viernes, 3 de septiembre de 2010

Breve historia de la Cruz del Sur


Tuvieron los griegos de la Antigüedad alguna preocupación por las constelaciones, pero no llegaron a ver entera a la Cruz del Sur. Conocieron, sí, a su vecino Centauro; aunque solo en parte: la precesión de los equinoccios ya había arrastrado por debajo de su horizonte a las estrellas más australes, y en todo caso una cruz no tenía para ellos la riqueza simbólica que gozaba en otras culturas. Eratóstenes de Cirene describió un “Animalillo”, sin mayores datos, a quien Quirón (el Centauro) sostenía en actitud de ofrendarlo a un altar (Cataterismoi, 40). Ni el animalillo ni el altar eran la Cruz. Ptolomeo, en el siglo II, conoció el grupo y lo puso en su Almagesto; pero continuó sin enterarse de su forma de cruz.

La Edad Media no era una buena época para hallar cruces en el Cielo —bastantes había ya en la Tierra— aunque es curiosa cierta memoria imprecisa que se guardaba sobre nuestra constelación, quizá por transmisión de los árabes o por el relato de algún intrépido que había conseguido volver del sur. Creyó verse la Cruz en un pasaje del Dante, a comienzos del Purgatorio: I’ mi volsi a man destra, e posi mente / all´altro polo, e vidi quattro stelle / non viste mai fuorchè alla prima gente. / Goder pareva il ciel di lor fiammelle / Oh! settentrional vedovo sito, / poichè privato sei di mirar puelle! (Commedia, Porgatorio, I, 22-27). Dante, que no era hereje pero le agradaban los símbolos, bien podía estar haciendo una alegoría (¿de cuatro virtudes?); sin embargo, es sobresaliente que las estrellas sean cuatro, que estén ubicadas en el otro polo, que solo hayan sido vistas por “la primitiva gente”, y que el Septentrión ya no pudiera gozarlas.

Pudo haberla visto Marco Polo según se deduce de una confusa descripción de Pietro de Albano; pero para mayores precisiones habría que esperar hasta el descubrimiento de América y los viajeros que, como Vespucci y Magallanes, se aventuraron más al sur. Vespucci se ensoberbeció de hallarla en su viaje de 1501 y la reportó en un mensaje a Lorenzo de Pier Francesco de Médicis. Pigafetta, cronista del viaje de Magallanes, habló de ella veinte años después: Estando en alta mar descubrimos al Oeste cinco estrellas muy brillantes, colocadas exactamente en forma de cruz. Así lo anotó en enero de 1521. Pigafetta la describe a la salida del cabo de las Once Mil Vírgenes (lat. 52º); pero, teniendo en cuenta el derrotero de Magallanes, en realidad tuvo que haberla visto mucho antes. Y con respecto a la quinta estrella que menciona, ¿a cuál se refiere? Las de mayor intesidad son, fuera de toda perplejidad, cuatro. Al decir cinco, o bien incluyó a otra que forma parte de la constelación (pero no entra en la forma de cruz), o bien a una del Centauro que “prolonga” su eje mayor.

La ubicación de la Cruz en el firmamento austral fascinaba a los marinos y les era de providencial ayuda: nuestro hemisferio sur carecía de una estrella polar, y la Cruz les marcaba cómodamente el rumbo. La llamaron “del Sur” en parte por su representación obvia y en parte por buscar un reflejo con la Cruz del Norte, que es el otro nombre que recibe la constelación del Cisne. El florentino Andrea Corsali la había mencionado en 1515 llamándola “Cruz Maravillosa”.

Para los navegantes españoles y portugueses simbolizaba la conversión al Cristianismo de los indígenas.

Pero los mapas, ricamente dibujados, seguían sin notarla. En el de Petrus Apianus (1540) no figura; tampoco en el globo de Jacob y Arnold van Langren (1589) ni en el planisferio de Thomas Hood (1590). Emerie de Mollineaux la incluyó (¡por fin!) en una esfera de 1592, y ya a comienzos del siglo XVII aparecía en todas las cartografías, con distintas denominaciones: Crosiers, Crux, Crucero, Cruzero...

El astrónomo alemán Jakob Bartsch la separó definitivamente del Centauro en 1624. Algo más tarde, cuando fue necesario parcelar la bóveda para estudiarla con mayor comodidad, la Cruz del Sur tuvo el extraño privilegio de ocupar la porción más pequeña de todo el espacio celeste.

Mientras tanto, América aún estaba libre de verla como una cruz. Por ejemplo, los mocovíes del Gran Chaco se figuraban una escena de caza, con unos “perros” (ipiogo, en su lengua) persiguiendo a un “avestruz” (amnic). Los perros serían ciertas estrellas del Centauro, y el avestruz la Cruz del Sur (Robert Lehmann-Nitsche, Mitología sudamericana, VII: La astronomía de los mocoví, en Revista del Museo de La Plata, XXVIII, 1924). Los chiriguanos de Bolivia, por su parte, también percibían un avestruz (al que llamaban yandu), pero de manera más amplia: las cuatro estrellas características de la Cruz serían sólo la cabeza, y algunas del Centauro harían de cuello (Lehmann-Nitsche, Mitología sudamericana, VIII: La astronomía de los chiriguanos, íd.). Los warao del Brasil veían un pavo tutor de los niños recién nacidos, hostigado por dos cazadores (Alfa Centauri y Beta Centauri). La creencia en el pavo como la más prolífica de las aves es común a varios pueblos americanos. Mucho al sur encontramos a los mapuche, pero no es sabido a ciencia cierta cómo la interpretaban. Ni siquiera su nombre se ha fijado con confianza. Hueluhuichrau, Melirito y Melipal pasan por sinónimos, pero no lo son. Personalmente confío más en los dos últimos, ya que Melirito es “cuatro enfrente” (“enfrente”= el cielo) y Melipal es “cuatro estrellas” (Esteban Erize, Mapuche, III, 1987). Algunos imaginaban la huella de un ñandú. Este se encontraba a punto de ser alcanzado por unas boleadoras, a las que veían tendidas en tres estrellas del Centauro.

