viernes, 24 de septiembre de 2010

Las Huellas del Diablo

El miércoles 4 de febrero de 1998, estando en Loncopué (provincia del Neuquén), en las primeras horas de la mañana me fue dado observar un fenómeno ciertamente misterioso, al que no pude encontrarle explicación ni analogía, a no ser con otra situación ocurrida hacía más de un siglo en otras latitudes.

La noche anterior habíamos escuchado desde la casa de la Estancia El Nido un revuelo inusual de loros barranqueros; y si bien era este un sonido más o menos común, la gritería de la bandada había alcanzado un nivel extraordinario. El perro, célebre por su cobardía, no dejó de ladrar. Temimos intrusos, pero nadie merodeaba la casa y terminamos atribuyendo la inquietud del animal a lo inoportuno de algún borracho que deambulaba por la calle Pedro Nazarre.

Amaneció y yo era el único despierto en toda la casa. Decidí ocuparme aquel día de las compras, por lo que sin esperar a que los demás se levantaran me vestí y salí. Fue entonces cuando vi aquello, en la calle, a pocos metros de la puerta de entrada. Sobre la tierra estaban marcadas las huellas de un animal que no podría ser imaginado. Consistían en una serie de “C” distanciadas a intervalos cortos perfectamente regulares; marcas muy similares a las huellas que dejan las herraduras de los caballos, pero más pequeñas y, cosa inexplicable, en una sola línea. Ya a partir de esto es imposible hacerse la idea de un animal común, y comprendí la histeria del perro. Un caballo, independientemente de su tamaño, hubiera dejado cuatro herraduras marcadas en dos hileras. Un bípedo también dejaría dos líneas; ningún ser caminaría poniendo un pie delante de otro (como por la cuerda de un equilibrista) y con pasos tan exactos, tan regulares. Cada huella distaba de otra veinticinco centímetros, invariablemente, dejando una impresión así en la calle:


C C C C C


No era lo más raro de aquella mañana. Las huellas parecían ir en dirección SW-NE, pero apenas pasados dos o tres metros frente al portón de entrada, el rastro doblaba bruscamente hacia el NO y se dirigía a la estancia. Un canal separaba la calle de la vereda: las huellas lo cruzaban y seguían del otro lado, en línea recta y siempre con esa regularidad inalterable, como si el canal no existiera. Animales y humanos varían la marcha de acuerdo a las circunstancias, como saltar un canal (que, dicho sea de paso, podía cruzarse cómodamente a unos pasos de allí gracias a una planchada). Luego estaba un cerco: la huella seguía tras él como si hubiera podido atravesarlo. Unos metros más, y la huella ya desaparecía o se desdibujaba entre el césped.

¿Un ave? Ningún pájaro deja rastros como herraduras, ni —que bien se entienda— en una sola línea.

Alguna bibliografía consultada me reportó que en Devonshire, al sur de Inglaterra, se vieron en el invierno de 1855 unas huellas similares sobre la nieve, provocando el pánico colectivo en esa localidad rural tan conservadora.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 17 de septiembre de 2010

Los vaticinios infames

Unas líneas de Suetonio (De vita Cæsarum, I, 32) refieren cómo las cohortes dirigidas por Julio César decidieron cruzar el Rubicón tras una visión espectral. Aún sabiéndose temible, la legión no podía sortear un simple río de provincia: el recelo por la venganza política más que por la violación de las tradiciones dominaba sobre sus lanzas y sus escudos.

Un flautista venido de ninguna parte sedujo por su notoriedad a los soldados, quienes conmovidos ante la melodía se dejaron arrebatar una trompeta (de las mismas que doblegaron al mundo). La fantasmal aparición, al son del instrumento robado, vadeó la corriente con aire triunfal. El presagio no verificó desconfianza. Lo juzgaron propicio, cambiaron de margen y se condenaron a la lucha. Y ganaron.

Pasaron, inexorables, los años; se sucedieron las arengas, las batallas y los lauros. César anheló ser rey, pues en los libros sibilinos estaba que Roma solo con un rey sería vencedora de los partos. Y poco faltaba para los idus de marzo cuando llegó la noticia de que los caballos consagrados al río lloraban y se negaban a comer, pero esta vez el presagio no fue considerado.

