viernes, 27 de mayo de 2011

El norte, el sur

Fue en una milonga suburbana que me advirtieron sobre cierta rivalidad entre los estilos “del norte” y “del sur”. Quien más, quien menos, todos los bailarines han oído hablar de ella y son muchos los que reconocen que ambas corrientes están enfrentadas; alguien los ha aleccionado durante sus primeros pasos hasta conseguir que terminen inscriptos en uno u otro bando. He llegado a oír desprecios recíprocos, bastante crueles por cierto.

Desconozco las más elementales reglas de la coreografía, por lo que soy del todo indigno para opinar sobre esta cuestión de estilos; sin duda es por esta ignorancia que veo más o menos lo mismo en cualquier punto cardinal. Aún así me permito sospechar que no existe una clara definición de qué es el “norte” y qué es el “sur”; y nadie (que yo sepa) se ha preocupado por analizar el origen de semejante rencor.

Tengo delante de mí el mapa de la ciudad de Buenos Aires levantado en 1892 por Pablo Ludwig. Conviene esta antigualla porque es de la época en que florecían muchos lugares de baile. Pues bien; la orientación del plano sugiere que el cartógrafo ya tomaba como eje “natural” de la traza urbana a la Avenida de Mayo y su prolongación en Rivadavia. Así, en dirección al Plata todo es norte, mientras que hacia el Riachuelo todo es sur. El Retiro, Palermo, Villa Alvear, el partido de Belgrano: todo eso es norte. Sur sería San Telmo, la Boca, ambas Barracas, buena parte de San José de Flores, y una lejana Villa del Riachuelo que por su posición pareciera ser una “terra incognita”.

Reitero que esto corresponde a la última década del siglo XIX, cuando los bailongos estaban en plena consolidación. Y quizá fue entonces cuando se originó la diferencia entre norte y sur; sin que surgieran este, oeste, sudeste, nordeste, etcétera, por la sencilla razón de que en el complejo entramado porteño los otros ejes no aparecían tan claros.

Sin embargo, cabe preguntarse si en aquellos años para el baile existiría otra oposición además de la topográfica. Lamento no estar en condiciones de ofrecer una respuesta. En la actualidad puede apoyarse o denostarse a un bailarín diciendo de él que “baila como en el norte”, pero por norte hoy se entiende Villa Urquiza: en 1890 el norte ya eran las Catalinas, cuyos bailes no debían tener virtudes muy diferentes de los que estaban sobre la calle Alsina (estricto sur, si atendemos a esa línea divisoria que significaba la Avenida de Mayo).

Probablemente al principio era nada más que un tema de límites arbitrarios el hecho de que un baile fuera del norte o del sur. Tal vez la discordia llegó luego, en tiempos de una ciudad más expandida, cuando las idiosincrasias de cada barrio quedaron separadas por distancias más generosas.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 13 de mayo de 2011

Mi experiencia castrense

En 1987 llegó el momento de que yo hiciera el servicio militar. Recordemos que en aquel tiempo era obligatorio para nosotros, los varones de dieciocho años de edad; éramos reclutados por sorteo y luego, tras la revisación médica que certificaba nuestra aptitud, mediante un sistema de cupo variable éramos distribuidos entre las tres fuerzas armadas.

Si algo yo tenía en claro entonces, era que no quería ir a vestir un uniforme de fajina y andar haciendo saltos de rana, paso ligero y todo eso a lo que, por puro eufemismo, llamaban “instrucción”. Francamente no me veía montando guardias, ni limpiando el cuartel, ni saludando con la venia a un mero subteniente.

A medida que se aproximaba la fecha del sorteo para la conscripción, empecé a prestar atención a los comentarios de la gente mayor. Escuchaba tonterías tales como que allí aprendería “a ser hombre” (¿cómo, y qué había sido yo hasta entonces?), y que por fin iría a servir a la Patria (¿barriendo la comandancia?). La mayoría de los comentarios favorables hacia el servicio provenían, claro está, de personas que jamás lo habían hecho; o de viejos que ya tenían una visión deformada hacia el romanticismo. En todo caso, el sueño de cualquier pibe en su sano juicio era sacar un número de sorteo bajo. No sabíamos con precisión cuál era el límite, pero calculábamos que más o menos habrían de salvarse los que sacaran hasta el 400; de ahí en más, los primeros números se destinarían a infantería, los siguientes a aeronáutica y el resto a la marina.