La fotografía de abajo a la izquierda fue realizada por el Prof. Jorge Coghlan, del observatorio CODE de Santa Fe. https://sites.google.com/site/astrofotografiacode (¡muchas gracias...!)

© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 20 de agosto de 2010

Esepo, río de Frigia, a través de JLB

Por sus características, el cuento “El inmortal”, de Jorge Luis Borges, es una fuente rica para la búsqueda de referencias en Homero. Ya se trató en este blog la leyenda del perro Argos y su espera paciente (junio de 2010). Hay varias otras en el cuento. Un párrafo, por ejemplo, remite a la geografía homérica:

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: Los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo.

Las “palabras griegas” a que hace alusión Borges están ubicadas en la Ilíada (II, 819-827), en el momento de describir el ordenamiento de cada ejército con sus príncipes:

De los dardanios era jefe Eneas, el noble hijo de Anquises,
a quien por obra de Anquises alumbró Afrodita, de casta de Zeus,
la diosa que había yacido con un mortal en las lomas del Ida.
No estaba solo, pues con él estaban dos hijos de Anténor,
Arquéloco y Acamante, expertos ambos en todo tipo de lucha.
Y los que habitaban Zelea en las estribaciones del Ida,
los opulentos troyanos que bebían la negra agua del Esepo.
De éstos era jefe el ilustre hijo de Licaón,
Pándaro, a quien el propio Apolo había dado el don del arco.


Pero ¿cuál era el río Esepo?

Se trataba del antiguo nombre de un río de Frigia, en el Asia Menor, casi paralelo al Granico y, como este, tributario de las aguas de la Propóntide (Mar de Mármara). En una de sus orillas se alzaba la ciudad de Zelea que menciona Homero, y no demasiado lejos, sobre la planicie del río Escamandro, lucía su esplendor Ilio (Troya). Hoy, el río —que corre bajo dominio turco— es designado como Gönen.

Ida, que albergara a Zelea en una de sus estribaciones, alcanza cerca del Esepo su altura máxima: unos 1.774 metros. Este monte recibe en la actualidad el nombre de Kaz Dagi.

Eneas es la cabeza del ejército de los provenientes de Dardania, fundada por el propio Zeus al nacer Dárdano. Homero insinúa la genealogía de la familia real de Troya en al comienzo de la selección (II, 819-821):

[…] Eneas, el noble hijo de Anquises
a quien por obra de Anquises alumbró Afrodita, de casta de Zeus,
la diosa que había yacido con un mortal en las lomas del Ida.


Pero esta prosapia aparece mejor expuesta más adelante, en el canto XX, a partir del verso 215. El relator es el propio Eneas, donde declara que desciende de la línea Zeus – Dárdano – Erictonio – Tros – Asáraco – Capis – Anquises.

En cuanto a los aliados de Eneas citados por Homero, de Arquéloco y de Acamonte no se tienen más noticias que las reportadas por la Ilíada; en cambio Pándaro, el proveniente de Zelea, figura también en Apolodoro, en Higinio, en Dictis de Creta y en Virgilio.

En su poema, Homero vuelve a mencionar al Esepo en otras tres oportunidades (IV, 89-91; VI, 20-22; y XII, 17-23):

Encontró al intachable y esforzado hijo de Licaón de pie,
rodeado por las esforzadas filas de los escudos guerreros,
las huestes que le habían acompañado desde el cauce del Esepo.


Euríalo despojó a Dreso y a Ofeltio.
Y fue tras Esepo y Pédaso, a quienes en otro tiempo la ninfa
de las aguas Abarbárea alumbró por obra del intachable Bucolión.


[…] entonces Posidón y Apolo tomaron la resolución
de asolar el muro, concentrando en él el ímpetu de los ríos
que desde las montañas del Ida fluyen al mar:
el Reso, el Heptáporo, el Careso y el Rodio,
el Granico y el Esepo, el Escamandro, de la casta de Zeus,
y el Simoente, donde muchos escudos, despojos de bueyes y yelmos
habían caído en el polvo a la vez que la raza de los semidioses.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 13 de agosto de 2010

La torre del matadero

El lago Epecuén, que de tanto en tanto verificaba algunas grandes crecidas, en 1985 desbordó descontroladamente. Poco difundida entonces resultó la noticia de una familia entera (un trabajador rural, su esposa y sus dos hijos) que fueron encontrados sin vida encerrados en lo alto de la torre de un matadero. Todo indica que acudieron a buscar refugio, pero se desconoce la causa de sus muertes. Las imágenes del pueblo entero bajo las aguas pusieron en un segundo plano a esta tragedia, que a decir verdad ni siquiera fue investigada con seriedad y que solo dos o tres diarios recogieron escuetamente. Lo que sigue es un testimonio espontáneo vinculado con este hecho, que bajo el título “Declaración” apareció traspapelado unos años después dentro de un expediente en los tribunales de La Plata. Sus formas son más literarias que judiciales; intuimos por ello que quien lo presentó no tuvo asesoramiento legal, sino que lo redactó por cuenta propia.


Me llamo Pablo Lowe. Mis abuelos provenían de Irlanda; esto, para los paisanos de Epecuén, era lo mismo que ser inglés. En vano mi familia se empeñaba en demostrarles su tradición católica y el antiguo rencor por Britania: mi padre, el primer Lowe argentino, debió resignarse a que lo llamaran “el inglesito”, y más adelante no faltó quien le echase en cara algunas prácticas imperialistas que nada tenían que ver con su ascendencia. Para la época en que nací (1912) los Lowe ya eran terratenientes; la prosperidad les permitió darnos a mi hermano y a mí una educación cuidadosa. Me enviaron a Buenos Aires a estudiar abogacía, pero por la rebeldía atávica de mi sangre torcí el rumbo y no sin disgusto de los míos terminé recibiéndome de arquitecto, profesión que todos consideraron inútil para administrar los campos que, se suponía, alguna vez habría de recibir.

Fue durante la gobernación de Fresco que obtuve mi primer trabajo: me designaron asistente de Francisco Salamone, aquel excéntrico constructor de edificios tan monumentales como insólitos, enclavados en medio de la provincia. Pocos se acuerdan de él. Hizo enormes y futuristas palacios municipales para pueblos que no tenían más de dos mil habitantes; diseñó plazas fantásticas y pórticos de cementerios desproporcionadamente grandes, solo para conseguir un efecto dramático. Una especialidad suya fueron los mataderos, igualmente imponentes, con innecesarias torres de estilo entre expresionista y art decó. En realidad no eran tan descomunales, pero Salamone trabajaba mucho con líneas verticales y contra fondos despojados; teniendo en cuenta nuestro ángulo bajo de visión, en conjunto ofrecían un aspecto más grande de lo que eran.

En el segundo lustro de los años treinta hicimos uno de estos mataderos en las afueras de Adolfo Alsina, hoy llamada Carhué; es decir, en una zona que me era absolutamente familiar. El proyecto del matadero incluía una torre cuya punta era semejante a la hoja de una cuchilla. Yo no era quién para opinar, pero me llamaba la atención la rapidez con que se construía no solo el matadero, sino todo lo que el gobierno encargaba a Salamone.

“Lowe”, recuerdo que me dijo cierta vez; “usted es muy joven y ya tendrá tiempo, pero póngase en mi lugar. Fresco no será eterno, y el día que lo echen nadie va a querer proseguir con estas obras”.

Y tenía razón: en marzo de 1940 se terminó, abruptamente, el ciclo.


* * * * *


Muy avanzada la construcción del matadero ocurrió un desagradable episodio. Durante varios días venía notando que uno de los peones, carhuense como yo, buscaba provocarme con pequeñas tonterías. Sin duda lo irritaba que un muchacho de apellido europeo, también de Carhué aunque notoriamente aporteñado, le diera órdenes. Vengaba su inferioridad con armas de niño; por ejemplo, cuando pasaba cerca suyo él hablaba imitando un acento inglés, o aludía a la ignorancia de los universitarios sobre cuestiones prácticas del campo, o en ruedas de mate fingía contrariedad por no tener whisky o té para ofrecerme. Harto de sus imbecilidades, una tarde hice valer mi posición y lo expulsé de la obra. Sus compañeros guardaron silencio y quizá hasta me aprobaron, pues era aquel un sujeto molesto para todos.

Pero al día siguiente estaba de nuevo en el obrador, empujando una carretilla. Lo había reincorporado el propio Salamone, quizá sin comprender que así menoscababa mi autoridad ante los demás. Mordí la rabia que sentí en ese momento y continué en lo mío. Por fortuna las chanzas no se reiteraron; el hombre, después del susto, había vuelto amansado a su trabajo de albañil.

Con el correr de los días fui quitando toda importancia al asunto y, aunque no nos dirigimos una sola palabra, di por terminada la historia.

Apenas concluida la extraña torre del matadero de Salamone, hubo en mi casa una fiesta de cumpleaños. Fue la noche de la gran tormenta. Bebí de más, supongo que por primera vez en la vida; reía por cualquier cosa y esa lluvia de afuera no era sino “la bendición de Dios”, aunque a pocos kilómetros todo estuviera inundándose. Ni hace falta que diga que hoy me arrepiento de semejante irresponsabilidad; en ese entonces no lo pensé, porque el festejo y el vino me impedían razonar.

A las dos de la mañana sentí que gritaban mi nombre desde afuera y, obnubilado como estaba, me asomé a la galería. Bajo la lluvia fuerte, en medio de la negrura y fugazmente visibles cada vez que un rayo alumbraba las nubes, estaba el peón que antes me provocara, con su esposa y los dos hijos. A los tumbos corrí hasta ellos: estaban desesperados.

“¡Lowe, necesitamos que nos ayude, está todo tapado en el puesto de Celay, queremos ir al matadero, Lowe!”

No entendí muy bien. Insistieron.

“¡Lowe, la torre, ahí no va a llegar el agua, llévenos hasta el matadero…!”

Aún borracho me daba cuenta que eso era una locura, y con balbuceos y gestos le ofrecí que se quedasen en casa.

“¡No, Lowe, mi familia solo va a estar segura arriba, en la torre, por favor llévenos!”

Mis padres estaban igual de asustados ante lo desencajado del peón y el miedo de su esposa y los niños, pero trataban de calmarlos.

“No vamos a poder con el Ford”, les dijo mi hermano; “el camino está imposible, pasen la noche acá. Si el Celay está inundado, seguro que el campito del Alpataco también; ese camino se corta con la menor llovizna, imagínese cómo estará hoy”.

El peón no atendía a las palabras de mi hermano, estaba fuera de sí por el terror y continuaba dirigiéndose a mí; yo ya los veía borrosos.

“¡Lowe, por favor, alcáncenos hasta Epecuén, al matadero, ahí es alto!”

Toda esta situación no había logrado despejarme; seguía mareado.

“¡Lowe…!”

Pero este grito fue lo último que recuerdo, porque sentí que todo giraba en torno de mí, y caí desmayado.


* * * * *


Desperté hacia el mediodía. La tormenta continuaba. Pregunté por el peón y su familia: se habían ido sin guarecerse en la casa. Una culpa me rondaba: la de no haber insistido para que se quedasen; incluso por la fuerza, pues obligándolos a pernoctar con nosotros hubieran estado mucho más seguros que dejándolos marchar por el campo con ese clima.

Aquella lluvia pertinaz, que duró una semana entera, nos impidió seguir con los trabajos de terminación. El lago, mientras tanto, crecía. Todos en la estancia sabíamos muy bien lo que eso significaba. Aclaro que por nuestra ubicación los Lowe no corríamos riesgos, pero las noticias que traían los vecinos sobre lo que estaba pasando en las tierras próximas al Epecuén eran angustiosas. En dos días el agua ascendió peligrosamente; dos días más y entraba a las primeras casas; otros dos, y ya no se diferenciaban terrenos de caminos, pues el nivel estaba por encima de los alambrados. Pasó un mes y medio hasta que pudimos retomar los trabajos del matadero.

Esa mañana hallé muy perturbados a quienes estaban desde temprano; corrían de un lado a otro y pedían arrebatadamente que yo subiera a inspeccionar la torre. Ascendí presuroso, dando grandes zancadas. Al llegar al último peldaño lancé un grito, horrorizado; bajé corriendo y, como en la primera noche de la tormenta, otra vez sufrí un desvanecimiento. Sé que trajeron un médico que apenas conseguía despertarme por unos segundos, pues yo caía nuevamente dormido; sé que me trasladaron hasta la estancia y que costó mucho que volviese en mí por completo, porque continuaba venciéndome el recuerdo espantoso de haber encontrado al peón y a su familia, acurrucados contra una esquina, inertes desde hacía por lo menos tres semanas, con sus ropas en jirones como si hubieran sido atravesadas por cuchillas, las caras que empezaban a deformarse, aquel hedor penetrante y las ratas chillando alrededor.


* * * * *


Hoy, cuando ya han pasado casi cinco décadas, aquí en La Plata me entero por los periódicos que otra vez crecieron las aguas del Epecuén y que otra familia volvió a morir buscando refugio en la torre del matadero de Salamone. Si bien hace mucho que no piso Carhué, confieso ser el culpable de estas muertes; por si queda alguna duda: me refiero a las de 1985, no a las de mil novecientos treinta y tantos. En verdad no hubo inundación en aquel tiempo; nadie murió trágicamente, el matadero siguió impecable. En ese entonces la inundación y la familia que condené a morir solo estuvieron en mi delirio de borracho. Lo cual no rebaja ni en lo más mínimo la culpa que tengo, porque apenas es un detalle que en la realidad todo esto ocurra recién ahora, con otros protagonistas, cincuenta años después.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 30 de julio de 2010

Tiberio, segundo emperador de Roma

La historia que va a trenzarse
es la de un mentao varón
que otrora supo llamarse
Tiberio Claudio Nerón.

El primer emperador
fue Octavio, de apodo “Augusto”;
la mersa, por entrador,
vio en él un fulano justo.

Cuando el quía fue jovato,
en la primera ocasión
se piantó a la Quinta ‘el Ñato
sin hacer la sucesión.

Al no tener descendencia
a quien pasarle el laurel
hubo un problema de herencia,
y andá a cantarle a Gardel.

En medio de la tertulia
no había prole postulada.
Sólo una mina: la Julia,
pero estaba desterrada.

Desde el fondo del salón
se abrió paso un militar:
Tiberio, que en la reunión
de compadre entró a tallar.

El milico era famoso:
la Galia había gobernao,
en los Alpes fue brioso
y siempre andaba destacao.

Ante el fato medio trucho
Tiberio peló un papel:
—El patrón me quería mucho
y hasta me hizo hijastro de él
.

Mi viejo, por si no saben,
era Tiberio Nerón;
mi vieja, pa’ que no hablen,
era Livia. ¡Creanselón!


Livia, sí, que cuando viuda
y con vento que da gusto
pa’ sentirse copetuda
se casó con Don Augusto.


Si pa’ testar fue un mamerto,
¿hoy el trono es para quién?
Su yerno, Agripa, está muerto;
mi hermano Druso también.


Se dio un breve cotorreo
entre bandos adversarios:
—Muchachos, esto está feo;
nombrar jefe es necesario.


—¿Quién se supone que tiene
que conducir nuestro imperio?
—Yo ya sé lo que se viene,
vamo’ a ponerlo al Tiberio...


Pues de Augusto se sospecha
que a Tiberio había nombrao
como su mano derecha
en asuntos del Estao.

Nadie quiso responder
su derecho a coronarse,
pues siempre es bueno tener
columna ande ir a rascarse.

Hecha ¡al fin! la ceremonia
—allá en el año catorce—
vino un chisme de Panonia
telegrafiado con Morse.

En esa frontera ansiosa
se le habían sublevao
tres legiones numerosas
con mucho sueldo atrasao.

Tomó carta en el asunto
y a todos apaciguó;
garpó las deudas, y punto:
la “Pax Romana” volvió.

Con éste, su primer acto,
liberóse de un embrollo.
No olvidó de hacer un pacto:
“Apoyame, que te apoyo”.

Tiberio fue capo en Roma,
gobernó con mano dura;
y al venirse la maroma
reforzó su apoyatura.

Encanó a sus enemigos
y los mandó ajusticiar;
se pasó bien por los higos
la nobleza consular.

Decían que él era amarrete
con la guita del tributo;
los impuestos, ¡la gran siete!,
te ponían la jeta ‘e luto.

Pero muchos lo adoraban
por buen administrador:
en la Via Appia comentaban
que había lustre y esplendor.

Puso a varios de sus hombres
a someter la Germania
(el barrio cambió de nombre:
hoy todo eso es “Alemania”).

Allí mandó a su sobrino,
hijo de Druso: Germánico.
Popular éste se vino
y a su tío le entró el pánico.

Pues Tiberio bien sabía
que el trono en que se sentaba
si Germánico volvía
por ái se lo disputaba.

Por demasiado eficiente
sin herirle la autoestima
lo mandó lejos, a Oriente,
pa’ sacárselo de encima.

Él no estaba muy seguro
rodeao de conspiradores
y sintiéndose maduro
temió un puñal en su cuore.

Entonces se fue a vivir
a la isla e’ Capri, tranquilo;
y los nervios por sufrir
los calmó con té de tilo.

Pasó durante su mando
que en una apartada región
se la pasó predicando
un señor su religión.

De un Dios juró ser el hijo,
y a los suyos dieron pesto.
Suetonio, historiador, dijo
que su nombre era Cresto.

(Suetonio pifió de pleno,
y eso que había estudiao;
pues Cresto es, en griego, “bueno”,
mientras Cristo es “bautizao”).

En el año treinta y siete
Tiberio, anciano, espichó;
se duda si dio el rosquete
o si alguien lo despachó.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti.

viernes, 23 de julio de 2010

Lambert, el de los dos nombres

(Escrito por Guada Aballe para El Sextante de Hevelius).

Si hubo un personaje de la época Tudor que tenía la habilidad de meterse en problemas ese fue, sin duda, John Lambert. O Nicholson, su verdadero nombre.

Nacido en Norwich y educado en Cambridge, se ordenó sacerdote pero terminó haciéndose protestante. Comenzó en Norfolk teniendo problemas por leer libros prohibidos. En Antwerp, durante el tiempo que estuvo como capellán de los Merchants Adventures, hacía propaganda protestante. En 1532 Tomás Moro lo hizo regresar a Inglaterra.

Llevado a Lambeth bajo sospechas de herejía, tuvo que responder distintas cuestiones relacionadas con la fe. El Arzobispo de Canterbury, William Warham, se ocupó de salvarlo y lo llevó a su casa de Ortford. Muerto Warham, Lambert abandonó el sacerdocio para dedicarse a enseñar latín y griego a los niños.

Pero Lambert no podía estar sin meterse en líos. En 1535 fue llevado frente a Cranmer y Latimer porque había cuestionado el culto a los santos. Liberado de la cárcel un viernes, el sábado se presentó solito con intenciones de seguir la discusión. Preso otra vez un tiempo.

En otra ocasión, cuando el Obispo Taylor predicaba un sermón sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Lambert se acercó al púlpito e intentó iniciar un debate. Se le dijo que lo haga por escrito. Lambert cumplió y como su línea de pensamiento estaba cerca del reformador suizo Zwinglio, lo enviaron con Cranmer como hereje sacramentario… ¡y Lambert no tuvo peor idea que apelar al rey de Inglaterra!

Para Enrique VIII esto era algo nuevo: se le presentaba la oportunidad de presidir personalmente y en calidad de jefe de la iglesia inglesa un juicio de herejía. Aceptó gustoso.

El 16 de noviembre de 1538 se llevó a cabo el juicio en Westminster Hall con la presencia de una gran asamblea de pares temporales y espirituales. El rey hizo su entrada vestido todo de blanco. Enrique comenzó el juicio:

—¿Cuál es vuestro nombre?
—Mi nombre es Nicholson aunque soy llamado Lambert.
—¡Qué! ¿Tenéis dos nombres? No confiaría en vos teniendo dos nombres aunque fueseis mi hermano.

Lambert-Nicholson explicó que había cambiado su nombre para escapar a las persecuciones de los obispos, pero fue obvio que a Enrique no le gustó nada el temita de los dos nombres. Intentó Lambert elogiar al rey pero éste le contestó:

—No vine aquí para escuchar mis propias alabanzas, pintadas en mi presencia. Id al asunto sin más detalle. Responded en relación al Sacramento del Altar, ¿es el cuerpo de Cristo o no?

Lambert intentó dar una explicación al tema citando a San Agustín, pero el rey:

—No me respondáis con San Agustín, decidme claramente si es Él.
—Entonces digo que no.

Por espacio de unas cinco horas intentaron convencerlo para que cambiara de pensamiento, hasta que a Enrique le pareció suficiente y volvió a preguntar:

—Después de todos estos trabajos tomados con vos, ¿estáis satisfecho? Elegid, ¡viviréis o moriréis!
—Me someto a la voluntad de Vuestra Majestad.
—Encomendad vuestra alma a Dios, no a mí.
—Encomiendo mi alma a Dios y mi cuerpo a vuestra clemencia.
—Entonces debéis morir, no seré patrón de herejes.