Al pie de la mordaz estatua del vencido en Farsalia, veintitrés puñaladas recordaron a César que los augurios eran esta vez adversos y que su toga no pretendía ser la menos vulnerable.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 10 de septiembre de 2010

Enrique Saborido

El 2 de enero de 1935 el periodista Héctor Bates hizo un reportaje a Saborido en L3 Radio Belgrano. Treinta y un años habían transcurrido desde el estreno de La Morocha; ni esta obra ni su autor habían sido olvidados, pero lo cierto es que reposaban en un nostálgico segundo plano como representantes de otro tiempo, como ejemplos venerables de una antigua expresión que ya había cambiado. Una fotografía, publicada luego por la revista Antena, acompañó la crónica: nada en ella hubiera delatado que Saborido era un patriarca. Aquel hombre retratado con sencillez, pasándole un paño a sus anteojos y mirando circunspecto la partitura de otra creación suya (el tango Queja gaucha), hubiera pasado desapercibido dentro del siglo caracterizado por el tráfago de sus novedades; sin duda esta tardía entrevista oficiaba de rescate para una persona humilde y a la vez responsable de una obra inmortal. Saborido probó en el piano sus melodías viejas, construidas sobre un ritmo que muchos recordaban, algunos tocaban y nadie bailaba; y concluyó con una evocación de su época. “Cuando vivía…”, añadió.

Enrique Saborido nació, según algunos de sus biógrafos, en 1877 en Montevideo. Con idéntica autoridad (es decir, ninguna) otros propusieron 1878. Sus padres, Estanislao Saborido y Rosario Morcillo, se instalaron en Buenos Aires dos años después; el pequeño creció en una ciudad recién amojonada como capital de la República, vibrante por los conflictos con Tejedor, marcada por la presidencia de Roca, por la euforia económica, por la expansión de los ferrocarriles, por la torpeza política de Juárez Celman, por los actos de la Unión Cívica, por la Revolución del Parque. Entre los diez y los quince años estudió violín, para optar luego por el piano. Pocas noticias se tienen de su formación; los nombres de sus maestros fueron borrosos o se olvidaron (se dijo que fue alumno de un tal Juan Gutiérrez, arduamente identificado con un profesor de la época), y la primera parte de su historia hoy se limita a datos que nada tienen que ver con lo musical: que cursó hasta primer año de un bachillerato, que fue dependiente de una librería hasta 1892, que luego ingresó a la secretaría del Teatro San Martín y que se mantuvo con este empleo durante quince años. Hay noticia de un hermano suyo, llamado Guillermo, guitarrista y bandoneonista, alumno del “Pardo” Sebastián; el rastro se le pierde hacia mediados de la década del veinte.

Hacia 1895, tras haber tocado durante varios meses en casas de familia, podía hallarse a Saborido amenizando desde el piano los bailes de La Vieja Eustaquia, lugar ubicado en San Luis entre Ecuador y Nueva Granada (hoy Boulogne-Sur-Mer), cercano al Mercado de Abasto. Tres años después ya estaba dirigiendo su orquesta propia, integrada entre otros por su hermano Guillermo y Emilio Fernández en guitarras, Miguel Pécora en arpa, Genaro Vázquez en violín, y el “Tano” Vicente Pecce y Benito Masset en flautas. Completaban la formación otros músicos como Adolfo Inés, Verti o Dufour. Como puede advertirse, la instrumentación se correspondía a la de aquel período inicial del tango en que el bandoneón estaba aún lejano, siendo más presentes un mandolín o una armónica. Persiste cierta confusión cronológica: Saborido aseguró haber debutado al frente de este conjunto en 1898, en un casamiento celebrado en la calle Chacabuco entre Moreno y Belgrano; pero algunos de sus biógrafos posteriores afirmaron que aquellos bailongos de La Vieja Eustaquia vinieron después.

Para 1902 la orquesta se había reducido a un trío, en el que continuaban Vázquez y Masset. El sitio de actuación era el célebre Restaurante del Parque Tres de Febrero, mejor conocido como “Lo de Hansen”. Este local fue el más reputado de su época; Saborido trabajó en él justo antes de que se convirtiera en el café de Anselmo Tarana, al tomar este empresario la concesión en 1903. Enseguida el músico da un importante salto social: sus solos de piano se escuchan en el balneario La Perla, de Mar del Plata, que por entonces solo convocaba a lo más aristocrático de la sociedad. Pero en 1904 vuelve al primer público, y se lo detecta en el porteño bar Reconquista, en la esquina de esta y Lavalle, mencionado por todos como “Lo de Ronchetti” por el apellido de su propietario.

En este bar, inaugurado el 24 de agosto de 1900, nació La Morocha cinco años después. La música quizá haya sido anterior, como señalaron José Gobello y otros historiadores; se ha sugerido que ya circulaba como Metéle fierro hasta el fondo, pero más allá de esta suspicacia está la fecha precisa (25 de diciembre de 1905) aportada por el propio Saborido en varias ocasiones, y es incuestionable que quedó conformado como un tango con letra en aquella Navidad, gracias a la diligente musa de Ángel Gregorio Villoldo. La aceptación fue inmediata y lo que siguió es una historia bien conocida; al dato de los mil ejemplares de la partitura impresos por la casa Rivarola que diseminó por el mundo la fragata Sarmiento, puede agregarse la anécdota de cierto oportunista que se presentara en la discográfica Odeon jurando que Saborido había fallecido y que él era su sucesor, reclamando para sí el porcentaje sobre la venta de los discos.

Poco después, mientras La Morocha iba instalándose como el primer tango antonomástico y Saborido seguía desmintiendo su muerte, apareció Felicia. La opinión personal del autor es que era la mejor de sus obras; musicalmente es, por lo pronto, la más elaborada. Esgrimiendo una complejidad mayor que La Morocha, pudo Felicia atravesar las décadas como un tango siempre vigente, pues su carácter más moderno y dúctil le permitió adaptarse a cualquier época. Sin embargo, la génesis fue casi la misma: unas notas irresponsables, emitidas casi con desgano, pero que una mujer escucha y agradece, y a partir de allí la ofrenda. En este caso la destinataria fue Felicia Ilarregui; su esposo, el autor teatral Carlos Mauricio Pacheco, fue el primero en ponerle versos. Esto ocurrió en 1908, y no en 1910 como otros han redondeado.

Para entonces contaba con una respetable obra como autor. Puesta en títulos, y expandiendo el listado para incluir su producción posterior, se trata de tangos como Al otro lado del arroyo, Angustia, Baquiano pa’ elegir, Boteshare, Cada quemada, Caras y Caretas (El canillita), Coraceros del 9º, Don Paco, El cantor del callejón, El Pochocho, El señor Leiva, Fierro viejo, Ingratitud, La berlina de novios, La hija de la Morocha (olvidada segunda parte de su gran clásico), Mosca brava, Náufragos, Hortensia, Papas fritas a ¡Federación!, Pegué la vuelta, Prendé la vela Martín, Q’acés de noche, Queja gaucha, Que seas feliz, Reclutamiento, Rezongos postreros, Rosario (su última obra, dedicada a su hija). También hizo los valses Caridad (Bebita), Dora, Reliquia Santa; la polka Metele Catriel que es polka; y la zamba El soberano.

Desde el estreno de Felicia, Saborido hizo a un lado su labor como director de orquesta para dedicarse a otro rubro: fue profesor de baile, con academia propia en Cerrito 1070. En 1912, tras una apoteósica actuación en el Palais de Glace, cerró su local para viajar a Francia e Inglaterra, haciendo demostraciones con el acompañamiento del pianista Carlos Vicente Geroni Flores. Deslumbró con sus espectáculos en el Royal Theatre de París y en el Savoy Hotel de Londres, y la prensa argentina recogió entusiasmada aquellos triunfos. Dijo un contemporáneo: “Sería una injusticia negar que el tango, el gran delirio actual de toda Europa, tiene una marcada influencia educadora; en los último seis meses, la gran masa de público se ha familiarizado con el nombre y la posición geográfica de la República Argentina…”

La inminencia de la Gran Guerra lo empujó de nuevo a Buenos Aires; de vuelta a lo básico, en otra de sus idas y venidas por estratos culturales (cambios que a esta altura ya le resultaban familiares), sobrevivió un tiempo como pianista en salas cinematográficas, poniendo marco musical a las proyecciones mudas. Luego decidió retirarse.

Trabajó como maquinista en el teatro Argentino, y más tarde se empleó en la intendencia del Ministerio de Guerra, cargo que mantendría hasta su deceso. Sobrevinieron largos años de silencio. Pasó 1920. Pasó 1930. Inútil describir las tremendas transformaciones que fue teniendo el tango; Saborido fue un callado y melancólico testigo. Es cierto que de tanto en tanto le pedían algún recuerdo sobre La Morocha, pero era discreto a la hora de evaluar lo que estaba ocurriendo con la música de la que él mismo había sido un artífice fundamental.

Cuando pocos lo esperaban, reapareció en 1932 como pianista de un conjunto evocativo: la Orquesta de la Guardia Vieja Ponzio-Bazán. ¿Comenzaba a redescubrirse el tango primigenio? Esta y otras agrupaciones alla usanza antica, y quizá el mismo reportaje de Bates mencionado al principio, le renovaron las energías. En 1935 volvió a formar una orquesta propia para ejecutar tangos como en el Centenario; difícil imaginarla en una década cuya sonoridad estaba prefigurando la de los años cuarenta, pero lo concreto es que a la par de la modernidad estaban surgiendo algunas formaciones como la suya, destinadas a un público que escuchaba con simpatía la marcación en dos por cuatro de los viejos maestros. El quinteto que presentaba ahora Saborido estaba integrado por él en piano, el “Alemán” Arturo Bernstein en bandoneón, Vicente Pepe en violín, Maximiliano Moresio en guitarra, y aquel “Tano” Vicente Pecce que fuera su flautista en 1898. Bernstein murió en aquel mismo 1935, pero Saborido siguió adelante y volvió a tener cierta repercusión durante un lustro, sobre todo por radiofonía.

En la mañana del 19 de septiembre de 1941, a los sesenta y cuatro años, víctima de un síncope cardíaco, Saborido falleció en su despacho del Ministerio. Tuvo el doble y extraño privilegio de haber sido uno de los creadores del tango y de haber contribuido, mucho después, a una vuelta a las fuentes.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 3 de septiembre de 2010

Breve historia de la Cruz del Sur


Tuvieron los griegos de la Antigüedad alguna preocupación por las constelaciones, pero no llegaron a ver entera a la Cruz del Sur. Conocieron, sí, a su vecino Centauro; aunque solo en parte: la precesión de los equinoccios ya había arrastrado por debajo de su horizonte a las estrellas más australes, y en todo caso una cruz no tenía para ellos la riqueza simbólica que gozaba en otras culturas. Eratóstenes de Cirene describió un “Animalillo”, sin mayores datos, a quien Quirón (el Centauro) sostenía en actitud de ofrendarlo a un altar (Cataterismoi, 40). Ni el animalillo ni el altar eran la Cruz. Ptolomeo, en el siglo II, conoció el grupo y lo puso en su Almagesto; pero continuó sin enterarse de su forma de cruz.

La Edad Media no era una buena época para hallar cruces en el Cielo —bastantes había ya en la Tierra— aunque es curiosa cierta memoria imprecisa que se guardaba sobre nuestra constelación, quizá por transmisión de los árabes o por el relato de algún intrépido que había conseguido volver del sur. Creyó verse la Cruz en un pasaje del Dante, a comienzos del Purgatorio: I’ mi volsi a man destra, e posi mente / all´altro polo, e vidi quattro stelle / non viste mai fuorchè alla prima gente. / Goder pareva il ciel di lor fiammelle / Oh! settentrional vedovo sito, / poichè privato sei di mirar puelle! (Commedia, Porgatorio, I, 22-27). Dante, que no era hereje pero le agradaban los símbolos, bien podía estar haciendo una alegoría (¿de cuatro virtudes?); sin embargo, es sobresaliente que las estrellas sean cuatro, que estén ubicadas en el otro polo, que solo hayan sido vistas por “la primitiva gente”, y que el Septentrión ya no pudiera gozarlas.

Pudo haberla visto Marco Polo según se deduce de una confusa descripción de Pietro de Albano; pero para mayores precisiones habría que esperar hasta el descubrimiento de América y los viajeros que, como Vespucci y Magallanes, se aventuraron más al sur. Vespucci se ensoberbeció de hallarla en su viaje de 1501 y la reportó en un mensaje a Lorenzo de Pier Francesco de Médicis. Pigafetta, cronista del viaje de Magallanes, habló de ella veinte años después: Estando en alta mar descubrimos al Oeste cinco estrellas muy brillantes, colocadas exactamente en forma de cruz. Así lo anotó en enero de 1521. Pigafetta la describe a la salida del cabo de las Once Mil Vírgenes (lat. 52º); pero, teniendo en cuenta el derrotero de Magallanes, en realidad tuvo que haberla visto mucho antes. Y con respecto a la quinta estrella que menciona, ¿a cuál se refiere? Las de mayor intesidad son, fuera de toda perplejidad, cuatro. Al decir cinco, o bien incluyó a otra que forma parte de la constelación (pero no entra en la forma de cruz), o bien a una del Centauro que “prolonga” su eje mayor.

La ubicación de la Cruz en el firmamento austral fascinaba a los marinos y les era de providencial ayuda: nuestro hemisferio sur carecía de una estrella polar, y la Cruz les marcaba cómodamente el rumbo. La llamaron “del Sur” en parte por su representación obvia y en parte por buscar un reflejo con la Cruz del Norte, que es el otro nombre que recibe la constelación del Cisne. El florentino Andrea Corsali la había mencionado en 1515 llamándola “Cruz Maravillosa”.

Para los navegantes españoles y portugueses simbolizaba la conversión al Cristianismo de los indígenas.

Pero los mapas, ricamente dibujados, seguían sin notarla. En el de Petrus Apianus (1540) no figura; tampoco en el globo de Jacob y Arnold van Langren (1589) ni en el planisferio de Thomas Hood (1590). Emerie de Mollineaux la incluyó (¡por fin!) en una esfera de 1592, y ya a comienzos del siglo XVII aparecía en todas las cartografías, con distintas denominaciones: Crosiers, Crux, Crucero, Cruzero...

El astrónomo alemán Jakob Bartsch la separó definitivamente del Centauro en 1624. Algo más tarde, cuando fue necesario parcelar la bóveda para estudiarla con mayor comodidad, la Cruz del Sur tuvo el extraño privilegio de ocupar la porción más pequeña de todo el espacio celeste.

Mientras tanto, América aún estaba libre de verla como una cruz. Por ejemplo, los mocovíes del Gran Chaco se figuraban una escena de caza, con unos “perros” (ipiogo, en su lengua) persiguiendo a un “avestruz” (amnic). Los perros serían ciertas estrellas del Centauro, y el avestruz la Cruz del Sur (Robert Lehmann-Nitsche, Mitología sudamericana, VII: La astronomía de los mocoví, en Revista del Museo de La Plata, XXVIII, 1924). Los chiriguanos de Bolivia, por su parte, también percibían un avestruz (al que llamaban yandu), pero de manera más amplia: las cuatro estrellas características de la Cruz serían sólo la cabeza, y algunas del Centauro harían de cuello (Lehmann-Nitsche, Mitología sudamericana, VIII: La astronomía de los chiriguanos, íd.). Los warao del Brasil veían un pavo tutor de los niños recién nacidos, hostigado por dos cazadores (Alfa Centauri y Beta Centauri). La creencia en el pavo como la más prolífica de las aves es común a varios pueblos americanos. Mucho al sur encontramos a los mapuche, pero no es sabido a ciencia cierta cómo la interpretaban. Ni siquiera su nombre se ha fijado con confianza. Hueluhuichrau, Melirito y Melipal pasan por sinónimos, pero no lo son. Personalmente confío más en los dos últimos, ya que Melirito es “cuatro enfrente” (“enfrente”= el cielo) y Melipal es “cuatro estrellas” (Esteban Erize, Mapuche, III, 1987). Algunos imaginaban la huella de un ñandú. Este se encontraba a punto de ser alcanzado por unas boleadoras, a las que veían tendidas en tres estrellas del Centauro.

La fotografía de abajo a la izquierda fue realizada por el Prof. Jorge Coghlan, del observatorio CODE de Santa Fe. https://sites.google.com/site/astrofotografiacode (¡muchas gracias...!)

© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 20 de agosto de 2010

Esepo, río de Frigia, a través de JLB

Por sus características, el cuento “El inmortal”, de Jorge Luis Borges, es una fuente rica para la búsqueda de referencias en Homero. Ya se trató en este blog la leyenda del perro Argos y su espera paciente (junio de 2010). Hay varias otras en el cuento. Un párrafo, por ejemplo, remite a la geografía homérica:

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: Los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo.

Las “palabras griegas” a que hace alusión Borges están ubicadas en la Ilíada (II, 819-827), en el momento de describir el ordenamiento de cada ejército con sus príncipes:

De los dardanios era jefe Eneas, el noble hijo de Anquises,
a quien por obra de Anquises alumbró Afrodita, de casta de Zeus,
la diosa que había yacido con un mortal en las lomas del Ida.
No estaba solo, pues con él estaban dos hijos de Anténor,
Arquéloco y Acamante, expertos ambos en todo tipo de lucha.
Y los que habitaban Zelea en las estribaciones del Ida,
los opulentos troyanos que bebían la negra agua del Esepo.
De éstos era jefe el ilustre hijo de Licaón,
Pándaro, a quien el propio Apolo había dado el don del arco.


Pero ¿cuál era el río Esepo?

Se trataba del antiguo nombre de un río de Frigia, en el Asia Menor, casi paralelo al Granico y, como este, tributario de las aguas de la Propóntide (Mar de Mármara). En una de sus orillas se alzaba la ciudad de Zelea que menciona Homero, y no demasiado lejos, sobre la planicie del río Escamandro, lucía su esplendor Ilio (Troya). Hoy, el río —que corre bajo dominio turco— es designado como Gönen.

Ida, que albergara a Zelea en una de sus estribaciones, alcanza cerca del Esepo su altura máxima: unos 1.774 metros. Este monte recibe en la actualidad el nombre de Kaz Dagi.

Eneas es la cabeza del ejército de los provenientes de Dardania, fundada por el propio Zeus al nacer Dárdano. Homero insinúa la genealogía de la familia real de Troya en al comienzo de la selección (II, 819-821):

[…] Eneas, el noble hijo de Anquises
a quien por obra de Anquises alumbró Afrodita, de casta de Zeus,
la diosa que había yacido con un mortal en las lomas del Ida.


Pero esta prosapia aparece mejor expuesta más adelante, en el canto XX, a partir del verso 215. El relator es el propio Eneas, donde declara que desciende de la línea Zeus – Dárdano – Erictonio – Tros – Asáraco – Capis – Anquises.

En cuanto a los aliados de Eneas citados por Homero, de Arquéloco y de Acamonte no se tienen más noticias que las reportadas por la Ilíada; en cambio Pándaro, el proveniente de Zelea, figura también en Apolodoro, en Higinio, en Dictis de Creta y en Virgilio.

En su poema, Homero vuelve a mencionar al Esepo en otras tres oportunidades (IV, 89-91; VI, 20-22; y XII, 17-23):

Encontró al intachable y esforzado hijo de Licaón de pie,
rodeado por las esforzadas filas de los escudos guerreros,
las huestes que le habían acompañado desde el cauce del Esepo.


Euríalo despojó a Dreso y a Ofeltio.
Y fue tras Esepo y Pédaso, a quienes en otro tiempo la ninfa
de las aguas Abarbárea alumbró por obra del intachable Bucolión.


[…] entonces Posidón y Apolo tomaron la resolución
de asolar el muro, concentrando en él el ímpetu de los ríos
que desde las montañas del Ida fluyen al mar:
el Reso, el Heptáporo, el Careso y el Rodio,
el Granico y el Esepo, el Escamandro, de la casta de Zeus,
y el Simoente, donde muchos escudos, despojos de bueyes y yelmos
habían caído en el polvo a la vez que la raza de los semidioses.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 13 de agosto de 2010

La torre del matadero

El lago Epecuén, que de tanto en tanto verificaba algunas grandes crecidas, en 1985 desbordó descontroladamente. Poco difundida entonces resultó la noticia de una familia entera (un trabajador rural, su esposa y sus dos hijos) que fueron encontrados sin vida encerrados en lo alto de la torre de un matadero. Todo indica que acudieron a buscar refugio, pero se desconoce la causa de sus muertes. Las imágenes del pueblo entero bajo las aguas pusieron en un segundo plano a esta tragedia, que a decir verdad ni siquiera fue investigada con seriedad y que solo dos o tres diarios recogieron escuetamente. Lo que sigue es un testimonio espontáneo vinculado con este hecho, que bajo el título “Declaración” apareció traspapelado unos años después dentro de un expediente en los tribunales de La Plata. Sus formas son más literarias que judiciales; intuimos por ello que quien lo presentó no tuvo asesoramiento legal, sino que lo redactó por cuenta propia.


Me llamo Pablo Lowe. Mis abuelos provenían de Irlanda; esto, para los paisanos de Epecuén, era lo mismo que ser inglés. En vano mi familia se empeñaba en demostrarles su tradición católica y el antiguo rencor por Britania: mi padre, el primer Lowe argentino, debió resignarse a que lo llamaran “el inglesito”, y más adelante no faltó quien le echase en cara algunas prácticas imperialistas que nada tenían que ver con su ascendencia. Para la época en que nací (1912) los Lowe ya eran terratenientes; la prosperidad les permitió darnos a mi hermano y a mí una educación cuidadosa. Me enviaron a Buenos Aires a estudiar abogacía, pero por la rebeldía atávica de mi sangre torcí el rumbo y no sin disgusto de los míos terminé recibiéndome de arquitecto, profesión que todos consideraron inútil para administrar los campos que, se suponía, alguna vez habría de recibir.

Fue durante la gobernación de Fresco que obtuve mi primer trabajo: me designaron asistente de Francisco Salamone, aquel excéntrico constructor de edificios tan monumentales como insólitos, enclavados en medio de la provincia. Pocos se acuerdan de él. Hizo enormes y futuristas palacios municipales para pueblos que no tenían más de dos mil habitantes; diseñó plazas fantásticas y pórticos de cementerios desproporcionadamente grandes, solo para conseguir un efecto dramático. Una especialidad suya fueron los mataderos, igualmente imponentes, con innecesarias torres de estilo entre expresionista y art decó. En realidad no eran tan descomunales, pero Salamone trabajaba mucho con líneas verticales y contra fondos despojados; teniendo en cuenta nuestro ángulo bajo de visión, en conjunto ofrecían un aspecto más grande de lo que eran.

En el segundo lustro de los años treinta hicimos uno de estos mataderos en las afueras de Adolfo Alsina, hoy llamada Carhué; es decir, en una zona que me era absolutamente familiar. El proyecto del matadero incluía una torre cuya punta era semejante a la hoja de una cuchilla. Yo no era quién para opinar, pero me llamaba la atención la rapidez con que se construía no solo el matadero, sino todo lo que el gobierno encargaba a Salamone.

“Lowe”, recuerdo que me dijo cierta vez; “usted es muy joven y ya tendrá tiempo, pero póngase en mi lugar. Fresco no será eterno, y el día que lo echen nadie va a querer proseguir con estas obras”.

Y tenía razón: en marzo de 1940 se terminó, abruptamente, el ciclo.


* * * * *


Muy avanzada la construcción del matadero ocurrió un desagradable episodio. Durante varios días venía notando que uno de los peones, carhuense como yo, buscaba provocarme con pequeñas tonterías. Sin duda lo irritaba que un muchacho de apellido europeo, también de Carhué aunque notoriamente aporteñado, le diera órdenes. Vengaba su inferioridad con armas de niño; por ejemplo, cuando pasaba cerca suyo él hablaba imitando un acento inglés, o aludía a la ignorancia de los universitarios sobre cuestiones prácticas del campo, o en ruedas de mate fingía contrariedad por no tener whisky o té para ofrecerme. Harto de sus imbecilidades, una tarde hice valer mi posición y lo expulsé de la obra. Sus compañeros guardaron silencio y quizá hasta me aprobaron, pues era aquel un sujeto molesto para todos.

Pero al día siguiente estaba de nuevo en el obrador, empujando una carretilla. Lo había reincorporado el propio Salamone, quizá sin comprender que así menoscababa mi autoridad ante los demás. Mordí la rabia que sentí en ese momento y continué en lo mío. Por fortuna las chanzas no se reiteraron; el hombre, después del susto, había vuelto amansado a su trabajo de albañil.

Con el correr de los días fui quitando toda importancia al asunto y, aunque no nos dirigimos una sola palabra, di por terminada la historia.

Apenas concluida la extraña torre del matadero de Salamone, hubo en mi casa una fiesta de cumpleaños. Fue la noche de la gran tormenta. Bebí de más, supongo que por primera vez en la vida; reía por cualquier cosa y esa lluvia de afuera no era sino “la bendición de Dios”, aunque a pocos kilómetros todo estuviera inundándose. Ni hace falta que diga que hoy me arrepiento de semejante irresponsabilidad; en ese entonces no lo pensé, porque el festejo y el vino me impedían razonar.

A las dos de la mañana sentí que gritaban mi nombre desde afuera y, obnubilado como estaba, me asomé a la galería. Bajo la lluvia fuerte, en medio de la negrura y fugazmente visibles cada vez que un rayo alumbraba las nubes, estaba el peón que antes me provocara, con su esposa y los dos hijos. A los tumbos corrí hasta ellos: estaban desesperados.

“¡Lowe, necesitamos que nos ayude, está todo tapado en el puesto de Celay, queremos ir al matadero, Lowe!”

No entendí muy bien. Insistieron.

“¡Lowe, la torre, ahí no va a llegar el agua, llévenos hasta el matadero…!”

Aún borracho me daba cuenta que eso era una locura, y con balbuceos y gestos le ofrecí que se quedasen en casa.

“¡No, Lowe, mi familia solo va a estar segura arriba, en la torre, por favor llévenos!”

Mis padres estaban igual de asustados ante lo desencajado del peón y el miedo de su esposa y los niños, pero trataban de calmarlos.

“No vamos a poder con el Ford”, les dijo mi hermano; “el camino está imposible, pasen la noche acá. Si el Celay está inundado, seguro que el campito del Alpataco también; ese camino se corta con la menor llovizna, imagínese cómo estará hoy”.

El peón no atendía a las palabras de mi hermano, estaba fuera de sí por el terror y continuaba dirigiéndose a mí; yo ya los veía borrosos.

“¡Lowe, por favor, alcáncenos hasta Epecuén, al matadero, ahí es alto!”

Toda esta situación no había logrado despejarme; seguía mareado.

“¡Lowe…!”

Pero este grito fue lo último que recuerdo, porque sentí que todo giraba en torno de mí, y caí desmayado.


* * * * *


Desperté hacia el mediodía. La tormenta continuaba. Pregunté por el peón y su familia: se habían ido sin guarecerse en la casa. Una culpa me rondaba: la de no haber insistido para que se quedasen; incluso por la fuerza, pues obligándolos a pernoctar con nosotros hubieran estado mucho más seguros que dejándolos marchar por el campo con ese clima.

Aquella lluvia pertinaz, que duró una semana entera, nos impidió seguir con los trabajos de terminación. El lago, mientras tanto, crecía. Todos en la estancia sabíamos muy bien lo que eso significaba. Aclaro que por nuestra ubicación los Lowe no corríamos riesgos, pero las noticias que traían los vecinos sobre lo que estaba pasando en las tierras próximas al Epecuén eran angustiosas. En dos días el agua ascendió peligrosamente; dos días más y entraba a las primeras casas; otros dos, y ya no se diferenciaban terrenos de caminos, pues el nivel estaba por encima de los alambrados. Pasó un mes y medio hasta que pudimos retomar los trabajos del matadero.

Esa mañana hallé muy perturbados a quienes estaban desde temprano; corrían de un lado a otro y pedían arrebatadamente que yo subiera a inspeccionar la torre. Ascendí presuroso, dando grandes zancadas. Al llegar al último peldaño lancé un grito, horrorizado; bajé corriendo y, como en la primera noche de la tormenta, otra vez sufrí un desvanecimiento. Sé que trajeron un médico que apenas conseguía despertarme por unos segundos, pues yo caía nuevamente dormido; sé que me trasladaron hasta la estancia y que costó mucho que volviese en mí por completo, porque continuaba venciéndome el recuerdo espantoso de haber encontrado al peón y a su familia, acurrucados contra una esquina, inertes desde hacía por lo menos tres semanas, con sus ropas en jirones como si hubieran sido atravesadas por cuchillas, las caras que empezaban a deformarse, aquel hedor penetrante y las ratas chillando alrededor.


* * * * *


Hoy, cuando ya han pasado casi cinco décadas, aquí en La Plata me entero por los periódicos que otra vez crecieron las aguas del Epecuén y que otra familia volvió a morir buscando refugio en la torre del matadero de Salamone. Si bien hace mucho que no piso Carhué, confieso ser el culpable de estas muertes; por si queda alguna duda: me refiero a las de 1985, no a las de mil novecientos treinta y tantos. En verdad no hubo inundación en aquel tiempo; nadie murió trágicamente, el matadero siguió impecable. En ese entonces la inundación y la familia que condené a morir solo estuvieron en mi delirio de borracho. Lo cual no rebaja ni en lo más mínimo la culpa que tengo, porque apenas es un detalle que en la realidad todo esto ocurra recién ahora, con otros protagonistas, cincuenta años después.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 30 de julio de 2010

Tiberio, segundo emperador de Roma

La historia que va a trenzarse
es la de un mentao varón
que otrora supo llamarse
Tiberio Claudio Nerón.

El primer emperador
fue Octavio, de apodo “Augusto”;
la mersa, por entrador,
vio en él un fulano justo.

Cuando el quía fue jovato,
en la primera ocasión
se piantó a la Quinta ‘el Ñato
sin hacer la sucesión.

Al no tener descendencia
a quien pasarle el laurel
hubo un problema de herencia,
y andá a cantarle a Gardel.

En medio de la tertulia
no había prole postulada.
Sólo una mina: la Julia,
pero estaba desterrada.

Desde el fondo del salón
se abrió paso un militar:
Tiberio, que en la reunión
de compadre entró a tallar.

El milico era famoso:
la Galia había gobernao,
en los Alpes fue brioso
y siempre andaba destacao.

Ante el fato medio trucho
Tiberio peló un papel:
—El patrón me quería mucho
y hasta me hizo hijastro de él
.

Mi viejo, por si no saben,
era Tiberio Nerón;
mi vieja, pa’ que no hablen,
era Livia. ¡Creanselón!


Livia, sí, que cuando viuda
y con vento que da gusto
pa’ sentirse copetuda
se casó con Don Augusto.


Si pa’ testar fue un mamerto,
¿hoy el trono es para quién?
Su yerno, Agripa, está muerto;
mi hermano Druso también.


Se dio un breve cotorreo
entre bandos adversarios:
—Muchachos, esto está feo;
nombrar jefe es necesario.


—¿Quién se supone que tiene
que conducir nuestro imperio?
—Yo ya sé lo que se viene,
vamo’ a ponerlo al Tiberio...


Pues de Augusto se sospecha
que a Tiberio había nombrao
como su mano derecha
en asuntos del Estao.

Nadie quiso responder
su derecho a coronarse,
pues siempre es bueno tener
columna ande ir a rascarse.

Hecha ¡al fin! la ceremonia
—allá en el año catorce—
vino un chisme de Panonia
telegrafiado con Morse.

En esa frontera ansiosa
se le habían sublevao
tres legiones numerosas
con mucho sueldo atrasao.

Tomó carta en el asunto
y a todos apaciguó;
garpó las deudas, y punto:
la “Pax Romana” volvió.

Con éste, su primer acto,
liberóse de un embrollo.
No olvidó de hacer un pacto:
“Apoyame, que te apoyo”.

Tiberio fue capo en Roma,
gobernó con mano dura;
y al venirse la maroma
reforzó su apoyatura.

Encanó a sus enemigos
y los mandó ajusticiar;
se pasó bien por los higos
la nobleza consular.

Decían que él era amarrete
con la guita del tributo;
los impuestos, ¡la gran siete!,
te ponían la jeta ‘e luto.

Pero muchos lo adoraban
por buen administrador:
en la Via Appia comentaban
que había lustre y esplendor.

Puso a varios de sus hombres
a someter la Germania
(el barrio cambió de nombre:
hoy todo eso es “Alemania”).

Allí mandó a su sobrino,
hijo de Druso: Germánico.
Popular éste se vino
y a su tío le entró el pánico.

Pues Tiberio bien sabía
que el trono en que se sentaba
si Germánico volvía
por ái se lo disputaba.

Por demasiado eficiente
sin herirle la autoestima
lo mandó lejos, a Oriente,
pa’ sacárselo de encima.

Él no estaba muy seguro
rodeao de conspiradores
y sintiéndose maduro
temió un puñal en su cuore.

Entonces se fue a vivir
a la isla e’ Capri, tranquilo;
y los nervios por sufrir
los calmó con té de tilo.

Pasó durante su mando
que en una apartada región
se la pasó predicando
un señor su religión.

De un Dios juró ser el hijo,
y a los suyos dieron pesto.
Suetonio, historiador, dijo
que su nombre era Cresto.

(Suetonio pifió de pleno,
y eso que había estudiao;
pues Cresto es, en griego, “bueno”,
mientras Cristo es “bautizao”).

En el año treinta y siete
Tiberio, anciano, espichó;
se duda si dio el rosquete
o si alguien lo despachó.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti.