sábado, 26 de noviembre de 2011

Nipper

No hay en la historia del mundo ningún otro perro cuya imagen haya sido tantas veces reproducida. La feliz y universal multiplicación de su retrato trascendió lo meramente decorativo: ese animal quedó convertido en un ser cotidiano, casi en una mascota más dentro de cada hogar. Y sin embargo, de él la mayoría de la gente no conoce ni siquiera su nombre.

Nipper fue el perro que todavía hoy sigue apareciendo en las etiquetas de los discos Victor.

Un perro mestizo, fruto de generaciones de canes sin alcurnia, que un día de 1884 nació en Bristol, Inglaterra, en casa de un señor llamado Mark Barraud. La traducción española de Nipper es “pinzas”, “tenacillas”; la mascota recibió este curioso nombre por su costumbre de morder los tobillos de cuanta visita fuese al hogar de los Barraud, quedando prendido cual pinzas.

Cuando Mark falleció, su hermano, el pintor Francis, recogió al perrito y se lo llevó a vivir consigo. En la nueva casa había un fonógrafo que reproducía cilindros; Francis tuvo la brillante idea de retratar a Nipper frente al aparato, en actitud de escucharlo atentamente, como reconociendo la voz que salía del aparato. Conviene aclarar que es absolutamente falsa la anécdota macabra que cuenta que antes de los retoques el cuadro representaba a Nipper posado sobre un ataúd, escuchando desde el fonógrafo la voz de su fallecido primer amo.

La pintura fue ofrecida a la Edison Bell & Co., pero no fue aceptada. Terminó siendo adquirida por Mr. Owen, de la compañía Gramophone, con el objeto de que sirviese de propaganda para la empresa. Costó cien libras, incluyendo los derechos para su eterna reproducción. Pero había que introducir una variante: la Gramophone editaba discos, no cilindros… ¡Ningún problema! Francis hizo los retoques necesarios, y así quedó la imagen que tan bien se conoce. Y para reforzarla, se añadió la frase His Master’s Voice (“la voz de su amo”), que era el título original del cuadro y que pasó a ser el lema de la marca.

De esta manera, Nipper apareció no solo en las etiquetas de los sellos Gramophone y Victor, sino también en sus subsidiarios: Bluebird, Concert Record Gramophone, De Luxe Record, His Master’s Voice, La Voce del Padrone, La Voix de son Maitre, Monarch Record, Schallplatte Grammophon, Victrola, etcétera.

Las primeras grabaciones Victor con intérpretes argentinos fueron hechas entre 1904 y 1906 en Londres, París y Camdem. En los últimos días de 1907 llegó por primera vez a Buenos Aires una “máquina itinerante”, en su recorrido por América obteniendo grabaciones que luego eran prensadas en los Estados Unidos. El aparato volvería por estas tierras en 1910, 1912 y 1917 (una vez cada dos años hasta 1912; los cinco años “en blanco” que hubo luego los provocó la Gran Guerra). Recién se instaló definitivamente en el país a finales de 1921, y desde entonces mantuvo junto a su gran rival —Disco Nacional, más tarde llamado Odeon— un liderazgo indiscutido: de hecho, Victor y Odeon serán las dos únicas marcas que continuarán grabando ininterrumpidamente, e incluso entre 1934 y 1949 serán las únicas. Toda una legión de artistas criollos pudo decir, con legítimo orgullo, que había pasado por los estudios del “sello del perrito”.

Hacia 1903 se intentó reemplazarlo por un mono: la idea no prosperó. Tampoco llegó a opacarlo Chipper, su equivalente en cachorro. Solo Nipper produjo la magia de no ser jamás olvidado por todo aquel que lo viera alguna vez.

Transformado en uno de los íconos del siglo XX, durante las primeras décadas circularon unas tarjetas postales humorísticas que mostraban a Nipper delante de una botella de whisky con un embudo, remedando la bocina de un gramófono; debajo, el epígrafe His Master’s Breath (“el aliento de su amo”).

También en la Argentina fue utilizado para el humor. Por ejemplo, la revista Caras y Caretas del 28 de mayo de 1904 trajo una magnífica caricatura política, titulada “La Voz del Amo”, en la que se mostraba un gramófono y varios perros escuchando con atención. Aquel amo invisible aludía al presidente Julio A. Roca; los perros eran los gobernadores de las provincias, pendientes de oír el nombre del candidato del gobierno para la vicepresidencia en las próximas elecciones. De la bocina salía “…lcorta”: referencia a que Roca había dado su “media palabra” a la hora de designar a su favorito (José Figueroa Alcorta). A juzgar por el dibujo, quien más se asemejaba a Nipper era el gobernador de Santiago del Estero.

Pero todo esto, más otras curiosidades que reunidas sumarían centenares, forman parte de la historia del cuadro antes que de la historia del perro. La biografía de Nipper fue, por cierto, bien humilde; sus pequeñas andanzas fueron las propias de cualquier cuzco bien alimentado, aunque se ha recordado que era especialmente diestro en la cacería de ratas y en acosar de vez en cuando a los faisanes del Richmond Park.

Nipper murió en Kingston-upon-Thames, Surrey, en septiembre de 1895. Fue enterrado bajo un árbol de moras. Hoy allí se encuentra la playa de estacionamiento de un banco, pero una placa recuerda al transeúnte que en ese lugar descansan los restos de uno de los perros más famosos de la centuria.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 18 de noviembre de 2011

Una forma del olvido

Es inesperado, y sin embargo no deja de ser agradable, el hecho de encontrar algo guardado entre las páginas de un libro antiguo que se compró de segunda mano. Una carta ya amarillenta, prolijamente plegada, resulta un hallazgo interesante; lo es también la flor disecada, o el viejo billete de banco fuera de circulación. A veces hay una servilleta de papel: en su momento sirvió para señalar, y hoy atestigua el café donde se leyó el libro. Una mariposa, que descubrí preservada en una biografía de Miguel Ángel, luego de muchos años dejó su silueta anaranjada estampada en un par de hojas. Y entre las cosas más insólitas que me han tocado, puedo citar el programa del estreno en la Argentina (1939) de Alexander Nevsky; vino en el interior de Cuatro años en las Orcadas del Sur, de Moneta, casa Peuser. También recuerdo una postal de la isla de Malta, que coherentemente llegó con un poemario de Dun Karm, y el retrato de una mujer desconocida dentro de un ejemplar de la Primavera Olímpica de Spitteler, adquirido en la Avenida de Mayo; yo la llamo “La Señorita del Monóculo”.

¿Usted sería tan amable de decirnos si alguna vez halló algo dentro de un libro usado?

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

domingo, 6 de noviembre de 2011

Discépolo visita el norte de África

Marruecos es un cielo muy alto y unas estrellas muy bajas.
— Enrique S. Discépolo, 1936.


Es fácil conjeturar cuál era la representación del Magreb entre los porteños de 1930. Ni el Tratado de Fez ni las borrosas noticias la Guerra del Rif habían sido suficientes para cambiar en Buenos Aires la imagen establecida por las pinturas de Mariano Fortuny, que ya tenían seis décadas; para el ciudadano corriente, el noroeste africano aún era una odalisca desnuda entre almohadones, un musulmán de turbante recostado contra una pared descascarada, un paisaje con tiendas árabes y caballos. Amplias regiones tal vez continuaban siendo así; en todo caso, no justificaban ni la generalización, ni la ignorancia. Si le mencionaban Melilla, el hombre de Corrientes y Esmeralda fantaseaba con algún pueblito de la península ibérica; hablarle de Marruecos era confundirlo con Argelia o con Túnez. Es cierto que en los últimos tiempos la cinematografía también había instalado allí al cabaret con decorados andaluces y a los legionarios franceses como Gary Cooper; pero continuaba rechazándose que el sultán Mohámmed ben Yúsef era un señor de saco y corbata.

Quienes iban y regresaban relataban la tarjeta postal. Es imposible que no estuvieran enterados del desembarco de Alhucemas, o de las denuncias de armas químicas contra la población por parte de la coalición franco-española; pero al fin y al cabo no dejaban de ser turistas: lo que mostraban, pues, era la fotografía pintoresca de un quincallero en el zoco. Una moderada excepción será Roberto Arlt. De su viaje a mediados de los años 30, registrará algunas observaciones sobre la sociología marroquí; también traerá material para los cuentos que descargará más tarde en su volumen El criador de gorilas (1941). Aunque ya por entonces la política argentina estaba tan enrarecida, que sus lectores no se mostrarán especialmente interesados por problemas laborales árabes: se quedarán con las descripciones de mercados, de cordeleros, de Rahutia la bailarina y de fabricantes de babuchas. Estos últimos, como se verá luego, también protagonizaron el anecdotario de Enrique Santos Discépolo; y en realidad, poco más es lo que se conoce del viaje del autor de Yira… yira… por Marruecos.


Los biógrafos destacaron aquellos días de 1935 y 1936 que pasara Discépolo en Europa, al frente de un espectáculo musical; pero casi no existen datos concretos de la escapada que hiciera hasta el norte de África. No está explicitado, por ejemplo, el motivo que lo llevó a estas tierras. Es de creer que para Discépolo y su esposa, la cantante Tania, el cruce de España a Marruecos fue una excursión más, un paseo que les permitió el tiempo libre entre teatro y teatro. No obstante, queda la sensación de que hubo motivos más recónditos.

Tania (que era toledana) ya contaba con una lejana experiencia marroquí. De esta forma la recordaba en diciembre de 1972, en declaraciones para el diario La Opinión:

Vinimos a la Argentina en 1924 con la Troupe Ibérica. Yo tenía diecisiete años y, entre otros, venía Pablo Palitos. Antes habíamos ido a Francia, al Marruecos español y al Marruecos francés. En el grupo había bailarines, acróbatas, cantantes; en fin, todas las atracciones. En esas giras yo viajaba con mi mamá, pero a la Argentina ya me vine casada con uno de los bailarines de la troupe.

Un divorcio nos despeja de este primer marido; vayamos al segundo, a Discépolo. Jamás había salido de Sudamérica. De una acotada Sudamérica, porque en realidad fuera de la Argentina solo conocía hasta entonces algo del Uruguay y un poco de Chile. Desde luego, todo en este recorrido por Europa lo deslumbra; todo, excepto París. Después definirá cada sitio con frases extrañamente bellas: Lisboa “parece una postal sobre un hecho de sangre”; una sala de Coimbra le da la impresión de contar con “grandes mariposas negras batiendo las alas” (se refiere a los espectadores agitando sus capas en señal de aprobación); Toledo es “un sueño retrospectivo”; las casas de Madrid “sirven de pretexto para echarse a la calle”; en Barcelona “hablando castellano, a veces, se hace uno entender”; Sevilla es “la fiesta del perfume”; la cartuja de Valldemosa (en donde examina la celda de Chopin), “despiadadamente triste”.

Y un día, hallamos a la pareja en Tetuán. Para Discépolo, que en cada punto de su periplo buscaba (y hallaba) analogías con Buenos Aires, sobrepasar el sur de Tánger equivalía a enfrentarse a un mundo distinto y misterioso. Se trataba de un anhelo romántico: Marruecos era lo más aproximado a Las mil y una noches que él podía aspirar. No buscaba lanzarse al desierto, ni explorar los picos del Anti-Atlas; él no era un aventurero. Quería recorrer calles estrechas y tortuosas y cruzadas de pared a pared por arcos; quería ver casas blanqueadas, ir a tiendas, tomar un café y que lo atendiera un camarero con atuendo típico. Quería comprobar por sí mismo el exotismo urbano que divulgaban novelas, revistas ilustradas y traveltalks, y tal vez la propia Tania.

Para ella, en cambio, significaba el reencuentro con un pasado que, evidentemente, la perseguía.


El testimonio que nos dejara Discépolo sobre Marruecos formó parte de una serie de charlas radiofónicas que el autor brindó en 1936, luego reunidas un tanto nebulosamente bajo el título Apuntes a mi vuelta de Europa. Dice uno de sus párrafos:

Las casas parecen telones remendados. A la gente no la pude ver porque iba envuelta en ropa. Marruecos parece una enorme tienda de ropa vieja en la que de pronto los trajes se han echado a andar por su cuenta.

La imagen es simpática, aunque enoja un poco pensar que, pudiendo hablar de tantas cosas, Discépolo se preocupe por comparaciones textiles. Pero ocurre que las impresiones de su viaje son todas así: breves, con vocación por la metáfora, y por ello escasamente periodísticas.

No sabemos con qué información arribó el poeta a Tetuán, por entonces capital del Protectorado; lo cierto es que encontró una ciudad enorme y laberíntica, y seguramente desconcertante. Compleja en su cultura y dotada de un “color local” extraordinario, Tetuán tenía la particularidad de hacerle retroceder centenares de años a la vuelta de cada esquina: un siglo entero en la judería, dos en cierto minarete octogonal de la mezquita de El Bacha, tres en las casas de la familia Naqsis, cuatro en los muros de la medina antigua.

Él, que lo ve todo, solo prefiere reseñar una tarde en el mercado.

En Tetuán salí a comprarme unas babuchas. Me fui al barrio morisco de los mercaderes. Al entrar en un tugurio subterráneo, un viejo babuchero me ofreció su mercadería. Mientras yo elegía entre las babuchas bordadas, un gramófono destartalado de aquellos con bocina que se usaban hace veinte años, empezó a moler las notas de Yira… yira… Y mientras el gramófono tocaba, el babuchero, que era un viejo judío sefardita, se puso a tararear en su media lengua hebrea-hispano-morisca: “Cuando la suerte que es grela / fayando y fayando / te largue parao…”

De ser estrictamente reales las palabras de Discépolo (y no digo que no lo sean: la anécdota es probable, es admisible, y hasta creo en ella; lo que digo es que peca de excesiva felicidad), nosotros, como espectadores, asistimos a una de las circunstancias más dramáticas de su vida.

Hecha la revelación, Discépolo, agradecido y turbado, prosigue el relato. Su estilo nos recuerda que originalmente estaba dirigiéndose a radioescuchas:

Al oír estas palabras que yo había escrito hacía mucho tiempo y a varios miles de kilómetros de distancia… al oírlas allí en Tetuán y en boca de aquel anciano babuchero, sentí que una emoción extraña me hacía un nudo en la garganta. Y al salir de allí dí por bien empleados los desvelos que me habían costado mis tangos. Todos eran poco para pagar aquel momento que me había conmovido hasta las lágrimas…

Podemos reconstruir todo: el zoco tetuaní, el tabuco perdido entre los demás locales, la caótica exposición de chinelas, el anciano babuchero del Sefarad (estriado y barbado), su conversación en dialecto haquetía, la victrola desvencijada, el disco de pasta.

Solo nos falta un detalle: casi todo el resto de Marruecos, invisible para Discépolo a partir de este momento.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

lunes, 24 de octubre de 2011

Una selección personal de los "Catasterismos" de Eratóstenes (siglo III a. C.)

(Catasterismo: “Colocación de algo o de alguien en medio de las estrellas”.)

I, 2: La Osa Menor. Arato dice que era de Creta y que fue la nodriza de Zeus, y que por ello fue honrada con una gracia en el cielo. Tiene una estrella brillante sobre cada ángulo del cuadrilátero y tres brillantes sobre la cola; en total siete. Hay otra estrella inferior, debajo de la del extremo de las explicadas (la llamada Polar), en torno a la cual parece que todo el orbe gira.

I, 7: Escorpión. Ártemis hizo que éste surgiera de una colina de la isla de Quíos para que picara a Orión, y por tanto, muriera, porque una vez la intentó violar en una cacería. Zeus lo colocó entre las constelaciones brillantes para que vieran los venideros su fuerza y poder.

I, 16: Casiopea. Sófocles, el poeta trágico, cuenta en su “Andrómeda” que Casiopea, tras rivalizar con las Nereidas en belleza, cayó en desgracia y que Posidón mandó un monstruo marino para que devastase su país. Por su causa su hija yace expuesta ante el monstruo, y así, al lado, está representada, familiarmente, sentada sobre un cojín.

I, 23: Pléyades. Gozan de la mayor gloria ente los hombres porque dan señales en una época del año. Tienen una muy buena posición porque están dispuestas, según Hiparco, en forma triangular.

I, 24: Lira. Como no tenían a quién dar la lira [de Orfeo muerto] pidieron a Zeus que la catasterizase, de manera que estuviera colocada entre las constelaciones en recuerdo de Orfeo. Así lo concedió, y fue colocada. Tiene una señal distintiva en relación con la desgracia de Orfeo: se oculta en cada estación.

I, 28: Sagitario. La mayoría dice que se trata de un centauro, aunque otros lo niegan porque no se le ven cuatro patas, sino que se mantiene de pie disparando un arco; y ningún centauro ha hecho uso de arco. El arquero es, antes bien, un varón con patas de caballo y cola como los sátiros.

I, 35: Argo. Atenea puso esta constelación Argo en las estrellas por ser ésta la primera nave que se construyó. Estaba dotada de voz.

II, 44: Vía Láctea. Hermes tomó a Heracles cuando nació y lo puso al pecho de Hera. Heracles mamaba de su pecho. Y Hera, una vez que se dio cuenta, lo arrojó de sí de una sacudida, y de esta manera, por la leche derramada en abundancia, se creó la Vía Láctea.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

martes, 11 de octubre de 2011

Ronda rugiente

Después de tanto tiempo, movido por un impulso tan íntimo que ni yo mismo podría explicarlo, he vuelto a visitar mi antiguo pueblo. Todo en él ya era extraño para mí, porque yo mismo lo era en sus calles; los frentes añosos, las veredas de ladrillo, los árboles, la plaza silenciosa con su busto de piedra y aquel almacén en la esquina más soleada no habían cambiado desde mi infancia y sin embargo no conseguía reconocerlos, como tampoco recordaba mi mano, al acariciarla, la verja del jardín de lo que supo ser mi casa. Pero no me asombró. Cuarenta años pasaron desde que nos fuimos, y yo aún no había cumplido ocho; la diferencia con la gran ciudad y la poca capacidad de añoranza que tenía entonces hicieron que despreciara y hasta borrara, incluso, el registro de mis primeros pasos. Es algo que suele ocurrir. Aunque en realidad, no obstante lo lívido de su imagen en mi memoria, una cosa retornó mientras caminaba por la villa: la iglesia vieja al otro lado de la estación, en los campos que eran de Auboyer.

Ya estaba en desuso cuando yo era pequeño. Era casi en el borde de la estancia “La Cautiva”, cuyo alambrado marcaba de un lado el comienzo del pueblo y del otro el fondo de las muchas hectáreas de aquella rica propiedad. Además de la capilla había en ese sector un vivero forestal, el más grande del partido. Esto era todo cuanto yo (y cualquier otro) podía ver de la hacienda. El casco nunca lo conocí, porque estaba muy adentro; pero sé que lo imaginaba fastuoso, rodeado por un parque legendario a donde acudían, por las tardes, felices niñas hermosas a tomar el té. ¡Qué vuelco dio mi corazón al acercarme ahora hasta aquel sitio! El descuido había transformado al vivero en un bosque tan cerrado que ocultaba a la iglesia; nada de ella se notaba desde el camino.

Volví entristecido a las calles del pueblo, y recién entonces caí en la cuenta de algo que había notado sin que me alertase demasiado, pero que ahora me llenaba de inquietud: el campo no era lo único que estaba abandonado. Una de las grandes casonas también estaba vacía; otra tenía su techo derrumbado; más allá había una tienda cerrada, y en la misma cuadra un hotelito ya había sido tapiado.

Fui hasta el almacén. Pedí una bebida y me presenté. Le dije al patrón quién era yo y de quiénes era el hijo; aclaré —por si acaso— que antes vivíamos en la casa amarilla frente a la escuela. No hacía falta: el nombre de mis padres todavía le sonaba familiar. El hombre recibió todas mis noticias con interés y quiso corresponderme con las módicas novedades de cuatro décadas del pueblo, pero los nombres que barajaba eran irreparablemente ajenos a mi conocimiento. Fingí algún recuerdo solo para mantener viva la conversación; y cuando sentí que esta se agotaba, pregunté por el destino del campo de los Auboyer.

Me habló de un accidente ocurrido mucho antes de que yo naciera. Mis padres, que yo recuerde, nunca lo comentaron. Auboyer, en sociedad con otro inversor, había comprado “La Cautiva” a un español que había sido su fundador, al cual pertenecían también los terrenos donde se hizo el pueblo. Bajo la nueva administración los campos fueron muy prósperos; la fortuna permitió que no solo hicieran una capilla neogótica para uso personal, sino además una escuela para los hijos de los peones, igualmente dentro de la propiedad; y más cerca de la casona principal también instalaron un pequeño zoológico privado. Un día, un leoncito de aquel zoológico mató a la nieta del cuidador. La decapitó. Entonces decidieron, los Auboyer o el juez, que había que sacrificar al animal. La noticia trascendió y parece que hasta llegó gente de Buenos Aires para presenciar la matanza, que sería a cargo de un tirador profesional. Es cierto que cualquier empleado hubiera podido hacerlo, pero tal vez fueron a lo seguro. Y con esta desdicha gravitando sobre el lugar, todos —sus dueños, los peones, la gente del pueblo— comenzaron a tomar aprensión hacia la estancia. Unos años después fue vendida al señor Ferrater, un empresario que dirigía un importante laboratorio en la Capital. Cuando este falleció (la fecha más o menos podría ubicarse hacia la de mi nacimiento), una desavenencia entre sus herederos hizo que todo decayera definitivamente. Muchos en la villa dependían de “La Cautiva”, y terminaron marchándose.

Pagué y me fui.

Confieso que una obsesión se apoderó de mí desde aquel momento: la de buscar un asiento de estos hechos. Comencé la tarea apenas estuve otra vez en Buenos Aires. No dejé colección de periódicos ni de revistas sin visitar. En algún lado tendría que figurar, ¿el hombre del estaño no había dicho, acaso, que esto se había divulgado y que acudieron personas desde lejos para ver cómo mataban al león? Y efectivamente, al mes de búsqueda apareció el recuadro amarillento que tanto ansiaba leer: lo hallé en un diario de los llamados “serios”, lo que le otorgaba un carácter indubitable.

Salvo en dos o tres detalles menores cuya discrepancia resolví a favor del diario, el relato coincidía con el de mi informante. Los Auboyer y los familiares de la pequeña se habían negado a hacer declaraciones; lo que el periodista recogía era el testimonio de un sacerdote, que no podía ser otro que el mismo que solía oficiar en la capilla y educar en la escuela. O bien por discreción, o bien porque no hubo testigos del momento del accidente, las noticias del cura eran moderadas; ante la pregunta inevitable de cómo pudo acontecer, se limitó a decir (dos veces) que “estaba escrito que así sería”.

La crónica finalizaba con un comentario irónico sobre el sacerdote, a quien evidentemente acusaban de apelar a un fatalismo inoportuno. Pero yo, al leer esto, entendí claramente a qué se refería…

Y determiné volver al pueblo en la primera oportunidad que tuviera. Así lo hice. Pensaba: no había estado en cuarenta años, pero regresaba dos veces en pocas semanas, ¡qué extrañas son las propuestas que a veces nos surgen! Llegué en una mañana tan calma que parecía irreal; anhelante crucé el terreno de la estación y me dirigí hasta el borde del campo de “La Cautiva”, donde comenzaba el bosque, para buscar la iglesia.

La encontré luego de saltar el alambre y deambular unos cuantos metros entre la espesura, apartando maleza y pisando la hojarasca de muchos inviernos. Lo que vi fue desolador. La capilla particular de los Auboyer había sido un templo de hermosa arquitectura, pero solo quedaban ruinas. Por fuera, diseminados entre los pastos, yacían escombros y dos o tres de los pináculos que otrora decoraran los contrafuertes. Fui hasta el frente. La escalinata, que terminaba bajo el arco de entrada, antes daba contra una puerta ojival de madera; la puerta había desaparecido. Tampoco estaban los cristales del rosetón, ni los de ningún otro ventanal. Avancé. El techo de la nave central ya no existía; los pilares no soportaban nervio alguno. Plantas grotescas subían por la desnuda pared semicircular del ábside, gracias al cual deduje la posición del comulgatorio y del altar ausente. Nada del mobiliario; ni una figura, ni uno de los cuadritos (que seguramente debieron estar) representando el viacrucis. Noté que en algunos entrepaños se conservaban, raídas por el tiempo, unas frases en bajorrelieve: las reconocí como versículos de los Salmos.

Comprendí de pronto que allí tenía la clave que justificaba todo. El sacerdote no era fatalista: hablaba en sentido recto al decir que la desgracia estaba escrita. Porque cerca de una lucerna, a una altura que me sobrepasaba varias veces, arañadas por las lluvias aunque todavía legibles, estaban grabadas las palabras del salmista: EL DIABLO RONDA COMO LEÓN RUGIENTE BUSCANDO A QUIÉN DEVORAR.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 29 de septiembre de 2011

Productos comerciales mencionados al pasar en tangos del repertorio de Gardel

Marcas y artículos que otrora supieron ser muy populares, un día dejaron de fabricarse y con el correr del tiempo se los fue olvidando. Mencionados al pasar en los tangos, ciertos productos requieren hoy una explicación detallada. Incluso más de un cantor jamás vio las mercancías citadas en determinadas letras de tango; son referencias desconocidas para el público actual, pero que tuvieron su momento de gloria comercial y que no pasaron desapercibidas para los poetas de la época. Los tres productos que comentaremos hoy son solo unos pocos ejemplos. Escogimos tres del repertorio de Carlos Gardel.

1.- Llevando el bacalao de la Emulsión de Scott. Pocos saben que el muñequito hecho con neumáticos Michelin tiene nombre propio: se llama Bibendum (por la locución latina Nunc est bibendum, del poeta Horacio). El castizo Anís del Mono y la inquietante cabeza de Geniol también formaban parte de ese mundo publicitario de antaño, habitado por personajes característicos, inmortales. Enrique Santos Discépolo, en su tango Victoria (del año 1929) mencionó otro personaje análogo: “el bacalao de la Emulsión de Scott”, que remitía a la viñeta llamada “El Hombre del Abadejo” que servía de propaganda para el producto farmacéutico. Cual Sísifo condenado, el hombre llevando aquel gran pez a sus espaldas era para Discépolo la metáfora de una carga difícil de soportar. Una especie de Atlante moderno. Los manuales de comercio de los años ‘20 y ‘30 daban al “Hombre del Abadejo” como un ejemplo práctico de cómo cierta imagen podía convertirse en la identificación perfecta para determinados productos.

2.- No te acordás que traía aquella Crema Lechuga. “Que hasta la última verruga de la cara te piantó…” Estos versos, que podrían servir para una antología del reclamo de amor vulgar, figuran en el tango Ivette, grabado por Carlos Gardel en 1920. Lechuga era el nombre de una crema de belleza que distribuía la firma Beauchamps, de París; aunque en París, “lechuga” (la verdura, la lechuga de la ensalada) se dice laitue. Era un cosmético muy requerido como suavizante del cutis. Las imitaciones posteriores, hijas bastardas de la original, también se llamaban Lechuga y circularon hasta hace poco. Venían en unos envases redondos de lata, y por lo general eran una porquería: todo el mundo sabe que para sacarse las verrugas, lo mejor siempre es acudir a una curandera.

3.- El lustre distinguido necesario pa’ triunfar. Disimulado en los ambages de la retórica, haciendo uso y abuso de complicados tropos al servicio de la malicia, ciertos tangos escondían marcas registradas. Uno de ellos, Dos en uno, de Rodolfo Sciammarella y Enrique Cadícamo, aparenta hablar de un señor mujeriego, juerguista y, a fin de cuentas, digno de admiración. Pero en ciertos versos se deslizan frases sospechosas: “con todo ese brillo, quién no se va a encandilar”; “el lustre distinguido necesario pa’ triunfar”; “al fajar una lustrada, cómo cambian su pobreza y se ponen a brillar…” En realidad, “2 en 1” era el nombre de un producto cuyas propiedades son las que Cadícamo asignaba al personaje del tango. La dedicatoria de la partitura despejaba cualquier resto de duda: “A los oyentes de Radio Buenos Aires, en la audición de la Pomada del Hogar 2 en 1”. Este tango lo grabó Gardel el 12 de agosto de 1929. Como curiosidad adicional, puede consignarse que en una de sus tomas se escucha la rotura de una cuerda de guitarra.



© 2011, Héctor Ángel Benedetti

martes, 13 de septiembre de 2011

Viejas postales de cosas que ya no existen





I.- Los Portones de Palermo
Estuvieron desde 1875 frente a la plaza Italia. Por ellos se accedía al parque Tres de Febrero, por la avenida Sarmiento. Fueron demolidos en 1917.







II.- La Villa Lago Epecuén
Importante balneario termal a unos kilómetros de Carhué. Las primeras instalaciones fueron durante la década de 1920. Arrasado por una inundación en noviembre de 1985, no se lo reconstruyó.






III.- El Canal del Norte
Faraónico canal artificial navegable, que uniría a Junín con la costa del río Paraná a la altura de Baradero, pasando por Chacabuco, Salto y Arrecifes. Fue en gran parte construido a partir de octubre de 1904; pero las obras se suspendieron en 1909 y se cancelaron definitivamente en 1911.








IV.- La Piedra Movediza de Tandil
La roca, que pesaba cerca de 300 toneladas, cayó del cerro La Movediza, donde había estado balanceándose por siglos, el 29 de febrero de 1912.










V.- La Gruta de Plaza Constitución
La extraña obra conocida como “La Gran Rocalla” (cuya historia ya hemos desarrollado en este mismo blog en marzo de 2011) se inauguró en 1887 y fue eliminada del paisaje porteño en 1914.










VI.- La Zanja de Alsina
Casi 400 km de largo tuvo este sistema de fosas y fortines, que iba desde Italó (sur de Córdoba) hasta Nueva Roma (al norte de Bahía Blanca) para defensa contra ataques indígenas. Comenzó a tenderse en 1876. Con el correr de los años, la erosión y algunos rellenos prácticamente la borraron del mapa.










VII.- El dirigible LZ-127 Graf Zeppelin
Había visitado a la Argentina el 30 de junio de 1934. Este dirigible alemán voló exitosamente entre 1928 y 1937; en 1940 fue desguazado para aprovechar el aluminio como material de guerra.










VIII.- El ferry-boat Lucía Carbó
Buque diseñado para cruzar los trenes entre Zárate (provincia de Buenos Aires) e Ibicuy (Entre Ríos), el “Lucía Carbó” fue botado en 1907 y prestó servicios hasta la inauguración del puente Zárate-Brazo Largo en 1979. En 1990 fue radiado.










IX.- La Aduana de Taylor
Estuvo detrás de la Casa de Gobierno. Inaugurada en 1857 y derribada en 1894. En su lugar hoy está el Parque Colón.











X.- El Mercado Central de Frutos
Fue la barraca más grande del mundo. Estaba en Avellaneda. Su construcción comenzó en junio de 1887 y funcionó hasta 1963; tras su cierre, todo el conjunto fue demolido. Hoy casi no queda rastro alguno de que alguna vez estuviera allí.









© 2011, Héctor Ángel Benedetti