Cromwell leyó la sentencia y Lambert fue llevado a la hoguera en Smithfield, de acuerdo con la ley, cuatro días más tarde.

En torno a este insólito hecho se conserva la carta que Thomas Cromwell le escribió a Sir Thomas Wyatt, que dice:

“El dieciséis del presente mes, la Majestad del rey, por reverencia al santo Sacramento del Altar, se sentó públicamente en su sala, y allí presidió la disputa, proceso y juicio de un miserable hereje sacramentario, quien fue quemado el veinte del mismo mes. Fue una maravilla ver cuán principesco, con cuán excelente gravedad e inestimable majestad, Su Majestad ejercitó el oficio de cabeza suprema de su Iglesia de Inglaterra; cuán benignamente Su Gracia intentó convertir al miserable hombre; con cuán fuerte y manifiesta razón Su Alteza argumentó contra él. Deseé que los príncipes de la Cristiandad lo hubiesen visto, indudablemente ellos se deberían haber maravillado mucho ante la más elevada sabiduría y juicio de Su Majestad y reputado a él de ninguna otra manera, después del mismo, como espejo y luz de todos los otros reyes y príncipes de la Cristiandad. Lo dicho fue hecho abiertamente, con gran solemnidad”.

© 2010, Guada Aballe

viernes, 16 de julio de 2010

Cisternas cegadas en una ciudad que olvida

Un acercamiento al libro Historias del comer y del beber en Buenos Aires, de Daniel Schávelzon (Aguilar)

I. - Episodio de Heliogábalo el Horrible. Mucho antes de muerto Rómulo Augústulo y con él el Imperio Romano, ambos a manos de los bárbaros, un emperador cuyas costumbres fueron insólitas aún para los cánones de la época amplió hasta un límite incomprensible los excesos que tanto escandalizarían, siglos después, a los biógrafos de Calígula, Nerón y Cómodo. Se llamaba Vario Avito Basiano y había sido proclamado en el año 218 con el nombre de Marco Aurelio Antonino. Pasaría a la historia como Heliogábalo, que era su nombre complementario y su distintivo como adorador del Sol, cumpliendo así con un rito de su familia siria que él mismo se encargaría de establecer en Roma.

No interesan tanto ahora los pormenores políticos de su gobierno (que ni a él mismo parecían interesarle), sino su vida cotidiana. Conocemos el retrato literario de Heliogábalo bajo la pluma de Antonin Artaud, pero el francés se entusiasma más por su degeneración que por su etiqueta.

Heliogábalo solía invitar a los siete hombres más gordos de Roma y tras algunas bromas que formaban parte del protocolo (como ser sentados en almohadones que se desinflaban de golpe, echándolos por los suelos), eran agasajados con un banquete que podía incluir arañas en gelatina, repostería con excrementos de león y comidas esculpidas en mármol, cristal o marfil. Rechazar estos manjares hubiera sido una descortesía inimaginable en Palacio.

Una vez, como parte del ceremonial, hizo derramar pétalos de rosa sobre los convidados. Tantos, que hubo algunos asfixiados.

Estos detalles aparentan ser insustanciales, pero pintan de alguna manera lo que podía ser la extraña usanza en la mesa en un período igual de extraño.

Con sabia justicia, la Guardia Pretoriana acabó con él a comienzos del año 222.


I. - El arte de la observación. No menos llamativas eran las costumbres de Buenos Aires quince siglos después de Heliogábalo. De la otra Buenos Aires; de aquella que con mejor objetividad describieran los viajeros en libros que resultarían, con el correr de los años, más verdaderos que las idealizadas láminas escolares.

O quizá no había tanta diferencia: la cuestión era saber mirar esas láminas. Los grabados de la época –estamos hablando de la Colonia y la traumática formación del Estado argentino– aportan hoy datos por demás interesantes para quien sabe interpretarlos. Un detalle agregado u omitido puede ser de magnífica importancia y hasta podría torcer cualquier suposición, por más fiable que esta parezca.

La cantidad de pruebas es abrumadora. Por ejemplo, gracias a una litografía de 1856 ó 1857 puede saberse que existió un monumento en la plaza Once de Septiembre, ya demolido y olvidado, pero que bien pudo ser el segundo erigido en estas tierras después de la Pirámide de Mayo. Los viejos planos de la ciudad revelan la existencia de algunos arroyos en pleno Centro (los llamados Terceros, uno de los cuales trazaba su maloliente cauce por lo que hoy es la calle Tres Sargentos). Y no faltan pinturas que nos muestran como era una botella de cerveza, un plato de cara vajilla o un aguamanil de la época de Rosas.

De esta manera nació, varió o cambió de raíz el concepto de lo cotidiano en el pasado próximo. La historia, aún escrita con tinta fresca, acusaba lagunas en las cosas más triviales; a todas luces, el nuestro era un pretérito imperfecto. Una pregunta banal, del tipo “¿cómo era una merienda en los años de la Restauración?”, era imposible de responder con mediana seriedad.

La arqueología urbana constató pacientemente cada una de las noticias que aportaban escritos y dibujos. Todo hallazgo era importante. Exhumar un vaso roto servía para reconstruir los almuerzos de antaño; una pipa de caolín devolvía la imagen entera del fumador.

El investigador Schávelzon, libro tras libro (La arqueología urbana en la Argentina, Arqueología e historia del Cabildo, los cuatro volúmenes de Arqueología histórica de Buenos Aires...), nos ha ido acostumbrando al redescubrimiento de estos módicos fragmentos del ayer, a las pequeñas monedas del tiempo que perduraron y se hicieron hallar para que hoy sepamos cómo vivían los personajes del diccionario de Muzzio o de las morosas biografías de Mitre.


III. - Heliogábalo en el Plata. Historias del comer y del beber en Buenos Aires es un libro de Schávelzon donde la mesa es el centro de enfoque y la excusa para una válida sorpresa del lector ante los rituales que exigían otrora las buenas maneras. Veamos un muestrario.

* Hacia 1810 el café con leche se tomaba del siguiente modo: se servía un platillo con una medida de azúcar (por supuesto sin refinar) tapada por la taza, mucho más grande que las que usamos hoy; se daba vuelta la taza, se volcaba el azúcar en ella y recién ahí el mozo echaba el café y la leche hasta rebalsar y llenar también el platillo. Mansilla cuenta que tomaba el café mezclado con huevos crudos batidos.

* Ver gauchos comiendo carne asada era una excepción, a pesar de lo que nos hicieran creer las películas y las canciones folklóricas. Hasta bien entrado el siglo XIX los paisanos preferían la carne hervida; una imagen difícil de digerir hoy. Schávelzon es contundente: la proporción entre ollas y parrillas era de siete a uno.

* Un refrigerio dulce, difundido ampliamente, era el “agua de panal”: un vaso de agua con un trozo de panal de abejas adentro. Pero igualmente podía beberse un refresco a base de azúcar y vinagre. Y en la región de Cuyo se comían como postre, hasta 1857, unas figurillas de cerámica que fabricaban las monjas clarisas de Chile. También en la corte de España se comía cerámica.

* Pichones de lechuza, huevos de tero, caldos con menudos de aves y fiambres de hígado de yegua parecen caprichos, pero eran bocados tan habituales como exquisitos.


IV. - Una lenta metamorfosis. Borges contó que en cierta ocasión fue censurado por su padre por comer achuras, a las que consideraba las partes más viles de la vaca. Este no era sólo un concepto vegetariano, sino una herencia del siglo XIX. Los mataderos tiraban las achuras, que rápidamente iban a recoger los más pobres de la ciudad. Quedó un reflejo de esta costumbre en la obra de Echeverría.

Y así como cambiaron los paladares, también se transformaron los modales de mesa, la mantelería, la vajilla. Lo que es corriente hoy, no lo era ayer; y viceversa. Por ejemplo, en la mesa colonial casi nunca se veía una botella. No era costumbre que se pusiera ahí.

Uno de los capítulos más llamativos del libro de Schávelzon describe el uso posterior de la vajilla. El autor jura haber hallado soperas empleadas como bacías para afeitarse y bacinicas convertidas en macetas. También se usaban porrones de ginebra para planchar, ladrillos calientes envueltos en trapo para poner en la cama en las noches de invierno, cazoletas transformadas en pebeteros y platos mudados en proyectiles para las guerras domésticas, práctica que aún se mantiene en muchos matrimonios.


V. - El Toro de Minos. ¿Cuál es el método de Schávelzon? ¿Con qué ojos ve más allá que el común de la gente y presenta tan vívidamente un cuadro cotidiano de hace más de un siglo? No vamos a exponer los fatigosos tecnicismos de la arqueología, pero podría decirse sin miedo a ser superficiales que la mayor información la obtiene de antiguos sumideros, pozos de agua anulados y rellenados con basura (cuyos distintos substratos dan noticias preciosas sobre los habitantes, sus épocas y sus hábitos) y, por supuesto, una abundante bibliografía de antaño, además de la iconografía hecha de láminas y fotos que se mencionó antes.

Buenos Aires dista mucho de ser un terreno virgen para la exploración arqueológica, pero lo cierto es que no siempre se ha empleado un método científico o el instrumental adecuado. La falta de recursos económicos y personal capacitado retrasó considerablemente esta disciplina, y la ignorancia edilicia atentó contra la conservación de nuestra propia historia. En trabajos anteriores, Schávelzon llamaba la atención sobre túneles supuestamente “misteriosos” que en la realidad no eran sino sótanos, sistemas de desagüe o depósitos de agua subterráneos.

Ante una investigación seria, toda aquella fantasía se apagaba. No había pasadizos secretos con restos de esclavos contrabandeados, ni mechones de las trenzas de los Patricios, ni esqueletos de monjas sodomizadas, ni cofres con fortunas fabulosas, ni corredores por donde hubiera podido huir Rosas.

Los estudios a conciencia de túneles, pozos y ruinas dieron un resultado desolador desde el punto de vista poético, pero abrieron el camino para una ciencia no menos sentimental: la arqueología urbana.


VI. - Juguete del tiempo. En Historias del comer y del beber en Buenos Aires, Schávelzon hace una lectura doble del pasado. Por un lado, la del Sr. Schliemann, romántico descubridor de Troya; por otro, la de Mr. Wells, capaz de viajar hasta ella a través del tiempo y entrevistar a Helena.

Schliemann necesitaba indicios y un método razonable; Wells, un artificio mecánico en una novela. Emparentado científicamente con el primero y artísticamente con el segundo, Schávelzon, para demostrar sus elucubraciones, precisa una cisterna cegada en una ciudad que olvida.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti.

viernes, 9 de julio de 2010

Se nos perdió un plesiosaurio

I. - De tanto en tanto reaparecen las imprecisas menciones de alguien que jura haber visto un monstruo de aspecto antediluviano en Loch Ness, Escocia. Las pruebas no pasan de una fotografía borrosa o del testimonio de un viajero circunstancial con patente de científico amateur, muy vehemente en sus dichos a la prensa sensacionalista. Pero esto no es propiedad exclusiva de la patria del whisky: también la Argentina posee aguas infestadas de bichos hermanados con el fabuloso Nessie. Todo el mundo sabe que en el lago Nahuel Huapi vive el Nahuelito; algo más al Norte, en el Caviahue, está el Caviahuito que ya aterrorizó a más de un lugareño; y hay quien afirma que a un paso de la Casa Rosada uno puede enfrentarse con el Reservito, simpático ictiosaurio de la Reserva Ecológica Costanera Sur.

Pocos se acuerdan de ello, pero hacia 1921-1922 hubo en el país otro monstruo antediluviano emergiendo de un lago patagónico (nuevamente el ambiente acuático: nadie denunció haberse topado alguna vez con un triceratops, un dinoterio o un ranforrinco). Fue el plesiosaurio que obsesionó al naturalista Clemente Onelli, y que quedó en el recuerdo de tres (¡tres!) tangos de la época.

II. - Todo aquel que recorra el Jardín Zoológico porteño y admire su parque y sus construcciones tendrá una melancólica deuda con Onelli, quien como director (lo fue desde 1904 hasta su fallecimiento) embelleció el paseo hasta hacerlo comparable con los mejores de Europa, confiriéndole a la vez un verdadero rango científico. Decía que allí era donde los animales estudiaban a los hombres.

Onelli nació en Italia en 1864. Graduado en la Facultad de Ciencias Naturales de Roma, viajó a la Argentina en 1889 para convertirse en el asistente de Francisco P. Moreno en el museo de La Plata. En el siglo XIX el rótulo “naturalista” implicaba el conocimiento de muchas disciplinas, y Onelli fue erudito en todas: antropología, biología, paleontología, geografía, zoología, botánica; incluso de materias que aún no estaban de moda, como la etnolingüística, la ecología, y más tarde la conferencia radiotelefónica y el documental cinematográfico (dirigió una película sobre la vida indígena en el siglo XVIII: El misionero de Atacama, 1922). Junto a Moreno exploró la Patagonia; en 1897 fue secretario general de la Comisión Argentina en el asunto de la demarcación de límites con Chile. Tenía una especial preocupación por la clasificación zoológica y a él se deben algunos de los más precisos estudios sobre ciertos ejemplares de la fauna andina.

III. - El aventurero norteamericano Martin Sheffield trajo a Onelli la noticia de un sensacional descubrimiento a orillas del lago Epuyén, en el territorio del Chubut: habiendo notado unas huellas extrañas, que parecían impresas por un animal gigantesco con aletas en lugar de patas, decidió seguirlas; las marcas se orientaban al lago, donde bien o mal llegó a ver una criatura grotesca, de cuerpo descomunal y obscenamente convexo, con un largo, fino y desproporcionado cuello rematado por una cabeza pequeña de cisne. El hallazgo se complementaba con algunos trozos de gruesa piel y excrementos acordes al tamaño de la bestia.

Onelli, recordando antiguas leyendas mapuches que hablaban de un monstruo habitando en los lagos de la región, concluyó que aquello era nada menos que un plesiosaurio. Movilizado por la existencia de una fiera antediluviana en plena Patagonia, organizó una expedición estimulada por un grupo de científicos del Amherst College de Massachussets, llegando a ser noticia en el prestigioso The Times de Londres. La expedición incluía un ingeniero, un taxidermista, una exigencia de la Sociedad Protectora de Animales para que el plesiosaurio fuese capturado vivo, unos cuantos baqueanos y, por las dudas, un campeón de tiro.

El 27 de marzo de 1922 los expedicionarios llegaron a San Carlos de Bariloche, y desde allí se dirigieron al Epuyén. En la lengua indígena, epuyén significa “dos estrellas”; y ambas debieron ser malas, porque aquellos hombres no hallaron al plesiosaurio, ni sus huellas, ni los trozos de piel, ni el interesante estiércol que informara Sheffield.

A propósito: este señor había desaparecido.

IV. - Blanco de muchas críticas tanto del ambiente científico como de los ciudadanos comunes, Onelli debió admitir que había sido objeto de una cruel humorada.

El tango aprovechó la ocasión: quedaron tres composiciones de aquella “fiebre del plesiosaurio”. Rafael D’Agostino y Amílcar Morbidelli fueron los autores de El Plesiosauro (“sauro” en lugar de saurio, respondiendo a una variante en la grafía de su nombre). El tango fue dedicado “al caballero Clemente Onelli y al amigo Manuel García”, tal como se lee en la carátula de la partitura.

Homónimo del anterior, de la misma época es un tango de Fernando Randle, mejor recordado por ser el compositor de Danza maligna, éxito en el repertorio de Azucena Maizani. Pero El Plesiosauro de Randle no tuvo el mismo impacto. Su partitura mostraba a la bestia como un aristócrata de chistera, polainas y bastón, fumando en pipa.

El tercero se llamó Ya lo traen al plesiosaurio, “tango antediluviano para piano” de Julio Fava Pollero. En su portada se ve la caricatura de Onelli intentando amarrar al plesiosaurio; este lleva sobre su lomo un cartelito que dice “Sea compasivo con los animales. Albarracín” (Ignacio Albarracín era el presidente de la Sociedad Protectora de Animales). Aunque Pollero tuvo una orquesta propia con la que hizo varias grabaciones durante 1927, este tango quedó sin registro fonográfico: el plesiosaurio ya había pasado de moda.

También había pasado Onelli, quien falleciera el 20 de octubre de 1924, tras descomponerse a bordo de un automóvil mientras regresaba de comprar carne para los animales del Zoológico.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti.