sábado, 19 de febrero de 2011

La Estrella de la Ensenada

Un gran destino se esperaba para el puerto de la Ensenada de Barragán. Era visto como el más importante punto del movimiento marítimo comercial. El 31 de diciembre de 1872 quedó conectado por ferrocarril con Buenos Aires, gracias a un tendido que en poco tiempo ya partía nada menos que desde atrás de la Casa Rosada (la Estación Central), seguía por un largo viaducto de fierro que bordeaba la barranca del río, pasaba por la Boca y Barracas, cruzaba el Riachuelo a la altura de la calle San Antonio y más adelante doblaba para tomar por la vía que aún se usa, y con mucho tráfico: la de Quilmes y Berazategui. La ciudad de La Plata no existía; al llegar a Pereyra, el tren buscaba Punta Lara y continuaba derecho a metros de la orilla, hasta las cercanías del viejo Fuerte.

Las esperanzas de Ensenada parecieron diluirse cuando se habilitó el puerto de Madero. Pero de todas maneras progresó: continuó siendo lugar de ingreso de mercancías y acompañó el crecimiento regional tras la fundación de su vecina La Plata. Durante las primeras décadas del siglo XX el eje fabril Ensenada-Río Santiago-Berisso, con sus docks, astilleros, industrias, destilerías y frigoríficos, fue consolidándose como sinónimo de trabajo.

Y ese trabajo era, principalmente, de varones. Siendo una zona de alta densidad masculina, fue natural que surgieran prostíbulos. En pleno Ensenada el más importante era La Estrella, y allí se bailaban tangos.

El ferrocarril, que más tarde se articuló con el Oeste y el Sud, proveía una clientela adicional: la del Centro. La Estrella tenía tal renombre que los porteños no dudaban en emprender un viaje de más de sesenta kilómetros para bailar y acostarse en sus instalaciones.

¿Valía la pena? Porque es seguro que, al llegar, los que tenían alguna pretensión experimentaban un ineludible desengaño: La Estrella jamás ascendió de su condición de reducto inmundo, por más que de vez en cuando le dieran una mano de pintura y el boca a boca de sus parroquianos tendiera a favorecerlo. Esto último —su idealización— fue lo que recogieron también, apresuradamente, los cronistas posteriores.

El sistema de La Estrella era el básico. Diez centavos tintineando en la bandeja del mozo garantizaban el derecho a bailar un tango; la demás consumición (incluyendo, desde luego, el sexo), se cobraba aparte.

El baile lo animaba la humilde orquesta de Antonio Curzio, “El Viejo Pucho”. Los grandes (Greco, Arolas, Maglio) preferían la cabecera de aquel viejo ferrocarril; no su punta de rieles.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 4 de febrero de 2011

Los Riscos Bayos

Rumbo a Caviahue, Neuquén, por la ruta 26. Una carretera atractiva, que penetra en la tierra de los pehuenes, salpicada de blancos piños inquietos. A partir de determinado punto, atraviesa los Riscos Bayos.

Parecen dientes de piedra que en otra época brotaron para hincarse en las nubes. Su origen es volcánico y solo se conocen otras dos formaciones similares en el mundo: una en México y otra en Turquía.

El color de los riscos es arcilloso-amarillo, tal como su calificativo de bayo bien indica. Algunos riscos mayores recuerdan fortalezas encaramadas en lo agreste. Fabulosas murallas inexpugnables, de almenas cinceladas en la roca dura con el martillo y la paciencia de los siglos. Otros conservan —pese al viento, pese a las lluvias— un tallado natural vagamente zoomórfico, como el risco que se conoce como la “Cabeza del León”.

Los Riscos Bayos se extienden en la lejanía y más allá de su zona propiamente dicha todavía se ven estribaciones menores. En el Salto del Agrio (Trolope) rodean la cascada unos riscos pequeños, castillos en miniatura que afloran del suelo. Aquí, los riscos más grandes juegan a repetir con tosquedad las Torres de Babel pintadas por Brueghel, mientras que los más chicos son menhires altos como una persona.

Entre los Riscos Bayos y el Hualcupén, y desde allí hasta Caviahue, el camino se vuelve sinuoso y florido. Paciendo en la hierba comienzan a distinguirse los piños, los caballos y las vacas. Se cruzan muchos arroyuelos intermitentes que muestran sus lechos de piedra; vierten sus aguas en el Hualcupén.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 21 de enero de 2011

Torres de toma de agua en el Río de la Plata

Una mañana de hace ya tres décadas, cuando era niño, tuve ocasión de observar a una pintora apostada frente al río “de sueñera y de barro”, muy concentrada ante su caballete, capturando un motivo que entonces me pareció insólito. Poco a poco ella plasmaba en el bastidor el neblinoso paisaje costanero de aquel día, donde destacaban, fantasmagóricas por efecto de la luz, dos construcciones emergentes en el estiaje. Eran las torres de toma de agua que están próximas a la dársena de veleros. Me preguntaba entonces qué razón pictórica podían tener esos edificios en el río, y al tiempo supe la respuesta: comprendí que las torres seguían inquietándome con su hálito extraño y que aquella artista —que era mi madre— había sentido una fascinación similar y necesitaba explicarla.

Mareas y sudestadas pueden dejar al descubierto o tapar enteramente varios otros misterios que tiene el Plata: mástiles de veleros hundidos que a veces sobresalen del pelo de agua, para luego ocultarse otra vez; antiguas chatas areneras que se fueron a pique y hoy solo las recuerdan boyas luminosas y boyarines ciegos; restos de pontones oscuros con nombres femeninos; hay cascos innominados que otros navegantes suelen tocar con sus quillas cuando salen de excursión; también está el enigmático Fierro Belgrano a la altura de la avenida Salguero; etcétera. Pero las torres son otra cosa. Siempre visibles, con algo de suerte la más cercana a la costa (la “torre vieja”) suele apreciarse casi en seco cuando la bajante es pronunciada, y es en tales ocasiones que muestra todo su pequeño esplendor de obra pública típica de la arquitectura del ochenta.

Esta toma (cercana al actual Parque de la Memoria) fue diseñada por el ingeniero sueco Nystromer, uno de los autores del ecléctico Palacio de Aguas Corrientes que está en Córdoba y Ayacucho; y de hecho es una torre que en cierta forma recuerda ese edificio: su detalle característico es que más allá de lo puramente funcional se trata de una torre erigida con mucha preocupación por lo estético. Lo habitual es que del nivel del río sobresalga su piso superior, de elegante diseño, al que se accede por una puerta de dintel recto con dovelas. Sobre el techo tenía un pequeño faro (más bien, una baliza) y una veleta. Importantes tuberías la conectaban con la planta potabilizadora de Recoleta.

Pero este establecimiento pronto fue insuficiente para cubrir las necesidades de la Gran Aldea. Las proyecciones indicaban que su población seguiría creciendo y al promediar la primera década del siglo XX ya alcanzaba el millón y pico de habitantes. Se había vuelto imperioso dotar a Buenos Aires de una infraestructura sanitaria eficiente, y fue así como en 1908 comenzó a idearse un nuevo plan de abastecimiento de agua potable. Las prioridades concretas consistían en reemplazar las obsoletas instalaciones de Recoleta por otras más adecuadas en Palermo, poner una nueva toma de agua en el Río de la Plata, construir depósitos de reserva en barrios de cota elevada, y por supuesto extender la red de provisión. El 18 de julio de 1912 era sancionada la ley por la cual se creaba el organismo Obras Sanitarias de la Nación y ya al año se inauguraba la planta General San Martín, con modernos dispositivos que fueron rodeados de bellos edificios, garitas, jardines y verjas.

Vinieron al río otras torres: una hexagonal y otra octogonal, ambas de apariencia sencilla. Son las que se ven desde Aeroparque. La única que hoy está en uso es la octogonal, la más alejada. Quien se aventure más al sur también podrá toparse con la torre de Bernal, prima hermana de las porteñas.

(Publicado originalmente en Fervor x Buenos Aires: http://fervorxbuenosaires.com)

© 2011, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 8 de enero de 2011

Virginia Llanos

La noche en que Virginia Llanos soñó con la calle de su infancia, era clara y pesada noche de verano; advirtió que estaba desierta y que los faroles apenas hacían brillar el hilo de agua de una cuneta sobre el empedrado, y sintió el impulso de ir hasta una casa que tenía la puerta abierta, o quitada, y por la que se adivinaba un largo pasillo flanqueado por tapias bajas, perdiéndose en las sombras; traspuso el zaguán y se asomó a una parecita: observó un patio interior de baldosas en damero, interrumpido en una esquina por un asiento de piedra; cerca goteaba un grifo entre grandes tiestos con tunas. Despertó triste; comprendió que su fantasía había sido inexacta, que todo lo que había visto era mezcla de muchos lugares y que por más que buscase no volvería a encontrar la imagen de aquel patio bajo las estrellas. Miró el reloj de su mesa de luz, deteniéndose largamente en la marca grabada en el cuadrante: eran las cinco de la mañana del sábado y pensó que su melancolía era perfecta para no ir a trabajar aquel día al periódico. Sin desayunar armó una maleta liviana con algo de ropa, sus útiles de tocador y un ejemplar de las Gestas romanas de Floro; a las diez estaba en Areco.

Un coche la arrimó hasta la plaza. Recién despabilaba el pueblo; todo era contraste con el tráfago del Once que dejara solo unas horas atrás. Buscó el domicilio de una amiga; caminó por veredas de ladrillo y vio frentes antiguos y blanqueados, con cancelas que daban a corredores como el de su sueño. “No estoy en 1938”, imaginó; “Areco quedó retenido en algún momento del siglo XIX, y yo sigo dormida”. Luego se corrigió: “Estoy bien despierta, porque el calor y mi cansancio son reales”. Pasó por un negocio de platería civil y criolla, y recordó que en la capital tenía un cuchillito con hoja de Solingen; después pasó por un corralón y por una sodería. Llegó hasta una puerta con llamador de bronce; golpeó dos veces y nadie salió a atenderla. Insistió, y de la casa vecina apareció otra mujer: le dijo que María no estaba, que el jueves había marchado con su marido a unos campos próximos a Azcuénaga, en visita de parientes, y que volvería esa noche. Llanos se ruborizó de haber sido tan arrebatada, de haber perdido un día de labor por decidir un viaje en cuestión de minutos, sin asegurarse si habrían de esperarla. Agradeció la información y desanduvo pocas cuadras hasta que vio de nuevo la fuente y la estatua de Hipólito Vieytes.

La plaza le ofrecía sombra, más de la que le daba su pamela; en un banco se sentó a meditar. ¿Qué haría? Podría regresar a Buenos Aires en el tren de las tres, o quedarse en Areco y sorprender a su amiga. Optó por lo último. Preguntó en un kiosko por algún hospedaje y enfiló hacia la casa que le señalaran: una como cualquier otra, no más moderna que las de su entorno y que estaba sobre una calle por donde ya había pasado; un discreto cartel de chapa enlozada anunciaba, sencillamente, “Alojamiento”. Descansar y pasar la siesta; solo eso quería.

El encargado la condujo por el interior. Había sido aquella una amplia casa de familia; todavía lo era, a juzgar por lo que viera en su recorrido: los muebles de antaño, una mesa con vajilla cotidiana y el periódico del día, la falta de intimidad de algunos cuartos abiertos. Dos o tres dormitorios se habían adaptado para los huéspedes ocasionales; el suyo estaba casi al final de un pasillo fresco y silencioso. Era bonita la habitación. Llanos se sentó sobre la cama y miró en torno suyo: los herrajes de la cómoda, un cuadrito que imitaba a Corot, el bisel de la cornisa, la mancha de humedad de un rincón. Una tenue cortina tamizaba la luz de la ventana, no muy ancha; al descorrerla, el sol fuerte del mediodía entró en haces. Al acostumbrar sus ojos a la diferencia, se apoyó en el antepecho y vio que daba a un patio interior, rectangular, con un cantero central totalmente descuidado; en medio destacaba, ya invadida por una planta silvestre, una fuente tallada en granito. Del otro lado del patio, a unos cuatro o cinco metros, los cristales traslúcidos y la puerta vidriera de un invernáculo; notó que las otras dos paredes que completaban el perímetro eran ciegas. Al patio se ingresaba desde el invernadero, y era obvio que durante largos días nadie había ido por allí.

Se arregló un poco y salió a buscar donde almorzar. No quería un boliche, donde sin duda llamaría la atención; caminó al azar y halló un comedor tranquilo y vetusto sobre la calle Alsina, algo oscuro por los postigos entrecerrados aunque afuera comenzaba una tarde diáfana. Era ella sola; la atendió una rolliza cincuentona de delantal, más interesada que su clienta por cierto plato del acotado menú. Llanos comió mientras repasaba —más bien, hojeaba— el libro de Floro. Solo se oía el crujido del piso de madera al pasar de la patrona.

Estaba de regreso en su cuarto cuando el campanario de la parroquia marcó las dos. Tendida sobre la cama, por un instante volvió a su mente el banco de la plaza: era igual al del sueño que había tenido; creyó también que el patio tras la ventana copiaba el juego de baldosas de la misma visión. Estas simetrías tan tontas la apenaron hasta hacerla llorar sin conseguir explicarse muy bien por qué; pero disipada la tristeza, poco a poco fue adormeciéndose no sin antes repetir, arbitrariamente, una frase recién leída: El Mauritano, perdida toda esperanza de éxito y temiendo ser envuelto en la ruina ajena, convirtió a Yugurta en precio de su alianza y amistad con Roma.

A las cinco despertó con un ligero estremecimiento. Habíase dormido escuchando el piar débil de unos pájaros en el patio; ya no estaban, y la falta de arrullo y el abrir los ojos y no reconocer de inmediato la habitación, hicieron que se sobresaltara durante dos o tres segundos.

Dejó del cuarto y buscó al encargado, pues quería informarle que hacia las ocho, si es que su amiga ya había regresado al pueblo, volvería para recoger sus pertenencias. No lo halló; ni a él, ni a ninguna otra persona en toda la casa. Fue de sala en sala llamándolo, pero nadie respondió. Al pasar por la cocina, se sintió atraída por un antiguo aparador de tres cuerpos; tuvo curiosidad por abrir uno de los cajones. Había pequeños objetos: una medalla, unas tijeras, una minúscula navajita con empuñadura de carey, algunas monedas de cobre… Cosas que, misteriosamente, le fueron familiares; en rigor no lo eran, pero parecían cosas perdidas y por fin encontradas. Tomó (recobró) una conchilla moteada, y cerró rápidamente al cajón ante el temor de que pudieran estar observándola. Pero seguía sola. Abrió otras puertas, hasta que dio con la del invernáculo que había visto desde la ventana de su aposento.

Era un recinto angustioso. Durante mucho tiempo, quizá una década o más, las plantas habían crecido con indolencia, enmarañadas; desbordaban de sus recipientes y se prolongaban en el piso o subían aferradas a las paredes enmohecidas. Todo estaba abandonado, polvoriento; cuando pasó un dedo por la mesa donde se apoyaban infinidad de tiestos, quedó nítido su trazo sobre la suciedad. Una maceta con tunas era idéntica a la que estaba en su sueño de la noche anterior. Frente a la puerta vidriera por la que se iba al patio, dudó; sus cristales esmerilados y los de todo ese paño solo dejaban pasar luz y calor, pero desdibujaban lo que había del otro lado. Destrabó el cerrojo justo cuando a su mente llegaba, por inexplicable mecanismo de la memoria, un fragmento del libro que estaba leyendo y que nada tenía que ver con aquella situación: El mundo entero no tardó en seguir la suerte del África.

El patio se veía diferente desde el umbral del invernadero. Las baldosas en damero parecían más deslucidas, más contaminadas por la maleza que conseguía desprenderse del cantero central, donde se apretujaban gruesos tallos retorcidos y amarronados que remataban en flores enmohecidas. La fuente de granito, atrapada por la hiedra, tenía un resto de agua verdinosa. Llanos confirmó su sospecha: ni al invernáculo ni al jardín había entrado persona alguna en más de diez años.

Disimulada entre unas zarzas, una canilla dejaba escapar gotas que se confundían entre el sarro y la herrumbre. Un cuervo (en pleno verano, en pleno Areco) llegó del cielo y se posó sobre el grifo; graznó e hizo eco entre las paredes del patio. Llanos retrocedió hasta la puerta vidriera; debió esquivar un sapo. En el invernáculo la aguardaba un joven moreno, desconocido, de aspecto etéreo y rostro sereno, o sonámbulo. Tenía un cuchillo. Se miraron. Llanos recordó otro pasaje de Floro: El hierro de los pérfidos Africanos.

Esto dijo, y fue entonces cuando entendió, horrorizada, que a continuación para ella habrían de borrarse definitivamente las fronteras entre el sueño y la vigilia.


© 2011, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 26 de noviembre de 2010

Sueños transcriptos (anteriores a 1990)

1 - Camino por una larga carretera, en medio de un vasta llanura de pasto seco. Nadie me acompaña. Hay unos árboles desperdigados aquí y allá. Anochece casi de golpe. Uno de los árboles, un plátano, tiene fuego en la copa. La distancia entre un árbol y otro es la suficiente como para que no se contagien el fuego, pero igualmente poco a poco van encendiéndose todos. Solo se queman sus copas. Estoy fuera de peligro, porque todo esto pasa lejos de la carretera; de todos modos siento miedo. Aparece gente, que corre hacia los árboles de fuego. El cielo se ha puesto rojo obscuro y la luna llena contrasta notoriamente. Nunca la vi tan grande y luminosa.


2 - Deambulo sin rumbo fijo por la calle donde transcurrió mi infancia. Es en una noche de verano, muy tarde; no hay ni una persona. Tampoco perros o automóviles. Hay una soledad absoluta. Las luces de mercurio arrojan sobre el empedrado de la calle una luz fantasmagórica. Calma, quietud general. Una de las viviendas tiene la puerta abierta. Observo desde la vereda: hay un extenso pasillo que se pierde entre sombras. Entro a curiosear, aprovechando la soledad total. Camino unos treinta metros y desemboco en un patio interior de baldosas coloradas, con algunas plantas y una vieja pileta de lavar ropa. El grifo está abierto, dejando correr gran cantidad de agua. Del pasillo se adivinan los patios de varias casas, y no resisto la tentación de contemplar aunque sea uno. Me apoyo no sé muy bien en qué (tal vez una maceta) y espío por encima de la tapia. Se ve la parte trasera de un departamento: un patio de baldosas en damero blanco y negro, con un motor bombeador de agua, una jaula vacía, una casilla para perro también solitaria, un banco de piedra y varios tiestos con cactus.


3 - Estoy en el claro de un bosque de cipreses. No entiendo muy bien qué es lo que hago allí; hay gente y parece ser la celebración de algo. Miro al cielo y veo, semicubierto por las puntas de los árboles, un enorme dirigible gris. Me asusta el tamaño descomunal del mismo, mucho mayor que los comunes. Realmente me aterra. Trato de no mirarlo, pero la tentación puede más y al echar otro vistazo compruebo que hay dos aparatos más en el cielo: un globo y otro aeróstato, algo menores, pero también gigantescos. El dirigible está casi de frente; a su izquierda está el globo; debajo está el otro aeróstato. El globo tiene franjas verticales de varios colores; el otro aparato es marrón. No se desplazan: están fijos en el cielo.


4 - Veo una lámina grabada en un enorme y antiguo libro. En ella hay un dibujo enigmático. Se ven dos carátulas teatrales sobre pequeños pedestales de mármol blanco. Pero ambas representan la tragedia; la comedia no está. Entre carátula y carátula hay una cebolla, con su largo tallo caído y amarillento, como cuando está a punto de ser cosechada. Debajo de cada máscara hay otras más chicas, también trágicas. El piso sobre el que está todo apoyado es pedregoso. Como epígrafe, al pie de la lámina está escrita la frase “Triunfo de la tragedia sobre la comedia”.


5 - Camino sobre un interminable puente, acompañado por personas que no conozco. Es una especie de procesión, o de huida. Flanquean al puente edificios de arquitectura gótica: torres, palacios y catedrales, con sus ventanas ojivales y sus grandes alturas. Hay un cierto aire fantasmal en todo ese paisaje extraño. Algunas casas son rarísimas: por ejemplo, una tiene una gran terraza plana cuadrangular, y sobre la terraza una torre desproporcionadamente alta y delgada; también veo una catedral muy grande que tiene delante una réplica algo más pequeña. Es mi deseo quedarme a ver la arquitectura que nos rodea, pero todos insisten en que continuemos adelante. Los árboles son oscuros cipreses. Está anocheciendo. Nos cruzamos con un muchacho que va en bicicleta. Llegamos pronto al final del puente, donde ya no hay camino; solo se abre ante nosotros una pradera interminable. Miro atrás: sobre el puente, el ciclista ha caído muerto.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un trato justo

Más de uno que ha viajado para el lado del río Saladillo por la ruta vieja, como quien va para Santiago, se habrá preguntado por una vía muerta que cruza y pareciera ir o venir de ninguna parte.

Pues bien: al oeste de Los Telares, en dirección a las salinas de Ambargasta, se abre un ramal ferroviario clausurado hace mucho tiempo y del que ya queda poco; solo esa vía muerta y fragmentada, los durmientes carcomidos por el salitre, alguna señal y varios postes de telégrafo de un solo hilo, sin el hilo.

Ciento un kilómetros exactos tiene este ramal olvidado, al que los lugareños llaman “el Seghezzo” por el nombre una antigua compañía que pensaba explotar minerales en la zona aprovechando el desvío. De todo eso hoy queda apenas un recuerdo que con los años se vuelve más difuso, más impreciso.

Otros dicen que es “el ramal perdido” y no les falta razón. Por ejemplo: nunca tuvo estaciones, y de hecho terminaba en la nada. Quien revise un plano de ese lugar comprobará que la vía única pasaba por un paraje llamado El Sandialito y luego por otro, Ambargasta, sin tener siquiera un apeadero; cada tanto se abrían cortas bifurcaciones para cargas o maniobras, y así hasta llegar a la inmensa salina, donde el ramal doblaba abruptamente hacia el sur, pasando entre la salina y la sierra hasta terminar con tosquedad, cincuenta kilómetros adelante, contra unos durmientes clavados a pique: únicos indicadores del final del tendido. Eso era (y es) la parada Kilómetro 101. En derredor, el monte.

Un trecho antes, en una especie de puesto sin nombre siquiera, alguien vivía. O mejor dicho: alguien quedaba.

Eran las Castro, de aquellos Castro que estaban en la zona desde que el mundo era mundo; y bien pequeño que era este mundo, por cierto: nada más que un punto en el mapa, sin accesos visibles, pasando la laguna del Quimilar.

Las Castro, también conocidas como las Emilianas, eran de ahí. Tenían un pariente más bien borroso que muchos años atrás había trabajado en el ramal, cuando todavía mandaban alguna formación hasta el 101. Gracias a su conversación estaban enteradas de lo que decían las inscripciones de los rieles, cerca de las eclisas, y los números y la fecha de casi un siglo atrás (la derivación al 101 no tenía tanta antigüedad, pero los rieles eran veteranos de vaya a saberse qué otra línea); también les había explicado el por qué de aquella columna de mampostería que se veía en el 88, pero costaba imaginar que allí hubiese existido alguna vez un aserradero. De estos y otros asuntos del tren acostumbraba hablar aquel pariente.

Por él supieron que jamás pasaron por allí locomotoras grandes, porque hubieran destruido los rieles. Emiliana Castro Chica, con sus ocho o nueve años, miraba aquellos fierros y pensaba que con o sin tráfico de todos modos hubieran terminado rompiéndose: la salina ya los había roído bastante de abajo hacia arriba, y el suelo arenisco y las matas de cachiyuyos los cubrían por falta de mantenimiento. Pero en la casa sentían aún cierto orgullo recóndito —casi proverbial, podría decirse— por aquel hombre y su pasado ferroviario; y de hecho ya no quedaba otra persona, de Taco Pozo a Totoralejos ni de Chuñaguasi a Chilca Juliana, que hubiera conocido tan bien los pormenores del Seghezzo.

Por esta razón, para la nena no se trataba de un “ramal perdido”. Estaba ahí enfrente; de la entrada a la vía muerta habría unos veinte metros como mucho. Lo conocía de memoria.

A veces las Castro se llegaban hasta Ojo de Agua, a poco menos de seis leguas a caballo, después de pasar por Lomitas Blancas y por Las Chacras para saludar un Cristo. Un poco más importante era Sumampa, a donde solo iban muy de tanto en tanto y por lo general en noviembre, para el Santuario. Y una de esas veces, la pequeña Emiliana vio un mixto pasando a toda máquina rumbo a Santiago. Los perfiles estropeados del 101 eran bien distintos del tren que pasaba por Sumampa, y eso que Sumampa tampoco era gran cosa. Esta línea también cerró; por lo menos en algo pudo hermanarse con el humilde Seghezzo.

Tan escaso era el horizonte de las Castro, tan breves eran los motivos de su asombro. Si hasta sus propios nombres evocaban la cortedad del páramo; desde la Emiliana Castro Vieja, que se había casado con su primo Sebastián Castro para tener tres hijos: el Sebastián Chico, que se había muerto hacía poco; el Antonio Castro, que trabajaba en el Chaco, y la otra Emiliana, a la que le decían la Emiliana Castro Grande, que de soltera tuvo a la Emiliana Castro Chica y que para siempre se había quedado en el puesto cercano al 101.

Ahora solo estaban ellas dos, la Grande y la Chica. Primitivas y silenciosas, duras como todo lo que estaba ahí; embrutecidas de tanto no ver a nadie durante semanas enteras, y aún meses para cuando llegaba la seca; mujeres atrasadas por las muchas generaciones que se educaron bajo el temor por cierta entidad del monte, el Toro Súpay, que protegía la escasa hacienda de la región saladina, pero que también podía aparecerse con sus poderes durante la siesta. Nadie sabía decir muy bien cómo era ni qué poderes detentaba exactamente aquel misterio, aunque daban por sentado que existía y que podía salir enojado si alguno interrumpía su modorra. Madre e hija eran, en fin, la Grande y la Chica; olvidadas a la buena de Dios y solo visitadas por el rumor de un levísimo soplo sobre la fronda del monte bajo, con el grito lejano y repetido de un bichofeo, y los coyoyos de siempre que saludaban a los veranos más tórridos de los que se tuviera memoria en Ambargasta.

Las dos Emilianas habitaban aquel panorama invariable del tanque seco, la cuerda de la ropa tendida, el hornito, el perro dando cabezadas, los arbustos groseros como todo el paisaje, y más allá las matas de color verde limón y la vía, la eterna vía al 101 que reverberaba en la tarde.

Era un día de febrero y a la hora en que más tremendo caía el sol al pie de la sierra cuando la Emiliana Castro Chica miraba los rieles fósiles del Seghezzo, pensando una vez más en el tren que nunca, ni ella ni su madre, vieron pasar. Hasta con vergüenza los miraba, calentándose en el tedio de las horas, entre las arenas y los tallos de las plantas recias; esas plantas que de tan prendidas al suelo se arrancaban levantando raíz y todo, dejando un agujero entre los durmientes. La criatura nunca se alejaba más allá de una carrerita corta detrás de las gallinas, cerca del tanque; no había otra cosa que hacer a esa altura del día, cuando el calor era más fuerte.

Era un día de febrero el día de esta historia. Del lado del 101 se veían venir, caminando por la vía, dos personas. El reflejo del sol las tremolaba un poco a la distancia; pero haciendo pantalla con la mano se notaba claramente que eran dos y que se acercaban. ¿De dónde vendrían, y para qué? Más allá del 101 no había nada; estaba el camino de tierra que llegaba de La Esperanza, a cincuenta kilómetros y pasando largo el límite con Córdoba, pero podían irse los años esperando que alguien hiciera aquel camino. El mapa de la Firestone lo marcaba clarito, pero estando ahí se comprobaba que era más bien una huella; había que ser gente de la zona para seguirla e incluso para encontrarla.

Y sin embargo venían de ese lado, del sur. Dos hombres; uno con sombrero, otro acarreando un teodolito. Se detuvieron faltando unos cien metros, no más, para la casa de las Emilianas. Una cuadra, como quien dice; aunque nada significaba “una cuadra” en ese paraje donde daba lo mismo un kilómetro que cincuenta o cien o ciento uno. Desplegaron papeles, conversaron; luego montaron un trípode y uno (el más joven, parecía) armó una varilla que traía franjas rojas y blancas alternadas, y se fue más lejos, hasta que desde el puesto no se lo vio más. Para el lado del algarrobo blanco pareció irse. El otro, el del sombrero, esperó un tiempo junto al teodolito; prendió un cigarrillo, aguantó más y al rato se puso a observar por el instrumento.

Las Emilianas miraban todo desde la distancia y en completo silencio, sin barruntarse la menor explicación. No interpretaban absolutamente nada, pero tampoco se decidían a ir hasta donde estaban los hombres, que parecían estar tomando medidas de algo. Vieron al del aparato hacer un gesto con el brazo bien en alto, dándole a entender al otro que había terminado, que se volviera. En efecto, poco después apareció caminando su compañero, que venía del lado del algarrobo blanco con la varilla en la mano. Siguieron hablando entre sí mientras escribían en unas libretas, y después los dos se fueron por donde habían venido.

La Emiliana Castro Chica tuvo, de pronto, el presentimiento que aquello no era nada bueno. El pariente ferroviario les había comentado (y ya haría de eso unos tres años: la última vez que el hombre anduvo por ahí) que en otras partes de Santiago las cuadrillas habían comenzado a levantar rieles de ramales abandonados. ¿Querrían ahora las vías del 101? Es cierto que ella miraba los fierros con vergüenza, pero en definitiva eran sus fierros.

Aquella noche rezó ayudándose con la imagen lívida que venía a su mente del Santuario que había visto en Sumampa. Su religión era confusa: primero pidió al Cristo del camino a Las Chacras y luego pidió al Toro Súpay que tanto la atemorizara; porque es bueno rezarle a Dios y a la Virgen y a Santiago Apóstol, pero por las dudas también al Diablo que siempre anda suelto. Al Cristo le prometió unas flores; al Toro le garantizó silencio a la hora de la siesta.

—¿Y qué es lo que pide, m’ hijita?

—Nada, mamá. Pido por nosotras. Mis oraciones alguien tendrá que cumplir.


* * *


Amaneció sobre el puesto sin nombre que estaba junto al Seghezzo. Del otro lado de los rieles, dos gallinas nuevas, hermosas e inexplicables, se interesaban por escarbar bajo el sol inmenso de la mañana. Y algunos kilómetros vía adelante estaba tirado el teodolito; pero de esto las Emilianas, la Grande y la Chica, nunca se enteraron.



© 2010, Héctor Ángel Benedetti

jueves, 4 de noviembre de 2010

Madame Blanche

En la Buenos Aires de antaño, lo parisino propiciaba la excitación. Tal gusto debería corresponder al período iniciado con la Olimpia de Manet, prolongado por postales fin de siècle, más tarde sostenido por la mirada sugerente de Michèle Morgan, y después prácticamente anulado por la literatura de Sartre; con un poco más de acotación, puede decirse que su punto álgido fue nuestra belle époque en torno al Centenario, cuando en el oficio del amor el viejo peringundín a la criolla debió competir con la distinguida maison a la francesa.

No tan distinguida, después de todo; al igual que las tradicionales, estas residencias europeizantes (que en realidad no eran muchas) desatendían la ordenanza que prohibía el baile, y organizaban tangueadas en medio de un equívoco concepto de elegancia que consistía en adulterar el ambiente con cualquier vulgaridad. Y por cierto que las pupilas rara vez eran auténticamente francesas.

Un lugar así: el establecimiento de Madame Blanche.

Puede imaginársela como una estereotipada proxeneta gala, irradiando autoridad con su sobrecarga de kilos y de maquillaje y de bisutería. En verdad, nada sabemos de ella; así que lo mismo da esta o cualquier otra imagen.

En cambio, sí se sabe que el suyo no fue ni un “lugar pintoresco”, ni una “casita” o “sitio alegre”, como ha querido vérselo. Lo de Madame Blanche, como tantos lugares clandestinos en donde el burdel alternaba con el baile, fue un antro. Cambió varias veces de domicilio hasta llegar a pleno Centro, en Montevideo 775; en todos, fue un local infeccioso con las peores formas de depravación. Ocurre que Madame Blanche, al igual que su competidora Laura, ponía alfombras, gobelinos, un par de jarrones, y con eso ya fingía cierta categoría; luego, la historia del tango solo anotó el recuerdo de estas fruslerías, y no el hecho de que en sus habitaciones hubiera, por ejemplo, corrupción de menores.

Por alguna razón, las bailarinas que pasaban por allí se volvían muy conocidas. Es difícil determinar el grado de compromiso que tendrían con la casa, porque no era una academia ni un salón de baile ni una confitería: aquello era un lupanar, donde hacerse famosa no era precisamente reflejo de virtud. Las más recordadas fueron Sarita y una tal Juana “La Cívica” (que quizá haya vivido lo suficiente para conocer el voto femenino).

Tuvo pianistas estables, como Enrique Saborido, Samuel Castriota y Alfredo Bevilacqua. Se asegura que fue en lo de Madame Blanche donde Saborido estrenó su famoso tango Felicia, dedicado a la bailarina Felicia Ilarregui, hacia 1907-1908.


© 2010, Héctor Ángel Benedetti