La mañana que distribuyeron a la “clase 69” (es decir, a los nacidos en 1969) éramos muchos en el aula del colegio, reunidos con permiso del profesor en torno a una radio portátil. El locutor de la lotería primero decía la últimas tres cifras del número de documento de identidad (“número de orden”) y a continuación informaba lo que había extraído del bolillero (“sorteo”). A veces podía darse una situación confusa, con lo que se detenía el sorteo (el locutor decía “¡rectifico…!”), y se volvían a cantar algunos números.

Empezó el acto. Poco a poco se acercaba el turno de mi documento. Mi mala suerte habitual me hacía suponer que como mínimo habría de tocarme ser paracaidista en la Antártida. Ciertos compañeros iban cayendo víctimas del azar y otros festejaban tras verse favorecidos; la tensión era, en todo caso, insufrible. Algunos rezaban.

De pronto, quedé frente a frente con la verdad.

“Número de orden xxx
“Sorteo, 264”

¡Número bajo! ¡Me había salvado! Salí corriendo del aula anunciando la buena nueva a cada alumno, preceptor, profesor o directivo que encontraba. Una chica del bachillerato me abrazó y me dio un beso.

Sin embargo, faltaba una cosa más para dejar totalmente atrás esa pesadilla: la revisión médica y la firma del documento por la autoridad militar del distrito. Porque si bien no iría al servicio, de todos modos debía pasar por la revisación. Sin embargo, cuando fui a cumplir con el trámite (en la localidad de Ramos Mejía) me enteré que eran tantos los eximidos que ni siquiera hacía falta que me revisen.

Por eso, hoy no tengo interminables anécdotas del servicio militar para aburrir al mundo: toda mi experiencia castrense se limitó al día en que fui a que me estamparan el sello de “No Convocado”.

Aún así me quedó algo que contar: en la fila había un travesti, que iba para que lo exceptuaran. En 1987 esto era tan raro como hallar un gaucho en el Polo Norte.

Y ahora sí, definitivamente, luego de este episodio nada más tengo para decir de mi paso por el ejército.



© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 29 de abril de 2011

Breve colección de epitafios antiguos

Viminacio, Moesia superior, siglos II-III d. C.: “Cuando aún vivía Apolonio se hizo este sepulcro, conociendo el carácter olvidadizo de los herederos.”

En un mármol de procedencia desconocida, hoy en Atenas, siglo VI a. C.: “Contempla el sepulcro que guarda muerto a Cleeto, el hijo de Menesecmo, y compadécete: con todo lo bueno que era, murió.”

Ceos, siglos IV-V d. C.: “No es lícito que me saques fuera de mi morada.”

Escitópolis, Palestina, siglos II-III d. C.: “Adiós, vosotros que vais por el camino. Aquí yazco yo, Sosibio. «Adiós, Sosibio», repetid.”

Dáulide, Fócide, siglo III a. C.: “Solo esto es igual para todos los mortales: es voluntad de Zeus que todos mueran y abandonen la luz del sol. Si con plata u oro fuera posible comprar esto, ningún rico descendería al Hades.”

Roma, siglo II d. C.: “Yo, la tumba, me jacto de tener en mi regazo a la prudente Severa.”

Cícico, Misia, fecha desconocida: “Si alguien que no sea yo, Unión, deposita aquí a otro, pagará al fisco dos mil quinientos [denarios].”

Capadocia, siglos II-III d. C.: “Caronte, siempre insaciable, ¿por qué te has llevado de este modo al joven Andrón? ¿No habría sido igualmente tuyo aunque hubiera muerto en la vejez?”

Eritrea, siglos VI-V a. C.: “Aquí, oculto bajo la tierra, reposa Filón, un marinero cuya vida conoció pocas cosas buenas.”

Pireo, ca. 360 a. C.: “Lo que no es frecuente en una mujer, ser excelente a la vez que sensata, eso lo alcanzó Glícera.”

Roma, siglos II-III d. C.: “No era, llegué a ser. Era, ya no soy. Así de simple. Y si alguien dice otra cosa, miente: ya no volveré a ser.”

Cirene, siglos II-III d. C.: “No era y llegué a ser. No soy y no me importa.”

Janto, Licia, siglos I-II d. C.: “Amazona mandó erigir este altar con su propio dinero en memoria de su marido Víctor. Si alguien lo daña o desentierra deberá pagar al fisco quinientos denarios. Salud, caminantes.”

Pireo, siglos II-III d. C.: “Extremadamente veloz es la venganza de los muertos.”

Mitilene, siglos I-II d. C. (?): “Bajo el campo de Lesbos enterró Balbo a su perra, su servidora y compañera de viajes por el inmenso mar, y rogó que la tierra fuera liviana para la perrita que bajo ella yace. La misma gracia que otorgas a los hombres, concédesela también a los animales.”

Astipalea, siglo I a. C.: “No me traigáis de beber a este lugar: ya bebí cuando vivía. Ni de comer. Me basta con lo que tengo ahora. Todo eso es inútil. En memoria mía, y por la vida que pasé a vuestro lado, traedme azafrán.”

Roma, época de Augusto: “Esto es un campo, una casa, un jardín, una tumba.”



© 2011, Héctor Ángel Benedetti.

jueves, 14 de abril de 2011

Velódromos

Hubo una época en que ciclistas y bailarines compartieron el lugar para mostrar sus habilidades. Esto, a priori, puede sonar extraño; no lo es tanto si se tiene en cuenta que ambas aficiones coincidían en que eran prácticas de moda con una amplia convocatoria social. Alguien tuvo la feliz ocurrencia de que bicicletas y tangos coexistieran: los sitios eran adecuados, los concurrentes bien podían ser los mismos. Y de esta forma, hacia principios del siglo XX varios velódromos comenzaron a albergar, cuando finalizaba la hora de deporte, la hora de la danza.

El emblemático, el que todos los autores citan, fue el del Parque 3 de Febrero. Había sido concesionado a la Unión Velocípeda Argentina en diciembre de 1899. Su ubicación era a un paso de la estación Palermo (no la actual, sino otra, que ya no existe: la del Ferrocarril Norte de Buenos Aires, que para la época del velódromo ya estaba transferido al Central Argentino), muy cerca del célebre Hansen; y tenía una impresionante capacidad para dos mil personas disputando carreras y otras dos mil alentándolas. Después de la medianoche entraban los músicos: Bazán y Firpo entre ellos, que con un toque de clarín (eso dicen) daban comienzo a la velada.

Pero su fama como lugar de baile duró bien poco: tenía un permiso municipal para ello, pero era un permiso otorgado en forma precaria y a nombre de una entidad cuya personería jurídica pronto expiró. Quien se hizo cargo de las instalaciones no pudo demostrar que los papeles estaban totalmente en regla, y el local terminó clausurado en 1908 luego de muchas recomendaciones de que esto fuese efectivamente cumplido, pues parece que allí se armaban unos batifondos terribles. Al velódromo no iba la runfla de los bailes más modestos; pero es evidente que los desórdenes tenían el mismo calibre en todas partes. Véase al respecto el notable estudio de Hugo Lamas y Norberto Binda: El tango en la sociedad porteña, 1880-1920 (Buenos Aires, 1998).

Otro velódromo porteño donde también se armaron milongas fue el que estuvo en Las Heras y Lafinur, cerca del actual Jardín Botánico. En ocasiones se lo ha confundido con el anterior; este era otro: cercano, pero otro. Entre 1926 y 1938 se lo adaptó para matchs de boxeo y fue llamado Parque Romano (luego Norte); el edificio acabó demolido en 1973.

Hubo aún otro velódromo más con pista de baile junto a la de ciclismo: como tal lo cita el trabajo del Instituto Nacional de Musicología Carlos Vega (Antología del Tango Rioplatense: Desde sus comienzos hasta 1920, Buenos Aires, 1980). Fue el Belvedere, sobre avenida Alvear 581-599.

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 1 de abril de 2011

Informe: Imaginería en el cementerio de Tandil

La referencia más temprana de dos amuletos extraviados dentro del cementerio municipal de Tandil figura, inesperadamente, en un cuadernillo cuyo tema es la toponimia regional. Se ignora el autor; son treinta y dos páginas impresas en octavo mayor por la casa La Provincia, de Blas Grothe, en 1918. Fuera de la inclinación del cronista anónimo por la etimología thavn-lil (“piedra que late”) y de una buena descripción del manantial de Gardey, lo más llamativo del folleto es el testimonio de estas imágenes; el paciente y metódico interrogatorio a ciertos volúmenes prácticamente olvidados en la Biblioteca Rivadavia pueden complementar la información. Otra fuente, tan importante como dudosa, es el testimonio de los vecinos. Al respecto, poca gente menor de cincuenta años oyó hablar de la cuestión; los mayores apenas guardan un recuerdo nebuloso y distanciado. Más que una historia apócrifa, parece ser una historia velada.


Todos coinciden en los detalles básicos. Cada amuleto representa un esqueleto, quizá no en las proporciones adecuadas. Miden alrededor de cinco centímetros. Están tallados en mármol, con la reverencial paciencia que refleja su fino acabado y su lustre piadoso. Surge de inmediato la comparación con el famoso San La Muerte venerado en la zona de Corrientes; pero salvo unas escasas analogías de forma y tamaño, poco guardan en coincidencia. Por ejemplo, nunca se alude a un preso que esculpe, resignado, en la soledad nocturna de su celda. Tampoco se menciona una bendición clandestina en Viernes Santo, ni la plegaria de un desesperado peón de campo que invoca su fuerza de payé. Estas figuras carecen del fervor provinciano por el santoral no reconocido; están en el cementerio porque sí, porque tienen que estar, obedeciendo a una ley inescrutable. El imaginero anónimo concibió a uno de los esqueletos en mármol blanco y al otro en mármol negro. La adjudicación de poderes a partir del color pareciera tener escasa importancia, porque mientras algunos dicen que el blanco es benéfico y el negro es maligno, hay quien afirma que ambos son idénticamente nefastos. No llevan la guadaña característica de las alegorías de la Parca; tienen, en cambio, una minúscula argolla metálica, herrumbrada ya, adosada a cada calavera. En estos aros aún se perciben grabados unos caracteres hebreos: la letra shin corresponde al esqueleto blanco, la kof está en el negro. Esto indujo a creer que deberían existir, en realidad, tres esqueletos; tarde o temprano aparecería el faltante, llevando en su anillo la letra resh. (En el Zohar, o Libro del esplendor, se lee que shin, kof y resh están asociados para formar la palabra shéquer [mentira]. Aunque shéquer es anagrama de késher [nudo], lo que iniciaría una larga discusión cabalística.)


El poder de estos amuletos surge tan solo con encontrarlos, no requiriendo de otros conjuros. El único ritual imprescindible, al decir de la mayoría (discrepa en este sentido Agustina Barrenechea, que no registra tal cosa en su Compilación de supersticiones bonaerenses, Rauch, 1929), consiste en arrojar el esqueleto lo más lejos posible sin mirar dónde cae. Esta actitud no está debidamente explicada, pero la verdad es que nadie se atrevería a llevar un esqueleto consigo. Ni siquiera el blanco, suponiendo que tuviera efectos positivos. Dar con uno de estos esqueletos es, por lo que antecede, azaroso: al ser tirado a ciegas, puede caer quién sabe donde. Tal vez en una alcantarilla, por la que se perderá definitivamente; o quizá en lo alto de un mausoleo, de donde tardaría decenios en bajar. Una canaleta o un cúmulo de flores podridas pueden significar el fin de la historia. También puede caer fuera del recinto o, peor aún, dar con alguien que desconoce por completo su exigencia y que lo recoge y lo lleva a su casa como una curiosidad.


El de Tandil, como muchos cementerios que están en las afueras de las cabeceras de partidos, posee sectores claramente delimitados y que a su modo explican el crecimiento que tuvo la localidad tanto en lo demográfico como en lo económico y hasta en lo estético. Hay amplios cuadros de sepulturas en tierra, con cruces de piedra o metal que a veces exhiben recargadas y caprichosas ornamentaciones: son las más viejas, categóricamente separadas de las nuevas, que tienen mayor discreción de líneas; hay corredores largos con cientos de nichos, que del lado exterior del camposanto asemejan murallas perimetrales (lo son); también hay bloques de bóvedas reunidas según la fecha de habilitación y, por lo tanto, conformando diferentes grupos estilísticos. Desde el gran pórtico de entrada, una veredita conduce rectamente a los panteones de más antigüedad, en donde no es raro ver frisos, resaltos y adornos de complicada y fúnebre elaboración; las declaraciones recogidas sobre los amuletos se ambientan exclusivamente en esta parte, y es natural que así sea. La dilatada frecuencia entre un hallazgo y otro revelan que las visitas a estos mausoleos son cada vez más aisladas.


Encuentros reales, fueron documentados solamente tres. Todos los escritores recogieron la primera aparición de uno de los amuletos, aunque ninguno arrimó más claridad. Habría sido en la última década del siglo XIX. José A. Cabral, en un artículo publicado en el periódico masón Luz y Verdad, habló en 1901 de “…unas risibles leyendas en el cementerio durante la intendencia de Juan Bautista de la Canal, sin duda fomentadas por el propio radicalismo”; quizá estuviera refiriéndose al mismo tema, pero tan imprecisas son sus palabras que es preferible no considerarlas: mejor continuar remitiéndose a aquel trabajo toponímico de 1918, citado al principio de esta monografía. Por este y los demás textos se deduce que entre 1895 y 1900 un enterrador vio el esqueleto blanco y notó un relieve, “como una doble ve”, en una pequeña agarradera oxidada. Estaba depositado sobre una lápida con forma de libro abierto.


El negro surgió algo más tarde, en unas circunstancias tan chocantes que difícilmente pudieran creerse de no provenir del relato de don Esteban Irasusta, médico emparentado con los Santamarina. El anciano aseguró que fue en el otoño de 1915, cuando debió asistir a un sepelio en el mausoleo de esta familia tradicional de Tandil. Todo aquel que entre a la parte antigua del cementerio notará cómo destaca esta construcción monumental y sombría, con dos accesos, hoy en ruinas. Por el frente se ingresa a un oratorio; desde atrás se baja a la cripta donde están los ataúdes, dispuestos en nichos con tapas de mármol. Ahora la puerta trasera está siempre abierta y cualquiera puede descender al viejo y abandonado depósito; entonces tampoco eran muchos quienes entraban al sepulcro y todo indica que ya solo iban a la capillita de adelante. Aquel día de 1915, cuando bajaron para la inhumación, vieron que el subsuelo estaba anegado; una filtración, sin duda, era la causante. El cuidador trepó por las molduras del exterior para llegar a la cúpula; allí comprobó que el desagüe estaba obstruido. Al remover el fango apareció la estatuilla negra.


El Tandil misterioso pareciera circunscribirse al derrumbe de la famosa Piedra Movediza, a la presencia inquietante de algunos “corrales” líticos en campos aledaños, a unos túneles que se detectaron en ciertos lugares fundacionales y que todavía no fueron suficientemente esclarecidos (como los del Fuerte Independencia), y a las andanzas del matrero Tata Dios en 1872; es desconcertante que el asunto de los amuletos fuera disimulado, aún cuando hay bibliografía que prueba su existencia. Esto lleva a pensar que hablar de las imágenes es cosa tabú, y avala semejante sospecha el episodio que narra Lucas Figueroa en su libro Del viejo Tandil, sin pie de imprenta (c. 1966). Este autor, inusualmente memorioso, cuenta uno de los hallazgos con fecha precisa: pasó en la tarde del 3 de mayo de 1935. “Fui testigo cuando una mujer joven y enlutada vio el esqueleto blanco en el fondo de un cántaro, al renovar las flores de una tumba. La reacción de la muchacha, temerosa de ser víctima de algún extraño maleficio, fue quedarse como el querubín que se observa en el medallón de una bóveda de 1874; su estupor era inocultable. Algo malo ocurrió, dijo con una voz que no reflejaba su pavura. El crujido de la hojarasca se repetía ahora en los pasos de algún caminante, y si esto se oía era porque ninguno de los dos pudimos seguir hablando. Así paralizados como estábamos, era más impresionante nuestro temor…” (tomo II, página 139).


Los demás cronistas se basan en las fuentes antedichas y reiteran estas historias, con ligeras y simpáticas variantes.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 18 de marzo de 2011

La Gran Rocalla

Lo admitimos: cuesta imaginárselo; pero en la Plaza Constitución hubo, entre 1887 y 1914, una extraña construcción parecida a un antiguo castillo en ruinas. Más insólita podrá resultar esta noticia si se añade un detalle fundamental: a diferencia de muchos otros edificios porteños, este no acabó sus días como una ruina, sino que nació como tal…

Desde 1853 y por decisión del gobernador Pastor Obligado, Plaza Constitución fue, como Plaza Miserere, una gran playa para la concentración de carretas que traían mercancías de las provincias. Menos de cinco años después este parador ya era elevado a la categoría de mercado y su entorno comenzaba a florecer en prostíbulos y pulperías; pero este esplendor no habría de durar mucho: en 1865 el Ferrocarril Sud inauguró sus servicios con la estación de cabecera justo enfrente, y la actividad de los carros entró en rápida declinación. Casi estaba extinta para 1883, año en que asumió como primer intendente de Buenos Aires el montevideano Torcuato de Alvear. Ávido de dotar a la ciudad con edificios, paseos y monumentos que recordasen a París, Alvear pronto tuvo una inquietud: ¿qué hacer con aquel terreno enorme y barroso de Constitución, cuyo aspecto ofendía la estética que deseaba imponer? Naturalmente, debía parquizarlo.

El proyecto original para la plaza a cargo de Eugène Curtois (director general de Paseos Públicos) contemplaba hacia 1885 la división en cuatro sectores, pues así estaba desde los tiempos del mercado, cuando lo cruzaban por el medio las calles Lima y Pavón. En esta intersección se puso una glorieta con iluminación y bebederos (los había para transeúntes, para caballos y para perros). Las pocas carretas que todavía llegaban desde el sur fueron relegadas a uno de estos sectores, y no mucho después fueron desterradas por completo. Se trazaron lagos artificiales y jardines, y en medio de uno de ellos se instaló en 1887 lo que oficialmente fue denominada “Gran Rocalla”, pero que para todos fue “La Gruta”. Con este nombre pasó a la historia.

Consistía en una muy rara imitación de un castillo en ruinas, lo suficientemente alto (diez metros) como para no pasar desapercibido. Tenía torres almenadas, un atalaya, troneras; escaleras que llevaban hacia una especie de camino de ronda; poternas, matacanes, saeteras y todos los aditamentos de un alcázar legítimo. Pero no lo era: el objetivo de erigirlo en ruinas había sido darle al paseo una atmósfera “romántica”, y una vez acabado apenas si conseguía volverlo atroz.

Al año las ruinas ya eran peligrosas: se clausuró su acceso público y una parte debió demolerse por precaución. Pero siguió ahí. Docenas de tarjetas postales de la época se empeñaban en mostrarlo como una curiosidad simpática, aunque llovían las críticas: aquel monumental adefesio había costado cien mil pesos y era absurdamente caro de mantener; no gustaba a nadie (“espléndido mamarracho” fue uno de los calificativos más cordiales que recibió por parte de la prensa), y acabó llenándose de gatos.

Los vecinos, entre los que se contaba el directorio del Ferrocarril Sud, pidieron que se lo retirase. Lo mismo hizo la Compañía de Tranvías Anglo-Argentina, que supuestamente construiría un tren subterráneo a pasar por allí (y que finalmente no concretó, porque la línea entre Constitución y Retiro fue tendida mucho después y por otra empresa).

En 1914 un decreto del intendente Anchorena borró para siempre del mapa porteño a la Gruta. A excepción de los gatos, nadie la extrañó.


(Publicado originalmente en Fervor x Buenos Aires:


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 4 de marzo de 2011

El movimiento pictórico

—Gurney, le ruego que venga pronto. Mañana mismo si fuera posible. Ha ocurrido algo tremendo con el Squarcione; no le encuentro explicación y necesito su consejo.

Tras disculparse por la hora en que hizo este llamado, porque ya estaba muy avanzada la noche, Vernant colgó el tubo del teléfono y se recostó unos minutos en el antepecho de la ventana, tratando de reordenar sus pensamientos. Miró el cielo de verano y buscó alguna forma entre las estrellas; miró luego desde lo alto el umbroso parque de su residencia de estilo Tudor, que tenía ligustros cortados en formas caprichosas y varias estatuas antiguas rodeando un estanque, todo ello inquietantemente iluminado por la luna; y sin poder tranquilizarse una vez más fue hasta la sala donde tenía su colección de arte.

Allí estaba la pintura de Francesco Squarcione, oculta a los ojos del mundo. Solo se conocían dos obras indudablemente legítimas de este artista (una Madonna en Berlín y un políptico en Padua); Vernant tenía la tercera, guardada con celo indescriptible en su mansión y apenas mencionada al pasar en un olvidado artículo de Berenson de 1905, donde el crítico afirmaba que el cuadro se hallaba “en paradero desconocido”. Bien lo sabían el rico aficionado Vernant, de Bristol, y Alice Gurney, la experta que se lo había hecho comprar hace una década. Y esta noche, después de tantos años, el millonario se desvelaba frente a aquella tabla del quatroccento, sentado en una alta banqueta, lupa en mano, escrutando minuciosamente cada milímetro de la escena retratada.

Gurney llegó a la mansión de Bristol hacia el mediodía. Era notorio que Vernant había dormido poco y mal.

—Gracias al Cielo que llegó, querida Gurney. Por favor, vayamos a la sala de las pinturas; quiero que usted misma lo vea.

La mujer temió que Vernant la acusara de estafarlo, pero esto no era posible. El Squarcione era verdadero.

—¿Y bien…?

—Vernant, el cuadro es auténtico; solo tiene una intervención arriba a la derecha, en el segundo ángel, probablemente por la mano de algún discípulo; pero no puede caber la menor duda que el conjunto es de Squarcione.

—¡No me refiero a eso! —y prosiguió, moderando la voz: —No, Gurney; hablo de las figuras. Fíjese bien. Se han movido.

—No veo descascaramientos. La pintura está bien conservada, no hace falta ninguna restauración. Que de todas formas tampoco sería conveniente, ya que no desea dar a conocer esta obra…

—Gurney, sé que el cuadro está en perfecto estado. Lo que quiero decir es que las figuras se han movido. Hace diez años, este pastor —señaló uno— estaba más a la derecha y no tenía una mano alzada señalando al cielo. La oveja que está a su lado estaba pastando; mírela: ahora tiene su cabecita levantada. La Estrella de Belén también se desplazó un poco, hacia la izquierda. Se movieron.

La erudita miró a Vernant un instante y volvió a estudiar el cuadro, ahora desde más cerca; su nariz casi tocaba la tabla. Al rato, se volvió y le dijo con aspereza:

—Disculpe, Vernant; no entiendo de qué me habla. Esto no ha sido repintado nunca: hasta un aprendiz podría confirmárselo. Sinceramente no recuerdo ni la mano del pastor, ni el hambre de la oveja, ni la posición de la Estrella; pero sí puedo decirle que está tal cual salió de la bottega de Squarcione hacia 1450.

—No. Se movieron. En diez años, los personajes se movieron. Lo hicieron a un ritmo muy lento, imperceptible, como si un segundo dentro del cuadro fueran varios años de los nuestros. Y hasta sospecho que en tiempos de Squarcione el pastor ni siquiera estaba, sino que entró al cuadro por la derecha y fue acercándose al centro de a poco, durante quinientos años. Es claro: está siguiendo a la Estrella. Para él transcurrieron unos cinco minutos, que son los que le llevaron caminar por el sendero que ahí se ve pintado; pero para nosotros fueron cinco siglos y no nos dimos cuenta.

Gurney ahora sí interpretó lo que estaba diciéndole Vernant, aunque la previsible conclusión de la erudita fue que el coleccionista o bien quería hacerle una broma (algo así como la introducción jocosa a un tema más serio que tal vez se desarrollara durante el almuerzo), o bien que estaba chiflado (porque enseguida entendió que nadie la llamaría “con urgencia” para recibirla con un chiste, como tampoco nadie podría sostener en una forma tan perfecta su papel de perturbado). Por ello, le siguió la corriente un poco más con la esperanza de que llegase de una buena vez el remate de la broma o la confirmación de la locura de aquel hombre. Viendo que todo apuntaba hacia esto último, trató de desembarazarse lo más rápido posible de la cháchara de Vernant; asintió, puso cierta excusa vaga y amable, y escapó de tan depresiva situación jurándose no volver a atenderlo, salvo para alguna otra operación comercial (después de todo, presumía que aún podía venderle un Holbein: haría un magnífico juego con el estilo de la casa y, como era un retrato, ¡por Dios! no se movería a menos que Catherine Howard guiñase un ojo).

Vernant no era un tonto. Se dio cuenta de que Gurney no le había creído nada de las figurillas móviles de la pintura de Squarcione. Por los rombos de la ventana de la pinacoteca la vio alejarse entre los setos podados como esculturas; primero la miró con piedad (era una incrédula), luego con desprecio (era una ignorante), finalmente con odio (era una imbécil). ¡Al diablo ella y sus cuadros, cuadros que después de todo solo conseguía como simple intermediaria entre familias arruinadas y él…!

Bueno, pero ¿qué hacer con este descubrimiento, si no podía comentarlo con nadie más? Inútil sería, por ejemplo, compartirlo con el mayordomo por más que innumerables veces le hubiera pasado el plumero al Squarcione. Vernant estaba definitivamente convencido que había dos tiempos en su habitación: el suyo, mensurable según el calendario gregoriano y el meridiano de Greenwich; y el de la pintura, tiempo propio y mucho más lento, aunque no menos real. Pero ¿y si todos los cuadros tuvieran esa propiedad? En la pared opuesta había una tela de escuela flamenca, una naturaleza muerta. Pero no; nada estaba marchito en ella. ¿O tal vez porque, al igual que en el caso de Squarcione, para el cuadro solo habían pasado unos pocos minutos, siendo tiempo insuficiente para notar la corrupción de las frutas y la podredumbre de las flores? Quizá hubiera entrado a escena una mosca, pero ¡nada…! Mejor sería ver otra obra más “cinemática”. Ese cuadro de la carreta andando… No; tenía solo cien años, imposible percibir algo… Otro, más antiguo: la Pesca miracolosa de Ansuino da Forli, más o menos de la misma época de Squarcione. ¡Ay! Difícil recordar sus detalles…

Transcurrieron varios días así, durante los cuales Vernant volviose cada vez más ermitaño. La servidumbre se preocupó; temía la locura del señor, que ya apenas salía del salón de las pinturas. Una tarde, quizá para alejar un poco su obsesión, pasó largo rato mirando desde la ventana al jardinero mientras podaba un ligustro en forma de reloj de arena.

Entonces, Vernant tuvo una inspiración prodigiosa. Mandó llamar al relojero que solía atender los cronómetros y la sonería de la mansión; el más capacitado de los relojeros de Bristol, aunque semejante consideración no significara gran cosa. Le pidió que diera tal atraso al reloj de la pinacoteca, que en la esfera la marca de un minuto demorase cien años.

—Eso es imposible, señor —le explicó el técnico—; como mucho podría hacer que atrase o adelante unos segundos, pero ¡un siglo…! No hay engranaje para ello; debería cambiar todo el sistema y ponerle reducciones especiales, a medida; tal vez incluso haya que agrandar la caja, imagínese. Y aún así sería muy difícil de controlar para saber que marcha correctamente. Para comprobar el segundero habría que mirarlo durante más de un año y medio, si no fallan mis cálculos. Con todo respeto: ¿para qué quiere un reloj así? Usted tendrá sus razones, pero ¿no sería más práctico, en todo caso, cambiar el cuadrante y en vez del I al XII ponerle 365 pequeñas divisiones? Dejo la aguja del minutero, y ajusto para que cada minuto le marque un “año” sobre el cuadrante. Con una vuelta entera de la aguja, usted ya tendría marcados sesenta años; y al final del día, casi un milenio y medio. Sigo sin entender para qué, pero en fin…

—Pues hágalo. Llévese el maldito reloj y tráigalo como dice. Solo le ruego que no lo devuelva andando; quiero ser yo quien lo ponga en marcha.

—Tendrá algún problema con los bisiestos.

—No puede pedirse todo.

Al cabo de un mes insoportable, el relojero trajo el aparato. Vernant lo colocó donde estaba originalmente: en una repisa de la pinacoteca, entre dos marfiles. Le dio cuerda y volteó para ver el cuadro de Squarcione.

Lo que pasó entonces es difícil de describir.

Eran las nueve de la mañana. Las figuras del cuadro comenzaron a moverse a un ritmo tan frenético que fue imposible notar claramente cualquier cosa. La Estrella se puso de golpe; los pastores y los Reyes y la escena piadosa se borraron al segundo; el ciclo de día y noche empezó a parpadear con alta frecuencia; con el correr de los minutos, el pesebre se desplomó; unas horas después y el río ya estaba seco; un puente fue reemplazado muchas veces; cruzaron como rayos muchas caravanas, primero, y luego largas peregrinaciones; hubo batallas; el paisaje se transformó varias veces en desierto y en vergel; de tanto en tanto se prendía un débil cometa que duraba varias noches; surgieron y se esfumaron construcciones por doquier; y al cabo de veinticuatro horas, cuando ya eran las nueve de la mañana del día siguiente, de una fortaleza pintada en el fondo se habían visto crecer y caer sus grandes murallas al menos dos o tres veces.

Y de Vernant apenas quedaba un polvillo tenue, flotante entre los brillantísimos haces del sol que se filtraban por los rombos de la ventana.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti