sábado, 22 de mayo de 2010

El Cometa del Centenario

En la Argentina lo pronunciaban Ha’lei (= Jálei), pero no era la forma ideal. En realidad, la fonética del nombre Halley es motivo de controversia, admitiendo principalmente tres posibilidades: Jali, Jeili y Joli. Nigel Calder, autor del libro The Comet Is Coming: The Feverish Legacy of Mr. Halley, hizo una interesante comprobación: llamó a los dieciséis Halley de la guía telefónica de Londres, preguntándoles cómo pronunciaban su propio apellido. Tres se negaron a contestar; el resto afirmó que lo correcto era Jali, aunque uno tenía un hermano que se hacía decir Jeili. Esto dicta una tendencia, pero lo cierto es que se desconoce como lo hacía el mismísimo Edmond Halley (1656-1742), el astrónomo inglés con quien comienza esta historia.

La epopeya del cometa de Halley es bien conocida. Naturalmente, no fue Sir Edmond quien lo descubrió, pero sí fue el primero en darse cuenta que los cometas de 1607 y de 1682 eran el mismo y que —yendo hacia atrás— también lo habían sido el de 1531 y el de 1456. Gracias a sus ecuaciones comprendió que los cometas no iban y venían en líneas rectas, como postulaba Kepler, sino que describían órbitas elípticas; y predijo que este objeto volvería a presentarse en 1758. Tenía razón, aunque no vivió para verlo.

A partir de entonces, dicho cometa (cuyas visitas se venían registrando desde el año 87 d. C. sin que nadie se percatase de que era siempre el mismo, que regresaba cíclicamente) comenzó a llevar el apellido de su eminente calculista. Después de 1758 regresó en 1835. Y prometía hacerlo en 1910…

…Pero aquí conviene recordar que la aparición de un cometa en el cielo nunca fue un fenómeno gratuito. Desde la Antigüedad más remota los cometas sembraban en la gente toda clase de temores, adjudicándoles pestes, locuras, crímenes, muertes de príncipes, caídas de imperios y cualquier otra calamidad. La presencia del comenta en pleno siglo XX no fue la excepción, aunque una época tan vertiginosa por sus avances exigía que esta superchería se disfrazase por lo menos bajo una máscara pseudocientífica. Solo así podrían justificarse en 1910 los disparates hijos de una superstición de tres milenios.

Esta vez el principal motivo de inquietud era la noticia de que la Tierra pasaría a través de la cola del cometa, quizá provocado nuestra total destrucción.

Los astrónomos se cansaron de advertir que semejante cruce no era en absoluto motivo de alarma. Y que durante el siglo XIX las colas de otros dos cometas habían atravesado el planeta sin consecuencia alguna. Y que tan leve era la cola del Halley, que sobre la Tierra dejaría las mismas huellas que el aliento de un bebé al paso de un ferrocarril a toda máquina.

Sin embargo, todo se complicó cuando se supo que los científicos habían descubierto gas cianógeno en la cola del cometa de Morehouse, que había pasado en 1908. Un gas venenoso. De nada sirvió aclarar que este gas se encontraba tan diluido que su contacto con la atmósfera terrestre sería menos que imperceptible: igualmente no pudieron evitar la proliferación de las teorías más absurdas (por ejemplo, que el aire mismo “iba a estallar”) ni que se multiplicaran los anuncios de un próximo Día del Juicio. Para colmo, el gran sabio Flammarion estaba de acuerdo con esta postura apocalíptica, y ¿cómo podría equivocarse un sabio tan importante?

Quienes sacaron provecho de este revuelo fueron los iluminados que, entre profecía y profecía, vendían escafandras protectoras, píldoras “anti-cometa” y manuales para salvarse del fin del mundo. Sin embargo, debe desterrarse la idea de una psicosis colectiva, con gente encerrándose bajo siete llaves o suicidándose en masa. No se vio nada de eso ni en la Argentina ni en ninguna otra parte del mundo. La prensa local insistió con decir que en el país hubo casi 430 suicidios por miedo al cometa, pero a la luz de las pruebas solo pudieron verificarse cuatro casos reales de suicidio y, en rigor, de ninguno podía afirmarse taxativamente que fuese por culpa del Halley.

Algunas revistas de la época se divertían en vincular al visitante celeste con episodios políticos o picarescos. Puede decirse que en la sociedad porteña el clima general era más bien de escepticismo, aunque todavía se guardaba algún discreto recelo en determinados estratos culturales. Estos eran, desde luego, los principales consumidores de aquellos peregrinos elixires anticometarios.

El 18 de mayo de 1910, coincidiendo con la llegada de la Infanta Isabel al puerto de Buenos Aires, el Halley estuvo en conjunción inferior; es decir, alcanzó el punto más cercano entre el Sol y la Tierra. En la madrugada del 19 fue cuando mejor se lo pudo observar, llegando a desplegar una hermosa cabellera sobre el horizonte. A partir de entonces comenzó a alejarse, siguiendo su prolongado viaje elíptico que recién volvería a acercarlo en abril de 1986. Noche a noche fue haciéndose cada vez más tenue en el cielo, hasta que ya no se lo vio más y la Humanidad respiró aliviada. Para el 25 de mayo —la principal jornada de los festejos por el Centenario— el cometa solo era visible con telescopio.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti

1 comentario:

Anónimo dijo...

hay una canción de Virus que dice "llego volando, línea roja sobre ti, cometa Halley, cópula y ensueño..." que obviamente es de mediados de los 80. Nos vemos!!!
Fernando