jueves, 4 de marzo de 2010

El medicastro Fernando Asuero

Pocas veces Buenos Aires había estado tan irritada como en aquellos días de 1930. La segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen no cumplía con las expectativas de los ciudadanos, y el fuerte apoyo que le brindaran al principio día a día iba decreciendo. El clima inestable no solo se reflejaba en la política, sino también en las minucias de la vida cotidiana. Y en ese marco de nerviosismo y de peligrosos pedidos de soluciones rápidas, una mañana los porteños desayunaron con la noticia de que había desembarcado en el país un médico español llamado Fernando Asuero, algo así como un Salvador de la Humanidad que llegaba para aplicar un insólito método de curación a todo tipo de enfermos.

Asuero había nacido en San Sebastián, Guipúzcoa, en 1886. Como cirujano, aseguraba que con sutiles incisiones en el nervio trigémino, a donde podía acceder desde la nariz, lograba curar cualquier dolencia. El trigémino es el nervio sensitivo de la cara; Asuero decía que en realidad provocaba todos los males del cuerpo humano y que él podía sanarlos; principalmente la parálisis, la artritis, las hemorroides, la sordera y las úlceras. Para ello punzaba el nervio con agujas o estiletes, obteniendo resultados “completos y definitivos”.

El doctor se convirtió rápidamente en un personaje popular. Su pensamiento se divulgaba gracias a reportajes; su retrato ya circulaba en miles de fotografías firmadas; le dedicaban artículos de varias páginas en Caras y Caretas y sus seguidores brotaban por doquier. LR3 Radio Belgrano propalaba La Hora de la Asueroterapia, animada por la orquesta de Antonio Sureda con el cantor Santiago Devin. En este programa debutó un muchacho que después sería conocido como libretista, pero que por entonces escribía poesías: Abel Santa Cruz.

Mientras tanto, todo el mundo hacía cola en el hotel Español, de Avenida de Mayo al 900, para atenderse con Asuero. Cobraba fortunas.

Pero en los círculos académicos comenzaron a sospechar. Se supo que en el Uruguay le habían prohibido la entrada, y esto ya puso en guardia a los médicos argentinos. Tras unas pocas averiguaciones detectaron que lo de Asuero era un fraude hecho y derecho. Había pasado por Cuba en 1929, dejando un prontuario tan grande como la guía de teléfonos de La Habana. Sus ayudantes eran cualquier cosa menos enfermeros; se recuerda a un tal Gómez Llueca, de hermosa traza de timador, y a una secretaria de apellido Garay, que era directamente impresentable. Las instituciones médicas se cansaban de advertir que lo único que mejoraba el “Método Asuero” era la billetera del doctor.

Desde España, intelectuales como Gregorio Marañón, Pío Baroja y José Ortega y Gasset alertaban que Asuero era un embaucador, y hasta desconfiaban de que realmente fuese médico: sus únicos antecedentes comprobables eran que había sido futbolista y que en las canchas lo apodaban Pistón.

Todo esto del trigémino terminó en un escándalo político que puso al descubierto otro de los flancos débiles de la presidencia. Don Hipólito se emperraba en defender la asueroterapia, mientras que los más destacados científicos locales y extranjeros denunciaban que era un fraude descomunal, y que encima este sujeto ni siquiera estaba habilitado para ejercer la medicina en territorio argentino al no haber revalidado su título (un título, por lo demás, bastante difuso). Cuando se propagó que Yrigoyen sería atendido por Asuero, se agregó otro motivo para las hirientes caricaturas y chistes sobre el gobierno que publicaba el diario Crítica.

Los opositores aprovecharon muy bien estas torpezas. Cuando Asuero informó que le regalaría al presidente su estilete de cirujano, anunciaron que ese estilete no era un aparato quirúrgico, sino una herramienta común que se conseguía en cualquier ferretería de España por dieciséis pesetas.

La autoridad presidencial había caído en un pozo. Asuero atendió a Yrigoyen; apenas terminó la sesión, salió Yrigoyen por una puerta, entró la policía por otra y se llevó detenido al médico. A los tres días lo embarcaron por la fuerza y lo deportaron a España.

Tiempo después publicará un libro: Mi viaje a la Argentina.

En lo que iba de 1930 Asuero había agregado su grano de arena en la alterada política del país, resultando una bendición para la oposición sarcástica.

Por ejemplo, circuló una canción satírica llamada El Cuatrigémino; y también hubo un charlestón que se refería al frustrado viaje de Asuero a Montevideo, diciendo algo así como “A Uruguay, guay, yo no voy, Boy…”

El actor Florencio Parravicini llegó a montar un espectáculo titulado, previsiblemente, Nena tocame el trigémino.


Las orquestas de tango no desconocieron el asunto. Por esos años interpretaban Operate el trigémino (tango de Manuel Colominas), Asuero (paso doble de Juan Caldarella), Asueroterapia (de Luis Amengual)… En estas canciones se recomendaba el “Método Asuero” para curarlo todo; incluso la jettatura.

Semanas más tarde, el 6 de septiembre de aquel fatídico año, una revolución depuso a Yrigoyen. Mucho después, en 1942, allá en España, Asuero tranquilamente murió. Su trigémino nada tuvo que ver con ello.

Alcanzó a editar otro libro para defenderse, Ahora hablo yo, en el que escribió: “[…] mi título es tan bueno como el de los otros médicos, y mi ciencia un poco más eficaz”.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti

domingo, 21 de febrero de 2010

Silva Valdés: sus "Cuentos del Uruguay" (1945)

(Sobre Cuentos del Uruguay: Evocación de mitos, tradiciones y costumbres, de Fernán Silva Valdés. Compañía Editora Espasa-Calpe Argentina, colección Austral nº 538, Buenos Aires, 1945)

Pedro Leandro Ipuche, poeta oriental nacido en Treinta y Tres, descreía del nativismo de Fernán Silva Valdés, poeta oriental nacido en Montevideo, y lo descalificaba diciendo que era un “gaucho de Paso del Molino”. Con esto denunciaba que Silva Valdés pasaba por paisano cuando en realidad provenía de un barrio de la capital. Tal acusación sería justa si el creador de los Romances chúcaros fingiera, pero la verdad es que no lo parece.

Su nombre real era Fernando. Inteligentemente optó por el apócope Fernán, más eufónico para un poeta; y con mayor sabiduría aún descartó su pseudónimo “Juan Corrales”. Dijo que comenzó a escribir a los catorce años, edad a la que casi nadie llega invicto de poesía; a los veintiséis, devenido en un literato brillante, pudo ver cómo una imprenta componía su apellido en una portada. Sabía escoger títulos: su libro inicial (1913) se llamó Ánforas de barro; el segundo (1917), Humo de incienso; el tercero (1921), Agua del tiempo. Fue miembro de la Academia Nacional de Letras, pero salió airoso de este trance.

Quizá de Silva Valdés se evoquen, antes que sus narraciones, sus poemas; y antes que sus poemas, sus canciones criollas y sus tangos. Alguien lo despreció por ello. ¿Qué clase de académico —debían preguntarse por los pasillos— admite haber bailado en peringundines del barrio Unión? Por suerte hoy no se discute su jerarquía, salvo por el sujeto de café literario que no tolera la convivencia de los autores “sagrados” con los “populares”.

Cuentos del Uruguay no tuvo la misma difusión de otras publicaciones de Silva Valdés. Apareció en la célebre colección Austral, una de las maravillas en la historia editorial del siglo XX. No porque estos libritos albergaran un aparato crítico riguroso, ni tuvieran características para convertirlos en piezas de bibliófilos; sino porque recorrer su catálogo aún causa placer. Allí están (y en muchos casos, quedaron) La astronomía en el Antiguo Testamento de Schiaparelli, La ciudad y las sierras de Eça de Queiroz, los Rincones de la historia de Maura y Gamazo, las Leyendas suizas seleccionadas por Keller, el Tercer viaje para el descubrimiento de un paso por el noroeste del almirante Parry, el Kwaidan de Hearn, y casi dos mil títulos más. Después de Silva Valdés no hay mucho más sobre Uruguay, salvo una biografía de Fructuoso Rivera, un florilegio de Juana de Ibarbourou, una sección en la Poesía popular y tradicional americana de Lidia R. de Jijena Sánchez, y alguna que otra cosilla suelta por ahí.


Para el lector acostumbrado a los relatos camperos de la orilla occidental del Plata, estos Cuentos del Uruguay no presentan grandes sorpresas descriptivas. Las diferencias son módicas: el río Yi en lugar del Salado, Tacuarembó en vez de Areco, alguna palabra que deberá dilucidarse en el vocabulario del final, un juego de truco más florido. Pero en muchas ocasiones las referencias de lugar y tiempo son tan imprecisas que estos cuentos bien podrían acontecer tanto en la Banda Oriental como en la Argentina e incluso en el sur brasileño. El autor, por afinidad, escogió Uruguay; eso ya obliga a encararlos con otro matiz.

Los veintisiete relatos que abraza este volumen tienen un raro semblante poético que los distancia con amplitud de otros autores contemporáneos. Sin embargo, no solo son cuentos camperos los que compila este libro. La ciudad también está presente, y con fuerza. El Uruguay de Silva Valdés es el país todo: campo y urbe, costa y cuchilla.

El primer cuento, “Historia de un rancho y una guitarra”, rompe con el realismo que venía estropeando la literatura oriental y que tanto alarmara a Silva Valdés, al punto de iniciar el prólogo con una invectiva contra este género. La idea de una guitarra devenida en oráculo es interesante, pero predecible; Silva Valdés, en esta narración, da una vuelta de tuerca y hace que el oráculo sea redondamente inútil. Al confiarle una pena la guitarra responde “no me vengás con chicas, yo estoy cortada para cosas grandes”, o “esta historia también la conozco, la tengo anotada en mis voces”. Es lógico que su dueño, irritado, termine tirándola arriba de un carro. Por algún motivo oculto entre los artificios de su escritura (tal vez el recurso de excluir una moraleja edificante), este cuento recuerda a los de Ambrose Bierce.

“Historia de un rancho y una guitarra” es el cuento inaugural y su lectura promete mantener el hálito fantástico por el resto del libro, aunque pocos relatos después Silva Valdés se abre a una variedad temática por demás interesante. Sus puntos cardinales —según su propia declaración— son el mito, la superstición, la leyenda y la descripción de costumbres. Sobre estas cuatro materias gravita Cuentos del Uruguay, pero lo cierto es que el lector terminará recordando “Los niños enlunados”, “Payé”, o aquel del curandero en un arrabal sobre la costa del Cuareim. Es decir, los de ambiente más misterioso; es decir, los primeros cuentos.

El autor era experto en esta atmósfera extraña y a veces sibilina. Ya había probado la fórmula: como testimonios están Poesías y leyendas para niños (1930), Leyendas (1936), Cuentos y leyendas del Río de la Plata (1941) y Leyendas americanas (1945). Casi está de más aclararlo, pero ninguna de sus compilaciones perseguía un fin científico, etnográfico. Silva Valdés prefería la recreación literaria y poco podían importarle la fuente previa o el análisis posterior. Si como folklorista resulta primitivo, como narrador acaba siendo incomparable. Y en esto último está la importancia de sus cuentos.

Tras haberlos leído, todas las personas tienden a reconstruir las mismas imágenes. Dos lectores distintos deducirán al mismo rancho, verán al mismo viejo. Curiosa facultad que tienen varios escritores orientales; Yamandú Rodríguez y José Alonso y Trelles entre otros.



© 2010, Héctor Ángel Benedetti

domingo, 7 de febrero de 2010

Arqueología en un terreno baldío

Hacia enero de 1979, mientras gozaba de mis inmerecidas vacaciones de verano, incorporé una actividad que al principio sería solo una distracción, pero que con el correr de las semanas se transformaría en algo muy importante, llegando a ocupar mañanas y tardes enteras: trepar y vivir en el árbol de mi casa. Se trataba de un típico árbol gomero, de los que tanto abundan en plazas y veredas; este —alto, frondoso, umbrío— moraba en el patio trasero desde hacía décadas. Tenía una historia propia interesante: donde se alzaba este árbol, en realidad se había plantado un rosal; alguien clavó a su costado un palo para que hiciese de tutor, con tan extraña fortuna que el rosal acabó secándose y lo que comenzó a echar raíces fue el palo… para devenir luego en ese enorme árbol gomero.

Aprendí a subirme a él y cada día lo hacía con mayor facilidad, trepándome entre aquella exuberancia hasta alcanzar las ramas más difíciles y alejadas; me abría paso entre la fronda color oliva y llegaba hasta un sector muy tupido de la copa en donde tranquilamente podía quedarme casi todo el día imaginando historias, mirando las nubes a través de un pequeño claro, o tan solo esperando que apareciese un pájaro.

Desde aquella altura, una visión me conquistaba especialmente: la del techo de mi casa. No tenía una escalera que condujese a él, por lo que yo nunca había estado ahí. En mi propio hogar, aquel era un distrito misterioso. Comencé a preguntarme qué ocurriría si desde el árbol yo intentase dar un paso más y saltar a la terraza… Día a día me acercaba más por entre la enramada lujuriante hasta casi tocar la azotea; pero bien dicen que “el viaje no termina con avistar la torre”, por lo que me decidí y no sin alguna dificultad inicial brinqué desde el árbol para llegar hasta ese mundo completamente nuevo para mí; nuevo y exclusivo, ya que ninguna otra persona en la casa quería o podía subir al techo. Este no tenía nada extraordinario, aunque cualquier elemento cobraba allí una relevancia especial y hasta dramática (como una maceta olvidada, o un balaustre suelto cuando en realidad no había ningún balcón), sintiendo la impresión de que aquel era un lugar levemente perturbador. ¿A qué atribuirlo? Quizá a la pequeña sensación de vértigo que me ofrecía el cielo abierto, o a la percepción diferente del paisaje urbano. Desde la terraza podía verse mucho más allá que a nivel de la calle; entre otras cosas, se divisaban las agujas de la iglesia de Lourdes, la vieja chimenea de ladrillo colorado de la papelera, los patios traseros (y hasta entonces no intuidos) de las casas vecinas, algunos edificios altos de los alrededores de la plaza, ciertos tanques de agua con formas caprichosas (en especial uno con forma de nave espacial, perteneciente a una fábrica de la calle Canale), y muchos tejados de la zona, con sus caperuzas, remates, antenas y veletas.

Pero si algo me atraía de modo particular, era la visión del terreno baldío que daba al fondo de mi casa; un lote enorme, tal vez el más grande de la manzana, y completamente abandonado. Su frente daba al Pasaje Fernández, pero estaba cegado por una tapia: por lo tanto, nadie conocía su interior. Y resultó que, evaluado desde el techo, el terreno superaba mis cálculos. Casi todo lo cubría la maleza, aunque entre los yuyos se dejaban ver de tanto en tanto unos montones de escombros y algunas flores de cardo. En su parte más alejada había un cañaveral.

Decidí llegar hasta él bajando desde mi terraza. Una empresa bastante audaz, pero que estaba en condiciones de hacer si cuidaba muy bien donde poner el pie, mientras maniobraba aferrándome a una especie de contrafuerte que tenía la pared del fondo. Y así fue. Cuando me hallé dentro del terreno, me pareció estar viviendo una gran aventura, una expedición por la jungla. Me perdí entre la espesura, buscando abrirme paso entre plantas de altísimos tallos que apartaba para volverse a cerrar tras de mí; me acompañaban unas mariposas que parecían papelitos blancos. Llegué a encontrar entre los pastos unos restos de cimientos y parte de un antiguo piso embaldosado (señal de que alguna vez ese terreno tuvo una edificación); más tarde alcancé la zona de cañas: erguidas y recias tacuaras que habrían de servirme para confeccionar lanzas, cerbatanas y estandartes. Solo un gato o un gorrión rompían a veces mi soledad. Volví a mi casa cuando ya anochecía, muy excitado por la andanza; regresé por el único medio disponible (trepar la pared, llegar al techo, bajar por el árbol) y me preparé para repetir el periplo al día siguiente, pero ya con fines científicos.

Hoy inventan para los chicos toda clase de precauciones; en aquella época, yo me iba por los techos (carentes de barandas y abundantes, en cambio, en cables de luz y esas cosas), subiendo cual mono por entre las ramas de un árbol, y de ahí saltaba a un terreno agreste que era poco menos que un zarzal y al que no podía entrarse desde la calle en caso de una emergencia; y hacía todo esto llevando un cuchillo oxidado o una pala de punta. Nunca me pasó nada, ¿por qué habría de pasarme? Y eso que yo no era ni más ni menos avispado que el resto, aunque a juzgar por mi aspecto algunos pudieran asegurar que sí, que tenía menos luces.

La idea de mi nueva visita era cavar un pozo para ver si hallaba algo. Cualquier cosa, así fuese una lata vieja o un lingote de oro. Honestamente yo prefería el lingote, pero razoné que en ese lugar había más posibilidades a favor de la lata. Comenzé con entusiasmo y a las pocas paladas hallé el primero de varios estratos de mugre, conteniendo un disco long play de etiqueta azul, quebrado en varias partes. Seguí y encontré el segundo nivel: una matrícula de automóvil de la provincia de Buenos Aires. Algo cansado, porque el suelo era más pedregoso a esa profundidad, di luego con la tercera capa, que consistía en un esqueleto de gallina. Y después, la tierra propiamente dicha; tierra libre de toda esa antigua y respetada cochambre, ante la que no pude avanzar demasiado por estar atravesada de raíces.

Otra tarde descubrí un verdadero yacimiento arqueológico. Uno de los lados del terreno daba contra la pared de un taller que fabricaba adornos de yeso y cerámica: miniaturas, estatuillas, medallones, pequeñas molduras, etcétera; aquellos que salían levemente fallados (una minúscula burbuja de aire bastaba para que lo considerasen material a descartar) los arrojaban al terreno desde un ventilete. Al igual que Howard Carter al espiar la tumba de Tutankhamón, yo también vi “cosas maravillosas” cuando entre los pastos encontré la pequeña cabeza de un Tom Sawyer de repisa.

Fue un hallazgo portentoso. El terreno baldío se transformó de golpe en un Valle de los Reyes, en una Pompeya, en una Troya, en una Zimbabue; yo me sentí a la altura de Schliemann, Leakey o Wooley, y más aún cuando al seguir revisando aparecieron un par de hojas de acanto y los fragmentos de otras estatuillas. Recuerdo nítidamente una Madonna muy bien conservada, que luego pinté y regalé a mi abuela; y un pequeño antebrazo con distintivo, que terminaba en una mano con un tambor: tenía no más de tres centímetros y seguramente pertenecía a la figurilla de un músico indio, pero nunca hallé el resto.

¡Qué magníficos tesoros me parecían aquellas esculturas tiradas entre los matorrales del campito! Los buscaba con tesón, y regresaba a mi casa hacia el atardecer de cada día con dos o tres bellísimas piezas: un calendario azteca del diámetro de un vaso, la parte superior de una Venus de Milo, un ánfora etrusca del tamaño de mi mano. También solían aparecer antigüedades más autóctonas. Imposible olvidar un mate con escenas gauchescas y estrofas del Martín Fierro, y un cenicero con la forma del estadio de River Plate, donde se habían disputado los partidos más importantes del todavía reciente campeonato mundial de fútbol. Para explotar debidamente el filón, establecí una “base de operaciones” en un sector algo resguardado de mi terraza, donde construí un refugio con varios ladrillos que encontré en el terreno, más unas ramas secas y un mosquitero con armazón que puse como cubierta, y que resultó muy útil porque servía de tamiz para el fuerte sol veraniego.

Pasé muchas tardes en este cobertizo limpiando y estudiando las tallas obtenidas, hasta que una tormenta grande lo desmoronó.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti

sábado, 30 de enero de 2010

Estación La Beba, FCCBA

Un caserío minúsculo sobre los campos que fueron de María Unzué de Alvear. Varias viviendas, una escuela (la nº 25), unos tinglados, molinos de viento, la polícroma estación de chapa y madera, y las calles polvorientas, arboladas y vacías en la tarde del sábado; nada diferente de otros pueblos de la región, pero La Beba de todas formas da su bienvenida al viajero, quiza algo ostentosamente, con un gran cartel de letras de cemento. Un kilómetro antes lo precede, con mayor humildad, el cartelito blanco de Vialidad Nacional.

Casas antiguas y otras no tanto suelen resguardarse tras los arbustos; en ocasiones desde una esquina apenas se ve un techo rojo y un difuso manchón amarillo -que son las paredes- tras un seto alto y espeso.

Saliendo de La Beba en dirección a La Trinidad se cruza el Manantial de las Piedras, afluente del río de Rojas, por un viejo puente caminero.

Pasa un vehículo dejando tras de sí una nube terrosa.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti

martes, 19 de enero de 2010

Variaciones sobre Tom Thumb

Charles Dickens tenía en su residencia de Gad’s Hill una biblioteca ornada con unas tallas de madera de tan mal gusto que prefería cubrirlas con falsos lomos de libros. Uno de estos volúmenes (que jamás nadie escribió) llevaba por título La guerra moderna, y su autor era un tal General Tom Thumb.

Pero el Tom Thumb auténtico, el original, existió. Sin galones, aunque repleto de andanzas, ocupó por varios siglos la imaginación de niños y adultos. Los lectores de habla hispana seguramente lo reconocerán por su versión castellanizada: Pulgarcito.

* * *

Tom Thumb es la variante inglesa, corregida y aumentada, del Pulgarcito tradicional que recogiera el francés Charles Perrault (1628-1703). Curioso destino, el de Perrault. Su fama comienza con un erudito discurso en verso que dio en la Academia Francesa sobre el siglo de Luis el Grande, que reavivó una polémica literaria entre anciens et modernes (Perrault defendía los méritos de los escritores modernos, mientras que Boileau, su oponente, era partidario de los antiguos); esto lo llevaría a escribir un libro comparando unos y otros. Luego vendría una defensa del feminismo, una colección de biografías de los franceses ilustres del siglo XVII, unos cuantos poemas y sus olvidadas memorias. Pero no hubiera ascendido de su oscura condición de polemista, de no ser por su ciclo de cuentos de la Mamá Oca; es decir, fue el público infantil quien terminó otorgándole una celebridad brillante y perpetua, cuando en el ambiente académico su suerte estaba acotada a un busto y una placa.

La estimación de los niños llegó porque solo ellos pueden disfrutar con la crueldad de un relato como Pulgarcito. Hay quienes se asustan; solo fingen: más tarde pedirán que les repitan el cuento. No vale la pena recrear aquí las andanzas del personaje, que son bien conocidas; es suficiente una selección de sus peores momentos:

1) Un niño con problemas de desarrollo puede y debe ser relegado de la familia. (Justificación: No tiene sentido gastar energías en quien tiene menos posibilidades de continuar la especie.) "Y lo que les causaba más dificultad era que el menor era muy delicado, y difícilmente pronunciaba una palabra […] Él era pequeñito, y cuando nació no era más grande que el dedo pulgar [...] El pobre niño era el menospreciado de la familia, y siempre lo hacían a un lado..."

2) Ante una hambruna, la prioridad de supervivencia la tienen los padres. (Justificación: Debido a su experiencia, ellos estarán más capacitados para criar nuevos hijos más adelante.) "No estamos en condiciones de seguir dándole alimento a nuestros hijos [...] por lo que he resuelto perderlos en el bosque mañana, lo cual es muy fácil de hacer..."

3) De varios hijos, el preferido será el primogénito; y si responde a los cánones raciales, mejor. (Justificación: Lo recomiendan las Escrituras.) "Pedro era el mayor de ellos, a quien ella amaba más que al resto, porque él era pelirrojo, igual que ella..."

4) La antropofagia no tiene por qué ser cosa primitiva. (Justificación: Puede hacerse con "estilo".) "Los pobres chicos cayeron sobre sus rodillas implorando perdón, pero estaban tratando con uno de los más crueles ogros, quien, lejos de tener piedad de ellos, ya los estaba devorando mentalmente, y le dijo a su esposa que ellos serían una comida delicada cuando ella haya cocinado una buena salsa..."

5) El filicidio suele ocurrir. (Justificación: Si pasa en las mejores familias, ¿por qué no habría de pasar en el hogar de un ogro?) "Sin mayor dificultad, [el ogro] cruelmente mató a sus siete hijas. Y bien satisfecho con lo que había hecho, regresó a su cama..."

* * *

Con ciertas innovaciones, el mismo cuento fue difundido años después por los hermanos Grimm. Esto, en el Continente; en Inglaterra hacía buen tiempo que tenía fuerza bajo la figura de Tom Thumb, agraciado con el añadido de viejos episodios artúricos.

En la Argentina, Tom Thumb fue despojado de su macabra historia. Claro que no apareció bajo la forma de un pigmeo legendario, sino como algo más inocente: Tom Thumb Golf era el nombre de unos links de fantasía, que hicieron furor a comienzos de los años '30. En él se jugaba con un palo tipo putter y debían sortearse, a cambio de puntos, obstáculos consistentes en muñecos, laberintos, plantas decorativas, etcétera.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti

lunes, 11 de enero de 2010

Incapacidad de abstracción

Sospeché que el mundo estaba perdiendo abstracciones al oír cierta adivinanza en los alrededores de Magdala, provincia de Buenos Aires. “Vuelta arriba, vuelta abajo y dele vuelta, carajo”, dijo un paisano. Al verme ignorante de cualquier respuesta, aclaró: “Es la manivela de la bomba de agua que está en el puesto de Don Sepúlveda”. Podía haber sido esa u otra bomba de agua, e incluso cualquier mecanismo de biela-manivela; pero en esa región solo podía tratarse de un artefacto en particular, con su ubicación exacta. Al día siguiente escuché otra adivinanza, de artificios similares, dicha por una chacarera: “De chico, grandote; de grande, chiquito”. Resultó ser el ombligo del primer hijo de aquella mujer. Ningún otro ombligo de los millones que hay en el mundo; ni siquiera de la docena (o más) que había en su casa: “de chico, grandote; de grande, chiquito” correspondía únicamente al ombligo de su hijo mayor.

Más tarde y más lejos detecté que el fenómeno no era extraño a la geografía. Por Cuchillo Curá (Neuquén) está el Cerro Irigoyen, llamado así porque desde cierto punto del camino recuerda (según dicen) la cara del doctor Bernardo de Irigoyen. Casi no hace falta aclarar que esta analogía es artificial y evidentemente forastera: nadie en ese paraje del Neuquén podría estar familiarizado con el rostro cuadrangular y la barba de chuleta de quien fuera gobernador de la provincia de Buenos Aires. Nadie, a excepción de su cuñado: el coronel Olascoaga, fundador de Chos Malal. Pero insisto: más allá de este pariente, ¿quién podría identificar en ese montón de rocas a Don Bernardo? Mucha imaginación habría que tener para reconocer ahí no solo su rostro, sino cualquier otro; en todo caso bien podría habérsele puesto “Cerro La Cara”, algo más genérico (de hecho, los lugareños solo ven una cara de indio). Pero no: en una zona donde las abstracciones son raras, aquello necesitaba ser bautizado con un nombre que remitiera a una cabeza concreta aún cuando esta solo resultase habitual para los porteños fin de siècle.

A unos kilómetros encontré otro caso. Se llama Cerro León. La explicación para este topónimo me la dijeron en una forma tan natural que sentí vergüenza de haberlo preguntado: León, porque “parece un león durmiendo la siesta”. Veamos cómo progresa esta imagen. Con suerte uno puede ver en ese promontorio a un león. Por alguna razón es imprescindible dotarlo de una actitud: se pone entonces que está durmiendo. Pero agregar que está durmiendo la siesta, ya es alarmante. Y por cierto que nada impediría añadirle más potencias: decir, por ejemplo, “un león durmiendo la siesta en Hualcupén el martes 6 de octubre de 1942”.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti.

Perdón por la demora

No publicaba nada en este blog desde 2006. Cosas que pasan a veces. Veremos qué tal nos va ahora, en pleno 2010. Saludos cordiales desde un tórrido enero bonaerense.

© 2010, Héctor Ángel Benedetti.