ya irritante, por años lo llamó “Kilómetro 54,741”.

Alambrado de Fierro: cuesta ver este concepto transferido al nombre propio de un lugar, pero a la vez nos parece muy natural que existan alambrados en el campo. No hay parcela que no los tenga; toda nuestra llanura está cruzada por ellos. Sin embargo, hasta 1845 no existían: los límites estaban en los mapas, no sobre el terreno. Un monte de talas, un bañado irregular o cierto vado sobre un arroyo raquítico eran las referencias importantes y a menudo oficiaban de mojones. La hacienda y sus cuatreros los ignoraban.

En aquel año, Richard B. Newton hizo traer desde Inglaterra el primer alambre para cercos, con destino a demarcar su estancia Santa María que daba contra las orillas del Samborombón, varias leguas al este de Chascomús. El barco naufragó y la remesa se fue para siempre al océano. Enseguida fue despachada otra, que sí llegó a destino, para comenzar entonces la historia del alambrado en las tierras del país. Su evolución fue rápida. Incluso nació una especialización entre los trabajadores rurales: el peón alambrador.

El 15 de octubre de 1867 un chico del campo de Newton encontró algo anormal en un sector del alambrado, no lejos del río. Un pez estaba atravesado por uno de los hilos. No era un ejemplar de la humilde fauna del Samborombón, sino que era un pez del Atlántico y aún estaba fresco. ¿Cómo pudo llegar hasta allí? Y sobre todo, ¿cómo fue que amaneció espetado en una sección del alambre, entre dos postes? Colocado durante la noche, hubiera sido necesario cortar o desarmar muchos metros del alambrado, ensartar el pez, y volver a instalar. Pero el hilo estaba intacto, tal como había sido puesto el primer día. Solo que aquella mañana tenía un pez atravesado.

Un mes más tarde, el 15 de noviembre, encontraron otro pez de mar en idéntica situación: brillando al sol del mediodía, engarzado en uno de los alambres. Al tercer mes, y también el día 15, lo mismo. En esta ocasión el ejemplar aún estaba dando sus últimos estertores; al rato se detuvo por completo.

Ya no podía ser el mero entretenimiento de un paisano estúpido. Era evidente (por lo laborioso, por la regularidad) que el autor buscaba un fin concreto; aunque conviene aclarar que si su propósito era asustar a la gente, otra cosa hubo por aquellos días que impresionó más y mejor no solo a los peones de la Santa María, sino a todos los habitantes de la campiña bonaerense: las noticias terribles de una epidemia que progresaba sin detención. Desde la primavera el cólera descendía por San Nicolás, Areco, Zárate, Exaltación de la Cruz, Pilar; avanzaba hacia el oeste contaminando la Villa de Luján, Mercedes, Chivilcoy; cruzaba el río y llegaba al Bragado y a 25 de Mayo; del lado del Plata atacaba San José de Flores y toda la costa desde Las Conchas hasta Quilmes; al sur caían Lomas, San Vicente, Ranchos; y para la primera quincena de diciembre la enfermedad golpeaba Chascomús e incluso Dolores.

Flee fast and far away, and come back late es lo que recomendaba ante la peste un antiguo adagio europeo. Newton, a pesar de ser inglés, lo desconocía; prefirió atrincherarse en su estancia, donde dos peones ya estaban infectados. Fatalmente llegó el día en que él también sintió los síntomas. Débil, frío y sediento, comenzó a perder la memoria hasta que solo le quedaron algunos momentos de extraña lucidez, en los que recordaba su primer alambre en el fondo del mar.

El 15 de enero de 1868 murió. Aquel mismo día volvieron a encontrar un pececillo en la cerca, pero fue el último: a partir de entonces y para siempre cesaron las apariciones.


© 2012, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 14 de julio de 2012

Un mito apócrifo


Cuentan que por los campos de Casalins, al oeste del terraplén y de la estancia de Luna, antes de llegar al canal, en las noches más frías del año pasa lamentándose una criatura leve y andrajosa montada sobre altísimos zancos; diríase, más bien, un aparecido que cruza la llanura rala, y que de tan miserable lleva su ropa hecha jirones, y que por lo etéreo no pareciera dar trancos, sino flotar; lo han visto: encaramado en sus palos, tiene una mueca llorosa que recuerda una máscara griega; cuando encuentra un alambrado lo vadea sin esfuerzo, deteniéndose a veces junto a uno de los postes de electricidad, con los que rivaliza en altura, para sentarse en el travesaño y desde allí otear el horizonte oscuro; y luego proseguir con rumbo oscilante, deslizándose a grandes zancadas por el pastizal y los cardos, hasta que finalmente se pierde un poco más allá de donde están los zanjones desbordados.

En las pobres alegorías pampeanas, este espectro depresivo es figuración de una vida nómada; le temen no solo por su irrealidad, sino porque representa el castigo por una antigua ofensa que muchos, en mayor o en menor medida, han cometido. La memoria vacila y sobre todo con estas cosas; pero es fama que el zancudo tuvo existencia cierta hace muchas décadas: era entonces un hombre con puesto fijo en la región…

Vivía en hermosa misantropía cerca de un galpón de los campitos del Carmen o de San Leonardo, a buena distancia de las casas principales, para el lado de donde solían formarse unas lagunas chicas en lo más anegadizo del terreno. Si por camino interpretamos una huella borrosa que se desdibujaba hacia el monte bajo, podemos decir que estaba comunicado con otras personas; pero en verdad aquello era la soledad misma, a la cual había sido empujado en parte por su empleo y en parte por propia decisión. Creía bastarse a sí mismo para atender la sección que le había tocado. De espíritu huraño, nunca congenió del todo con los peones que llegaban en los días de mayor actividad y que en verdad hacían el trabajo duro; sentía un alivio sincero cuando se marchaban para dejarlo otra vez solo por varias jornadas, sin desconocer que luego desparramarían toda clase de leyendas sobre el origen de su carácter. Estaba enterado de algunas: puros inventos de gente simple que necesitaba tema de conversación. Él carecía de una historia lúgubre; era insociable porque así era su gusto, y nada más.

Una mañana de viernes, cuando tendido en su catre se entretenía imaginando caras en el techo, presintió que alguien llegaba. Al principio fue solo una sensación, tal vez potenciada por los gestos de aquellas ilusiones; pero a los pocos minutos escuchó un batir de palmas. Se asomó: era un peón “golondrina”, exhausto, que venía caminando desde La Reforma. Pedía agua del pozo; nuestro hombre se la negó. El peón quedó atónito. Alcanzó a decir unas palabras antes de marcharse. El viento las desintegró.

Quién sabe cuánto hay de verdad y cuánto de invención en este episodio del puestero, porque nadie hubo para certificarlo. Todo quedó entre aquellas dos personas; y sin embargo, de un modo indescifrable se supo.

Agregan que poco después, al mediodía, el cielo se oscureció. El puestero salió a buscar unas trancas que habían quedado a la intemperie. Jamás regresó.

Por los campos de Casalins, en las noches de invierno, todavía cruza el zancudo encumbrado en sus altos maderos; no lo detienen los alambrados ni vacila por un zanjón. A veces se para ante un poste de electricidad, que en lo oscuro se asemeja a una cruz elevada; allí, sentado en el travesaño, mira en derredor —quizá orientándose, aunque a esas horas el paisaje es confuso— y luego sigue. Es un misterio su itinerario, pero todos saben que de alguna forma reaparecerá una y otra vez.


© 2012, Héctor Ángel Benedetti

miércoles, 20 de junio de 2012

Otros sueños personales transcriptos, de antigua data (anteriores a 1990)


1 - Estoy bajo la sombra de un viejo árbol a orillas de un arroyo. El paisaje es muy bonito; es por la tarde, enseguida después del mediodía, y hay en todo una sensación de quietud muy placentera. Se acerca caminando una mujer de la que no podría precisar rostro o contextura; no puedo definirla. Me dice: “Las horas pasan, las sensaciones permanecen”. Hay calma en su voz. Luego sigue su camino, de izquierda a derecha. Dos monos encadenados entre sí la siguen, mientras se aleja; los monos me recuerdan cierta pintura de Brueghel, de 1562.

2 - Camino por una calle montevideana. Miro el cielo, que se ha convertido en un mar invertido por el que navegan barcos antiguos (carabelas, galeones, trirremes). Veo sus cubiertas, como si estuvieran en el mar y yo fuera un pájaro. Pero están navegando por el cielo; un cielo líquido. En vez de nubes hay espuma. Son barcos de tamaño gigantesco. Parece ser un hecho normal, porque ningún otro transeúnte presta atención al fenómeno.

3 - Recostado sobre mi cama. Afuera es de noche y hay una tormenta furibunda, aunque me siento protegido. De pronto, el resplandor de un relámpago ilumina el cuarto; simultáneamente, se oye un ensordecedor bramido. Un rayo ha caído cerca. Me levanto sobresaltado y voy hacia la ventana. Veo el parque inundado por la lluvia y percibo un crepitar: es el limonero. Tiene llamas pequeñas y azuladas en todas sus ramas. No hay hojas; apenas el tronco seco. A él le ha caído el rayo.

4 - Tengo una herida en el antebrazo derecho, a escasos centímetros de la muñeca. En vez de manar sangre, del corte salen pequeños troncos de apio.

5 - En una estancia. Un amigo me enseña las distintas dependencias y varios edificios anexos. Estoy en un grupo; no reconozco a nadie más que a mi amigo. Uno de los edificios es una estación de ferrocarril construida hace mucho tiempo y nunca puesta en funcionamiento: jamás se tendieron rieles hasta esa región (ignoro cuál será esa región). Los habitantes de la estancia sienten miedo por ese lugar y afirman que se oyen voces fantasmales. Igualmente entramos, tras descorrer un portón. Da la sensación de que nadie ha pisado allí por años. Dentro, se oye una voz profunda y misteriosa que dice dos veces: “No rocen al andrógino”. La voz viene de algún lugar indeterminado del interior oscuro de la estación.

6 - Una soleada mañana en el fondo de una casaquinta que tenía mi familia. En el patio trasero, cuyo piso es de distintos trozos de mármol, veo la entrada blanca de una especie de cripta; hay una pequeña escalera que desciende. Bajo. Todo indica que estoy en el interior de un lugar funerario, aunque hay cierto aire de ser, además, un sitio de celebración de ritos sagrados y misteriosos. Todo es blanco y hay mucha luz, aunque no hay lámparas ni ventanas. Es una habitación pequeña. Hay algunas placas de bronce que parecen haber sido encaladas. También hay otras placas, de mármol blanco; floreros de yeso, pequeños ídolos y otros elementos funerarios. Siento una gran inquietud, como si algo (no sé qué) estuviera a punto de presentarse en aquel lugar enigmático.

(Nota: Más sueños han sido narrados en este mismo blog, en la entrada del 26 de noviembre de 2010).

© 2012, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 25 de mayo de 2012

Párrafos subrayados de la “Oneirokritiká”, de Artemidoro (siglo II d. C.)

Nota: Se sigue la traducción de Elisa Ruiz García, publicada en 1989 (La interpretación de los sueños, Madrid, Editorial Gredos).

I, 32: Soñar que en la lengua brotan unos pelos blancos o negros no es un buen síntoma. Sin embargo, afirman que es positivo para el que se gana la vida con sus palabras. Pero yo he observado que semejante experiencia es nociva para todos.

I, 33: [Soñar con] Vomitar sangre en gran cantidad, de color intenso y no corrompida es una buena señal para el pobre, porque la sangre tiene el mismo valor que el dinero, como ya habían reconocido los expertos en tiempos pasados.

I, 36: Soñar que se tiene la propia cabeza vuelta hacia atrás, de forma que mira a la espalda, desaconseja alejarse de la patria, por predecir un motivo de arrepentimiento en lo que respecta al viaje.

I, 52: [Soñar con] Desempeñar el oficio de herrero y permanecer ante el yunque anuncia perturbaciones y tristezas; sin embargo, para el que ha decidido casarse significa una esposa afectuosa.

I, 72: [Los sueños con] Las tortas elaboradas sin queso son un buen augurio, en cambio las que tienen este ingrediente suponen engaño e insidias, porque tal es el significado del queso.

I, 78: Si uno sueña tocarse el pene con las manos, tendrá relaciones sexuales con un esclavo o esclava.

I, 81: Soñar que se está dormido es en sí mismo un hecho irrelevante.

II, 30: Soñar que se es un rey predice la muerte a quien está enfermo. […] A un hombre sano esta visión le anuncia la pérdida de todos sus parientes y el alejamiento de sus compañeros, dado que el reino no se puede compartir.

II, 41: Los terremotos [en los sueños] significan que los asuntos y la vida del que los ve sufrirán profundos cambios.

II, 42: Una sartén [en sueños] expresa un daño y una mujer glotona.

II, 49: Soñar que uno perece, es llevado al lugar de la sepultura y enterrado supone la libertad a un siervo que no goza de la confianza de su amo.

II, 53: Ser crucificado [en sueños] es una buena señal para todos los navegantes, pues este instrumento de tortura está hecho con madera y con clavos al igual que una embarcación, y el mástil de esta es semejante a una cruz.

III, 11: El gato [en un sueño] equivale a un adúltero, porque es un ladrón de pájaros y las aves simbolizan a las mujeres.

III, 46: Si alguien sueña que le ha brotado una planta de su cuerpo, morirá.

IV, 37: Un individuo soñó que desempeñaba en una comedia el papel de un afeminado y [luego, al despertar] tuvo una dolencia en el miembro viril.

V, 6: Un hombre soñó que era el río Janto, que discurre por la Tróade. Durante diez años sufrió hemorragias, mas no llegó a morirse; lo cual era lógico, ya que el río es inmortal.

V, 80: Una mujer soñó que su amante le regalaba una cabeza de cerdo. Empezó a sentir odio por él y acabó por abandonarlo. En realidad, este animal no es grato a Afrodita.

© 2012, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 12 de mayo de 2012

Apuntes poligráficos de pequeños viajes

Un molusco hallado en Pichaihue
Está fosilizado. Millones de años atrás fue un bivalvo; hoy es una pequeña roca.
En 1997 fue encontrado cerca del arroyo Pichaihue, aunque nunca habitó en él: su verdadera casa fue el océano. Un mar que el molusco abandonó al emergir la cordillera. Y allí quedó, entre las montañas, confundido como una piedra más. Se asemeja a una ostra, con los carapachos cerrados para toda la Eternidad. Sus estrías parecen un collar de perlas con muchas vueltas.
También hay caracoles petrificados por el Cajón de Almaza.
El de Pichaihue volverá al fondo del mar el Día del Juicio, por la tarde.

Lectura frente al río Areco
En un comercio de la calle Alsina, en San Antonio de Areco, compré una edición de Don Segundo Sombra, de Güiraldes.
Fui a leerla a la ribera, bajo la sombra de los árboles; allí, acompañado por el murmullo de la corriente, sentí una emoción indescriptible con el primer párrafo: “En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo”. Emoción —insisto— porque frente a mí tenía exactamente aquel paisaje. Unos metros a la izquierda estaba el puente colorado y el camino hacia La Porteña, la estancia del escritor.
Güiraldes fechó su obra en marzo de 1926; yo encontraba que ochenta años después casi nada había cambiado en aquel sitio, y que solo faltaba que ladrasen los perros de entonces (Centinela, Capitán, Alvertido) o que alguien cruzara rumbo al almacén de La Blanqueada.

Repetición de una roca
Desde una de las Siete Cascadas, en Caviahue, puede verse sobre una formación basáltica una roca de igual perfil a otra que está en el cabo de Creus, en Gerona. Allí, entre la bahía de Rosas y el puerto de la Selva, el cabo determina el punto más oriental de la costa de España; en Neuquén no es hito alguno, sino solo un panorama que puede resultar indiferente para quien no conozca de antes el del Mediterráneo.

Piruco
Es sobre el camino de tierra que lleva de Rojas a La Beba.
No tiene ni una casa cerca, pero el Ferrocarril Central de Buenos Aires tuvo allí una parada (que en sus últimos días se llamó “Kilómetro 234”) que atendía al entorno rural. De esta, apenas quedan unos pocos restos de pared desperdigados en medio de un tupido malezal.
El ferrocarril desapareció. Los arbustos taparon la zona casi por completo, y ya no hay ni rastros del galpón que, según un manual de 1915, debió existir allí.

Mañana gris
Llegué a San Miguel del Monte en la noche del viernes 16 de marzo de 2006, y tras cruzar por todo el centro busqué mi hospedaje sobre la calle Santos Molina. En cierta parte de un relato que escribiera años atrás, yo mencionaba esta calle de Monte; la verdad es que solo la conocía por planos: nunca antes había estado allí. Y resultó ser tal como la imaginaba. Pero más todavía, porque la antigua casona se parecía mucho a la residencia donde transcurría una parte fundamental de la ficción: incluso tenía un patio central con un aljibe, como en mi novela.
El sábado desperté temprano, con muchas ganas de visitar los puntos notables de la localidad. El primero: la laguna. Había lloviznado toda la noche y el cielo aún estaba plomizo; el viento traía un poco del rocío de las olas, que mecían a los juncos de la ribera. Unas aves en grupo se empeñaban en gritar ante mi presencia (yo era el único paseante a esa hora); las glorietas rojas y los asientos blancos estaban completamente vacíos con ese día tan gris.

Las dos de la tarde
Episodio de infancia en Punta Colorada, departamento de Maldonado, en el Uruguay; donde un bisabuelo mío tenía una casa frente al mar. Las rocas de la costa, por ser ferrosas, están teñidas de rojo: de ahí viene el topónimo.
Recuerdo que una tarde bajé a la playa a recoger mejillones. Buen rato estuve haciéndolo. Al salir, alguien señaló mis pies: sangraban, dejando sobre la arena rastros carmines que repetían el color de las rocas. Recuerdo también que quedé parado bajo el sol, en la playa casi desierta, contemplando mi sangre, sin dolor y en silencio.

© 2012, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 28 de abril de 2012

Los Formativos

Con alguna frecuencia se lee o se escucha la expresión “baile de formativo”, aplicada a un viejo bailongo. La palabra formativo, por sí sola, nada explica; pero hasta bien entrado el siglo XX correspondió a un concepto muy claro y que todos entendían.

Formativos eran los bailes que se organizaban, un poco despreocupadamente, en patios traseros de casas particulares o de negocios. Era raro hallarlos por el Centro; por lo general estaban en los barrios. El dueño de casa disponía que un día determinado hubiera baile en los fondos de su domicilio; apalabraba a unos músicos conocidos y el chismorreo de los vecinos hacía el resto. En ocasiones perduraban, se volvían periódicos y adquirían un modesto renombre entre los bailarines de arrabal, que ya sabían que tal día de la semana, a tal hora y en tal dirección, al final del pasillo de la vivienda encontrarían un buen esparcimiento. Los interesados contribuían con unos centavos para los artistas y para la casa.

Un ejemplo: el Almacén de la Viuda, en Humahuaca y Gallo, allí donde Almagro se confundía con Balvanera y a nadie le importaba porque para todos eso era el Abasto. La parte trasera del local daba a un patio en el que habitualmente se bailaba. A mediados de los años diez lo animaban los hermanos Pizarro; en especial Manuel (1895 – 1982), lejos todavía de sus triunfos en Europa.

Porque para los formativos se reclutaba a los músicos más jóvenes y que todavía estaban en preparación: aquí ya empieza a entenderse el por qué de la palabra (la formación en el sentido educativo para el músico, y la formación en el sentido organizativo para el baile). Un intérprete experimentado cobraba más caro; el neófito, que necesitaba “foguearse” para su futura vida profesional, se arreglaba con la humilde recaudación del baile de patio. E iba aprendiendo los pormenores de una orquesta típica, sacando tangos bajo las mínimas directivas de otros compañeros que apenas si sabían un poco más. Hermanos, tíos o amigos con algún conocimiento de piano o guitarra completaban aquellos simpáticos conjuntos.

El bandoneonista, compositor y director Gabriel Clausi (1911 – 2010) ha contado un episodio que le ocurriera en un baile de formativo a comienzos de los años veinte, cuando aún era adolescente. Fue cerca de Asamblea y Riglos; su hermano Luciano lo había convencido para reforzar una orquestita. En lo mejor de la milonga estalló una pelea, y de las peligrosas. Por precaución ordenaron a Clausi que se fuera a su casa; este dejó su bandoneón (que en realidad no era suyo, sino prestado) pensando que luego se lo alcanzaría alguno de los mayores. Lo esperó toda la vida.

© 2012, Héctor Ángel Benedetti

domingo, 15 de abril de 2012

Esmerdis el Mago, en la Historia de Heródoto

Jorge Luis Borges, en un conocido párrafo de su cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (revista Sur, año 10, nº 68, mayo de 1940), dice:

Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres —Jorasán, Armenia, Erzerum—, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora.

Su mención de Esmerdis remite a Heródoto y su Historia, quien menciona dos personajes con este nombre. Uno es el príncipe persa hermano del rey Cambises, hecho asesinar por este; el otro es un mago homónimo que suplanta al príncipe asesinado, con el propósito de usurpar el trono en ausencia del rey. Leemos en Heródoto (III, 63):

Entretanto, mientras Cambises, hijo de Ciro, prolongaba su estancia en Egipto y se dedicaba a cometer locuras, se sublevaron contra él dos magos que eran hermanos, a uno de los cuales Cambises, al ausentarse, había dejado al cuidado de su palacio. Pues bien, este sujeto se sublevó contra él al percatarse de que, una vez perpetrada, la muerte de Esmerdis se mantenía en secreto; que eran pocos los persas que estaban al corriente de ella, y que los más creían que todavía se hallaba con vida. Por todo ello, urdió el siguiente plan para atentar contra el poder real: tenía un hermano —que, como he dicho, cooperó con él en la sublevación— que, por su fisonomía, era el vivo retrato de Esmerdis, hijo de Ciro (a quien Cambises, pese a que era su propio hermano, había hecho asesinar); y por cierto que, además de poseer la misma fisonomía que Esmerdis, se daba también la coincidencia de que tenía su mismo nombre: Esmerdis. El mago Paticites convenció a este individuo de que él personalmente se encargaría de resolverlo todo en su nombre, lo condujo hasta el trono real y le hizo tomar asiento. Hecho esto, despachó heraldos a muy distintos lugares —incluido, como es natural, Egipto—, para notificar a las tropas que en lo sucesivo debían obedecer a Esmerdis, hijo de Ciro, y no a Cambises.

Tras someter a interrogatorio al heraldo de Egipto, Cambises comprende la situación y se arrepiente de haber ordenado la muerte de su hermano Esmerdis. Decide entonces volver con sus tropas a Susa, donde estaba el palacio, para castigar al impostor. Pero en el camino sufre un accidente y muere (Heródoto, III, 67):

Así, pues, a la muerte de Cambises, el mago, usurpando la personalidad de su homónimo Esmerdis, el hijo de Ciro, reinó sin problemas durante siete meses (los meses que le faltaban a Cambises para completar sus ocho años de reinado), en el transcurso de los cuales concedió grandes mercedes a todos sus súbditos, de manera que, a su muerte, todos los pueblos de Asia, a excepción de los persas propiamente dichos, lo echaron de menos. En efecto, el mago despachó emisarios a todos los pueblos de su imperio e hizo proclamar que iba a haber exención de reclutamiento y de tributación por espacio de tres años.

Finalmente, Esmerdis el mago es desenmascarado por Fedimia, una mujer del harén real que había sido esposa de Cambises y ahora lo era de Esmerdis. Era hija de Ótanes, un persa destacado que albergaba sospechas sobre la identidad del rey. Ótanes le pide a su hija que compruebe si este Esmerdis tiene o no orejas.



El traductor Carlos Schrader esclarece el por qué de las orejas: “El término mago, que indicaba al individuo perteneciente a una tribu meda que, con el tiempo, se convirtió en casta sacerdotal [...] se ha interpretado en el sentido de «hombre que carece de orejas», a partir del adverbio negativo persa (= «no») y del sustantivo gauša (= «oreja», atestiguado en la forma avéstica gaošõ, del mismo significado), con lo que el relato de Heródoto tendría un sentido etiológico”.

Al notar que no las tiene, queda descubierta la impostura y se organiza una conjuración para dar muerte a los magos.



Pero la verdad histórica pareciera ser distinta de la que narra Heródoto. La Inscripción de Behistun, esculpida en una roca por orden del rey persa Darío para perpetuar sus hazañas, informa el episodio dándole el nombre de Bardiya al hermano de Cambises (el “auténtico” Esmerdis) y Gaumata al mago (el “falso” Esmerdis, el impostor):

El trono que Gaumata el Mago desposeyó a Cambises, había pertenecido a nuestra raza desde tiempos antiguos. Después de que Gaumata el Mago hubiera desposeído a Cambises de Persia, de Media y de las demás provincias, actuó según su voluntad: era rey.

No había nadie, fuera persa, medo, o de nuestra propia raza, que privara del trono a Gaumata, el mago. El pueblo le temía sobremanera, porque mató a muchos que habían conocido al verdadero Bardiya. Por eso los mató, “para que no pudieran saber que yo no soy Baridya, el hijo de Ciro”. No había nadie que se atreviera a decir nada contra Gaumata, el mago, hasta que llegué yo. Entonces imploré a Ahuramazdah. Ahuramazdah me prestó su ayuda. El décimo día del mes Bâgayâdish, yo, con unos pocos hombres, maté al tal Gaumata, el mago, y a sus secuaces más importantes.


(Inscripción de Behistún, 12-13).

Hoy, sin embargo, se tiende a creer que la rebelión fue encabezada por el mismo Bardiya y que Gaumata fue una invención de Darío para justificar su ascención. Según las fuentes, la sublevación habría tenido lugar el 11 de marzo del 522 a. C. El 14 de abril Bardiya (Esmerdis) fue proclamado rey; el 1 de julio todo el imperio lo reconoció como tal; el 29 de septiembre fue muerto por Darío.



© 2012, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 31 de marzo de 2012

Selección de “Medicamina Faciei Femineae”, de Ovidio (siglo I a. C.)

* Vuestras madres han traído al mundo hijas delicadas.

* Un rostro resulta atractivo si va acompañado de inteligencia.

* Preocupaos por gustar, ya que vivís en una época en que también los hombres se adornan: vuestros maridos se engalanan siguiendo la norma de las mujeres.

* El gustarse a sí mismas constituye un inmenso placer: a las doncellas, su propia hermosura les produce una íntima complacencia. El ave de Juno [ = el pavo real ], cuando alguien alaba su plumaje, lo abre en abanico.

* El amor os apremiará más intensamente si usáis las hierbas poderosas cortadas según ritual terrorífico por manos de hechicera.

* La corriente de un río no vuelve hacia arriba en busca de sus fuentes. Nunca la Luna caerá derribada de sus caballos.

* Los productos medicinales de un nido quejumbroso de aves, si se aplican al rostro, hacen desaparecer sus manchas.

* Aunque el incienso gusta a los dioses y a su airada divinidad, no todo debes dedicarlo a que se queme en los altares.

* Tiempo vendrá en que al miraos al espejo sentiréis pesar, y la misma pesadumbre será otra causa más de arrugas.



© 2012, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 17 de marzo de 2012

La Cancha de Rosendo

Uno de los principales mitos ciudadanos cuenta que la alta sociedad porteña desdeñó el tango hasta bien entrado el siglo XX. Hoy puede dudarse y hasta desmentirse que esto haya sido efectivamente así: numerosos testimonios de época autorizan a creer que tanto la aristocracia como el vulgo compartían su gusto por esta música y su baile. Pero había ciertos reductos a donde damas y caballeros de abolengo no se animaban a entrar. Ni siquiera se acercaban: allí, la sola presencia de un “niño bien” de cuello duro y zapatos con polainas era una provocación.

A un paso del viejo hipódromo de Belgrano ofrecían su diversión varios de estos bailongos donde el derecho de admisión lo detentaban únicamente los sujetos más bravos y cerrados del Buenos Aires de ayer.

Aquel hipódromo, llamado Nacional, estaba desde 1887 entre las estaciones Belgrano y Núñez del Ferrocarril del Norte, del lado del río, donde se cruzaban dos calles que entonces eran Saavedra y “Tercera” y que hoy son Monroe y avenida del Libertador. La entrada principal daba a la actual avenida Congreso.

Sus alrededores han sido idealizados por los poetas del tango. Forzaron lo romántico con tal de omitir las calles minadas por charcos pútridos y generaciones de bosta, los studs de hedor infeccioso con su buena dotación de mugre y moscas gordas, los cafés tenebrosos de pisos salivados, la invasora y malsana neblina del Plata cuya orilla aún no tenía ni un metro ganado por el urbanismo, los hombres y las mujeres de códigos caprichosos y embrutecidos.

Los lugares de baile de esta zona tenían nombres pintorescos. Uno se llamaba La Pajarera; en correcto lunfardo “pajarera” significa cabeza, pero su sentido aquí pareciera ser otro y con el tiempo se lo ha olvidado. También estaba La Fazenda, palabra importada del Brasil para designar un establecimiento agrícola de cierta magnitud, de los que ya no quedaba ninguno en ese Belgrano loteado y barroso. Cerca de ellos metía bulla la Milonga de Pantalión, donde el clarinetista Juan Carlos Bazán recibió un disparo que lo dejó rengo: anécdota más que suficiente para imaginar cómo era aquel antro.

El más frecuentado era la Cancha de Rosendo, catalogado como “recreo” para remontar un poco su bajo prestigio. Tenía una interesante reputación entre la gente del turf; sobre todo peones y vareadores, que acudían para escuchar y bailar los tangos que tocaban Ernesto Ponzio, Genaro Vázquez, Eusebio Aspiazú, Vicente Pecci y el mencionado Bazán, entre otros músicos que evidentemente no estaban en condiciones de rechazar trabajos. Pero conocían el ambiente y sabían cómo sobrevivir en él.

Estas milongas se extinguieron en torno al 1900. El Hipódromo Nacional fue desmantelado en 1911 y los studs quedaron por un tiempo más, hasta que todo eso terminó sepultado por lo que hoy se conoce popularmente como “Barrio River”.

© 2012, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 3 de marzo de 2012

Sarrasani, Sarrasine; o el camino de Buenos Aires

I.- P. T. Barnum, fabricante de circos. Además de las décadas de diversión que aportó, del impacto que tuvo su obra en la idiosincrasia del pueblo norteamericano, y además aún de su propia figura, entre el legado de Phineas Taylor Barnum se atribuyen por lo menos tres frases célebres. La primera, “Cada minuto nace un candidato”, pasa por apócrifa; quizá porque candidato (que en su equivalente del slang designa a quien se deja engañar con facilidad) comenzó a usarse cuando Barnum hacía ya un lustro que descansaba en paz. La segunda frase, “A los americanos les gusta ser engañados”, en cierto modo revela su secreto profesional, su enorme éxito, perpetuado (y agrandado) por el recuerdo y el cinematógrafo. La tercera y última frase es un resumen de su modo de ver las cosas. En ocho palabras, Barnum dejó a la historia del espectáculo una regla de oro, un principio de ingenua perversión: “Toda multitud tiene un revestimiento interior de dinero”.
Imposible negar su atractivo; es una frase difícil de olvidar. Más aún: al escucharla, todos sueñan con sacarle algún provecho. El medio de Barnum fue al principio un circo; más tarde, fue una conjunción de circos: el Barnum & Bailey, el American Museum. Todo logrado con aparatosidad y picardía. Como recomendaban sus frases anteriores, en los carteles se reducía la medida del enano y se aumentaba la del gigante. (La Sirena de Fidji había sido fabricada con el torso de un mono y la cola de un pez; Joice Heth, anunciado como el hombre más viejo del mundo, no pasaba los ochenta años).
El más estadounidense de los empresarios de circo murió en el mismo año en que a gran distancia, por los caminos de la vieja Europa, ascendía de pueblo en pueblo el prestigio de un saltimbanqui alemán llamado Hans Stosch; en el mismo año en que este Herr Stosch tuvo una visión: entre sueños apareció una llamarada y en ella un nombre, que sería a partir de ahí su apodo y su marca. Era en 1891. Moría Barnum, nacía Sarrasani.

II.- El legado inaplicable. Los objetivos de Hans Stosch-Sarrasani eran tan distantes de los de Barnum, que de ser contemporáneos difícilmente hubieran competido.
Eran ideas cobijadas bajo un mismo género, pero Sarrasani (con sus conceptos del espectáculo heredados del romanticismo alemán) era lo opuesto de Barnum. Es cierto que Sarrasani también tenía otro público, ya que no necesitaba transformar una sociedad de mojigatos en una sociedad risueña. En el Connecticut de Barnum, donde el juego de naipes se penaba con el calabozo, había una necesidad urgente de liberación moral; en el Dresden de Stosch, lo que se precisaba era dejar volar la imaginación por sobre las marciales conductas del II Reich.
Barnum exhibía (y naturalmente cobraba por ello) a Chang y Eng, los mellizos siameses; Sarrasani, en cambio, prefería presentar un número artístico con aguas danzantes y música clásica. Las claves de este visionario eran la fantasía, los viajes imaginarios abriéndose paso por tierras exóticas y, por sobre todas las cosas, la alta calidad del espectáculo. En el Circus Sarrasani estaban prohibidos los engaños y los freaks. Si había una pantomima sobre el Wild West, obligadamente debía estar interpretada por auténticos indios americanos; los acróbatas chinos eran sumisos devotos del Buddha; la troupe senegalesa de Epi Vidane había sido reclutada en Dakar; los diez elefantes de la India prometidos en los carteles aparecían en escena y podían contarse uno por uno, todos ellos conducidos por el propio Stosch.
El hombre sabía, asimismo, que lo que se ve con frecuencia no provoca admiración por más que se ignoren sus artificios. Por ello dosificaba convenientemente las giras y renovaba los cuadros con asiduidad razonable. En todo esto no había ni un paralelismo ni una continuidad con Barnum; al menos, no de manera exacta. La mejor remisión de Sarrasani es el personaje parónimo de Balzac: aquel joven Sarrasine, artista que inicia la ilusión de su vida tras el encuentro con una misteriosa fortuna.

III.- La caravana pasa. Sarrasani no solo fue testigo de la historia de Alemania, sino que fue víctima de la historia del mundo. Basta una módica cronología para afirmar esta observación.
Hans Stosch-Sarrasani nació en 1873 y murió en 1934; desde su función inaugural en 1902 le tocó vivir los coqueteos con la familia real, el auge de su circo (que llegó a ser el más avanzado de todos los tiempos), luego la Gran Guerra, la requisa de tractores y vagones, así como de elefantes y camellos; la racionalización de alimentos, los refugiados rusos entre su personal, el grandioso resurgimiento, la primera gira por Sudamérica, el compromiso que le impuso el presidente del Reich de “representar culturalmente a Alemania”, el crak de 1929, el ascenso del nazismo y la emigración a Rotterdam.
Le sucedió Hans Stosch-Sarrasani (hijo), mejor conocido como Junior. Su muerte acaeció en 1941, después de haber concretado la segunda gira americana, los contactos con Goebbels, las Olimpíadas de Berlín, la sugerencia del Führer de incluir temas “para mantener en alto la moral alemana”, los certificados de pureza racial y la censura más rígida que recuerde circo alguno.
Asumió después Trude, su joven esposa, quien conoció los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, las prisiones de Schiessgasse, la emigración, la reapertura en Buenos Aires ante Perón y Evita, la declaración del Sarrasani como “Circo Nacional Argentino”, un incendio intencional, el retiro a una granja de Quilino (Córdoba), la proliferación de Sarrasanis falsificados y disminuidos, los homenajes tardíos en Alemania y la inauguración de una calle Sarrasani en Dresden.

IV. Alter Orbis. En los programas de mano, en los afiches y en las calcomanías prevalecía siempre una constante: Südamerika. Varios letreros de la época gloriosa promocionaban un paisaje a lo Humboldt, con la consabida vegetación exuberante, los animales salvajes y los rostros del Amazonas. Sarrasani presentaba todo aquello que esperaban ver los jóvenes alemanes, consumidores de novelas de aventuras de Karl May como Am Rio de la Plata, en la que se fabulaban peligros selváticos inverosímiles para estas latitudes.
Hubo incluso legítimos gauchos argentinos como atracción principal, con su inevitable demostración de amansamiento, lazo y boleadoras. Y es en la Argentina donde Sarrasani conseguirá uno de sus más grandes éxitos, al punto de repetir su gira en plenos años ’30, y más tarde instalarse definitivamente.
El 28 de abril de 1948 los porteños acudieron al reestreno más esperado de toda la historia circense. Las bombas inglesas habían incendiado Dresden sin dejar construcción en pie, y ahora Sarrasani, a muchos kilómetros y cumpliendo el viejo anhelo de ser “un espectáculo entre dos mundos”, empezaba una nueva vida en Buenos Aires.
“Aquí se aprende a reír”, decía el cartel sobre la entrada de la carpa instalada en el terreno que hoy ocupa el diario La Nación. Con variantes, podía ser la promoción para cualquier circo; la diferencia era que bajo el nombre Sarrasani constituía una afirmación irrefutable. Y como veritatis simplex oratio est, el pueblo no necesitaba más para acudir. Le bastaba la memoria de las presentaciones de 1923 y de 1935.
Sarrasani fue tan buen embajador como el Graf Zeppelin o los acorazados de bolsillo. Atravesó la primera mitad del siglo XX con ritmo ágil; incluso de charanga, como el de aquella Marcha Sarrasani que compusiera, por supuesto… un argentino.


© 2012, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 16 de febrero de 2012

El terror en el tango

Antaño solía hacerse de la valentía un culto, donde el miedo tenía prohibida la entrada. Pero hasta el más guapo amainó junto a las ochavas cuando debió hacerse frente a él mismo y a su propia historia.

En el tango, el temor más fuerte, el que aparece con mayor frecuencia y es merecedor de los ademanes más aterrados, es el que se tiene al pasado. Miedo al reencuentro con otro o con uno mismo; a repetir las mismas situaciones, a empezar de nuevo. Es curioso: no existe (que yo recuerde, al menos) un solo poema de tango que hable de Pitágoras, pero se admite –y se teme– su teoría del tiempo cíclico: los acontecimientos se reiteran, la historia vuelve una y otra vez. Sin embargo, antes que asombro, el eterno retorno provoca espanto; débil es la carne y, humana al fin, la personalidad tanguera teme tropezar con los mismos errores cometidos otrora. No es una exageración, y no está de más repetirlo: en el tango, el miedo más común es el miedo a volver.

Perdidas aquellas demostraciones de hombría de los tangos primitivos, el individuo de los poemas posteriores a Contursi no duda en admitir que es temeroso, y la mayoría de las veces su miedo gira en torno a su historia, que amenaza con repetirse. “Tengo miedo de quererte y de volver a empezar” (declara el tango Tengo miedo, de Flores); “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida” (confiesa Volver, de Le Pera). Difícil no imaginar al intérprete, colmado de patetismo, gesticulando un vade retro ante su propio ayer.

Fuera de esta causa, que ha sido explotada por la psicología, en el tango aparecen miedos a fantasmas (admisibles en tangos de ambiente folklórico, como ocurre en Cruz de Palo o en El Zonda); y también medios a una biaba de padre y señor nuestro (allí donde el poeta se ocupa en descalificar a un matón, como pasa en Malevaje o en Mandria). Otros miedos no hay, salvo que se intente un análisis de tipo freudiano y surjan cientos y cientos de fobias con solo leer entre líneas.

Los mecanismos del miedo en el tango son, por lo antedicho, engranajes complicados capaces de asustar los más íntimos resortes.

Un señor ruega por el milagro de volver al pasado, para repetir cierta situación y así modificar su futuro. De pronto se le concede este derecho y ¡sorpresa!, escapa cobardemente. El milagro se ha cumplido, pero es un acto sobrenatural; por lo tanto, provoca horror. Ante esta posible desesperación, se opta por rechazar el milagro, como ocurre en el tango Por dónde andará, de Supparo. El protagonista es un hombre que se pasa cinco sextas partes del tango suplicando el retorno de un antiguo amor. Cuando éste está por aparecer, faltando solo cuatro versos para el final, el hombre le dice que mejor no, que no vuelva nada…

Los más célebres creadores de la literatura de terror (Poe, Lovecraft, Shelley) lograban sus climas con artificios tenebrosos, donde el espanto era una lógica inevitable. Los autores del tango, con sus módicos y efectivos recursos, para insuflar el miedo a sus criaturas empleaban el pasado a la vuelta de la esquina.


© 2012, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 3 de febrero de 2012

El vestíbulo del Infierno

Un precario censo del norte de Corrientes informa que en la última década del siglo XVIII había 58 pobladores (32 españoles y 26 nativos) en torno a un oratorio de San Francisco de Asís, dependiente del curato de San Roque; en ese lugar se fundó, en 1796, el pueblo de Yaguareté-Corá. Dos años después un tal Antonio Ríos, señalado por la tradición como el único maestro de este caserío, tuvo allí un hijo; se apunta este nacimiento en septiembre. Añadimos que quizá haya sido el 9, pues el niño fue bautizado Pedro y el día 9 es marcado por el santoral precisamente como el día del presbítero San Pedro Claver. Ignoramos por completo la primera infancia de Pedro Ríos; a los doce años lo suponemos fascinado por la entrada de las tropas del general Belgrano a su pueblo (26 de noviembre de 1810), e implorando en el atrio que lo enrolasen en ese ejército que estaba de paso rumbo al Paraguay; su padre, el maestro, debió dar el consentimiento. Como sabía leer y escribir fue designado amanuense del comandante Celestino Vidal, que estaba quedándose ciego. En diciembre los hombres cruzaron el Alto Paraná; Pedro sirvió aquí de lazarillo. En tierra guaraní un veterano lo adiestró para que tocase el tambor. El 19 de enero de 1811, durante el asalto al campamento enemigo de Yuquerí, el muchacho ayudó a fortificar unas carretas y también prestó alguna asistencia en el hospital de sangre. En la víspera de Tacuarí, una mujer apenas mayor y que ya había atendido a los soldados de Campichuelo lo ayudó a vencer el inevitable temor que a esa edad se siente por la mancebía; él, confusamente agradecido, durmió aquella noche pensando en el tremendo vuelco de su vida. Al día siguiente (9 de marzo) lo abatió una descarga desde las filas del coronel Manuel Atanasio Cabañas.


Deducimos que unas semanas después aquella mujer del campamento descubrió con tristeza que estaba encinta; deducimos también que, sin ignorar que su oficio era el de meretriz presintió, o más bien decidió, que de todos los soldados solo aquel muchacho del tambor podía ser el padre de su hijo: habría de bautizarlo, pues, con el apellido del muerto, lo cual le convenía a todo el mundo. Nos basamos para ello en que tres décadas más tarde encontramos ya de vuelta en Corrientes a un Ríos asentado en el registro de chacareros de San Cosme, beneficiado con una tardía donación de tierras a hijos de servidores de la Patria. A partir de aquí todo puede documentarse: para la siguiente generación existía un capitán Ríos en el ejército correntino y un Ríos sacerdote oficiando en Empedrado, ambos de la misma familia; hacia 1890 aparece otro Ríos en la licitación de obras públicas para la gobernación; pocos años más y en el árbol vemos al médico, al ingeniero, a una presidenta de sociedades de beneficencia, a un profesor de lógica.


El turbio origen de la dinastía ya había conseguido olvidarse por completo. Sería redescubierto recién en 1945 por Dalmacio Ríos, estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires; este pudo remontar su genealogía hasta aquel antiguo latifundista de San Cosme, sin dar con el nombre y el trabajo de su madre, pero comprendiendo por el carácter de algunos documentos (que certificaban los terrenos de la donación) que su padre bien podía haber sido aquel Pedro Ríos, tambor en la campaña del Paraguay.



* * *




Al principio el joven Dalmacio Ríos ocultó su hallazgo incluso ante sus propios parientes, pues temía una objeción que no se sentía capacitado para evadir: el cariz legendario del Tambor. Ni un solo papel de época lo registraba; las primeras fuentes no eran tales, sino un relato edulcorado de Bartolomé Mitre en su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (1857) y un poema escolar de Rafael Obligado. La tendencia entre los historiadores modernos consistía en silenciar los redobles de Tacuarí, negar al moreno Falucho, omitir a Cabral, etcétera; Ríos no se interpuso en estas cuestiones, pues su carrera era meramente literaria, y durante un tiempo trató de convencerse que eran cosas sin importancia. Hasta que al fin lo venció el orgullo de querer ostentar un antepasado de leyenda. No obstante, solo sacaba a relucirlo ante personas de garantizada ignorancia en la materia; es decir, cuando estaba seguro que su auditorio se impresionaría fácilmente y sin hacer demasiados planteos. Así, fueron enterándose nada más que unos amigos de pocas luces, algún ocasional confidente de café, tal vez una conquista amorosa; ellos aceptaron sin esfuerzo que Ríos era el descendiente de un héroe nebuloso al que apenas conocían por textos de escuela. Más allá de esta vanidad inocente, la vida de Ríos no tenía otras aristas de excentricidad. Estaba entregado con dignidad a sus estudios y en marzo de 1947 su mayor preocupación era iniciar el curso de literatura italiana que en la facultad dictaba el profesor Vidart.


Despachados con displicencia todos los escritores previos a Dante, la cátedra entera se abismaba en lo más profundo del sistema penal descripto en la primera parte de la Commedia. Vidart explicaba con entusiasmo la Italia del siglo XIV, las disputas entre güelfos y gibelinos, la teología dantesca, la topografía de valle cónico del Infierno y la colocación en él de ciertos nobles florentinos. Ríos asimilaba todo con un interés genuino; se horrorizó de verdad ante el relato del suplicio de Perilo, el artífice ateniense, en su propio toro de bronce. Pero un día tuvo un sobresalto por una frase que dijera el profesor: este aseguraba que el principal problema que había tenido Dante para su difusión en nuestra tierra, había sido la traducción de Mitre. “Es tan mendaz como la historia argentina que nos legó”, agregó, tal vez innecesariamente.


Al terminar la clase, Ríos buscó a Vidart y le aseguró haber quedado perplejo por ese dictamen. El profesor respondió que solo había sido una cosa dicha al pasar, que no la tomara muy en serio; pero que, si el alumno deseaba, podía ampliarle sus conceptos.


—En verdad que sí, que lo deseo.


Y buscó y encontró una justificación:


—Quiero hacer una comparación entre los traductores al español de la Divina Comedia.


—No dispongo de mucho tiempo, pero lo invito el sábado por la mañana a mi escritorio; lo asesoraré para que pueda comenzar el análisis de este tema. Veremos juntos cuáles traducciones le conviene conseguir.


Ríos ocupó los dos días que faltaban hasta el sábado en buscar la mejor arma para vencer a su profesor en aquello de “las falacias de Mitre”. Dante sería solo la excusa; más le interesaba que Vidart aceptase los relatos de historia nacional, sobre todo los que apuntalaban su apellido.


El sábado Ríos se presentó ante su profesor. Fue recibido en una biblioteca espléndida, colmadas sus estanterías de paño a paño. En un rincón estaba el escritorio. En el centro de la mesa se hallaba el original italiano; a la izquierda, la traducción de Don Juan de la Pezuela, Conde de Cheste; a la derecha, la versión de Mitre. Vidart comenzó su demostración apelando a los primeros tercetos del canto III, donde el poeta lee la inscripción que está sobre la puerta del Infierno.


—Desde la primera línea ya se comprueba esa preocupación de Mitre por diferenciarse de Pezuela, y digámoslo de una vez: los pertrechos de Mitre son infantiles. Pezuela anota: por mí se va a la ciudad doliente. Puesto así, el endecasílabo es correcto. Pero Mitre desatiende el hiato, teme el diptongo y por precaución introduce una coma: por mí se va, a la ciudad doliente. En el verso siguiente, Pezuela pone una sinalefa: por mí al abismo del tormento fiero. Mitre prefiere repetir su propio juego y cae en una trampa: por mí se va, al eternal tormento. Otra coma sin sentido, a imagen y semejanza de su verso anterior. Y a pesar de ello no se conforma. Pezuela después dice: por mí a vivir con la perdida gente; Mitre, por tercera vez, trae la coma (y aquí sí que ya es totalmente prescindible): por mí se va, tras la maldita gente. Ambos traductores continuarán batiéndose durante unas sílabas más, hasta que por fin Pezuela anuncia: el poder que a todo alcanza, el saber sumo y el amor primero. Mitre, ante esta secuencia de atributos, pierde la cabeza y replica: la divina gobernanza, el primo amor, el alto pensamiento. ¿Podemos justificarlo? Decir que tratándose de un poema italiano es inevitable que se filtren italianismos, puede ser cierto; sin embargo, no alcanza para dispensar eso del “primo amor”. Y aún así, tiene suerte: la frase se entiende fácilmente. Cosa que no ocurre con el próximo verso. Veamos por qué. Allí donde Dante puso dinanzi a me non fuor cose create, Pezuela (acosado por la métrica y la rima) resuelve anotar: antes de yo existir no hubo creanza. “Creanza”, una palabra inadmisible para la Academia, pero que remite al lector, directamente y sin dejarle dudas, a “creación”. Mitre, en cambio, traduce: antes de mí, no hubo jamás crianza. “Crianza” pasaba antiguamente por “criamiento”, que a su vez era arcaísmo de “creación”; Mitre escribe en una época en que ya no hay necesidad de semejante término, pero el general todavía está habilitado y se aprovecha de ello. Desconociendo el recto sentido del original dantesco, luego de leer “no hubo jamás crianza” uno tiende a pensar que no había nodrizas.


—Un momento. Usted dice que “creanza” no existe. Pero Pezuela no solo fue miembro de la Real Academia Española, sino que incluso la presidió durante treinta años. ¿Cómo pudo poner una palabra que su propia institución no admite? Mitre escribió “crianza”, que será un arcaísmo y todo lo que usted quiera, ¡pero por lo menos existe!


—Pero lo de Pezuela fue una licencia. Es verdad que “creanza” no existe; sin embargo, ¿no se entiende, acaso, lo que quiso decir? En cambio, Mitre tiene tanto escrúpulo que opta por “crianza”, y con ello nos obliga a ir al diccionario para ver si tiene razón o no. Está bien, la tiene. Pero no me convence. Como no me convence nada de lo escrito por él. ¿Usted puede creer en esas anécdotas de la Historia de San Martín, de la Historia de Belgrano…? Voy a mostrarle la inexactitud de algunos episodios.


Vidart buscó entre una pila de seis o siete libros que estaban sobre el escritorio y separó uno; comenzó a hojearlo con mucha concentración, queriendo dar con una página que tenía en mente.


—Aquí está. Escuche: “La infantería argentina al son del paso de ataque que batía con vigor sobre el parche un niño de doce años, el lazarillo del comandante Celestino Vidal (que apenas veía), pues los niños y los ciegos fueron héroes en aquella jornada…”


Interrumpió su lectura porque alzó la mirada para ver a su alumno: este lo apuntaba con un revólver. Dominó su asombro y no dijo nada, tal vez intuyendo que sería en vano. Pocos segundos después el libro ya estaba sucio con su sangre, y Ríos había reivindicado, en cierta forma, la memoria de su lejano pariente.




© 2012, Héctor Ángel Benedetti